¿Qué tiene que ver los últimos trabajos de ANOHNI y James Blake? Que ambos deben entenderse bajo el paradigma del “renovarse o morir”.

 

En el mundo de la música tenemos una relación particularmente tensa con lo nuevo y lo viejo, con lo de “renovarse y morir”, con eso de pedirle a nuestros artistas que suenen a ellos mismos (o, por lo menos, a la versión de ellos mismos que más nos gusta) pero que sigan sorprendiéndonos y no nos entreguen cada vez el mismo regalo pero con diferente lazo. Los fans musicales son la versión postmoderna del perro del hortelano, que ni come ni deja comer, que no permite un cambio de sus ídolos pero tampoco quiere que se mantengan anquilosados en la proyección de su propia imagen e imaginario sonoro.

A no ser, claro, que seas una Madonna o una Lady Gaga de la vida. Entonces, el cambio no sólo es deseado y deseable, sino que también es obligatorio… Pero estos casos son propios del pop pirotécnico y multicolor, rara vez aparecen en la escena de música presuntamente “seria”, ese indie que cada vez es más rancio y al que le cuesta la vida sorprendernos usando las coyunturas digitales y virtuales del mundo del siglo 21, ese mundo al que tanto le está costando adaptarse.

¿Por qué digo todo esto? Porque estos días ha coincidido el lanzamiento de dos discos de los que se esperaba algo similar cuando, la verdad, deberíamos haber esperado algo diametralmente opuesto. Por un lado, James Blake publicaba (casi) por sorpresa su tercer álbum, “The Colour in Anything” (Universal, 2016). Y, por el otro, Antony Hegarty culminaba su transición de Antony & The Johnsons hacia su nueva identidad ANOHNI poniendo sobre la mesa el álbum “HOPELESSNESS” (Secretly Canadian, 2016). Lo que une a ambos es precisamente lo que los fans esperaban: una ración de música de esa que te hace sentir, que hace que tu cuerpo tiemble (per)siguiendo al inevitable vuelco del corazón. Así ha sido siempre la música de Blake y de Hegarty… Hasta ahora.

James Blake: "The Colour in Anything"

Esta especie de comparativa o “versus” entre ambos discos debería arrancar como aquella tradicional cuestión que dice: tengo una buena noticia y otra mala, ¿por cuál quieres que empiece? Como soy de preferir los grand finales optimismas, empecemos por la mala noticia, que no es otra que la constatación de que James Blake ha perdido el rayo. Y es difícil entender por qué, ya que “The Colour in Anything” debería haber sido un punto de inflexión en la carrera del artista, un punto y aparte aperturista que ríete tú del desbloqueo de Cuba. Si en sus anteriores trabajos Blake se había declarado devoto de Juan Palomo, aquí ha permitido que Rick Rubin coproduzca siete canciones, que la mayor parte del disco se mezcle en los Shangri-La Studios de Malibú y y que aparezcan featurings de relumbrón como los de Frank Ocean, Justin Vernon o Connan Mockasin.

De hecho, “The Colour in Anything” estaba llamado a ser un disco de cambio, de renovación, desde su propia génesis, ya que el mismo Blake ha afirmado una y otra vez que este compendio de canciones recoge sus últimas vivencias en California del Sur (lejos de su casa), nuevas amistades y, sobre todo, un nuevo amor. Porque de amor siempre ha tratado todo cuando de este hombre hablamos… Pero, sin embargo, ¿qué es lo que encontramos aquí? Un total de 17 canciones que, durante una hora y cuarto, muestran la incapacidad para el aseamiento, evolución y remodelación del sonido de James Blake.

 

 

Lo peor que puede decirse de un disco es que transcurra sin pena ni gloria, sin que ninguna canción te emocione a primera escucha, sin que un corte te obligue a parar todo lo que estés haciendo para prestar atención y así percibir sus sutilezas… Y eso es lo que ocurre precisamente con ” The Colour in Anything“, lo que tiene un delito todavía mayor si repetimos que incluye 17 canciones a lo largo y ancho de una hora y cuarto. Blake podría haber practicado el maximalismo emocional, podría habernos agotado con su capacidad para rompernos el corazón necesitando únicamente un par de acordes al piano, alguna nebulosa melodía electrónica y el omnipotente chorro de su voz.

Por el contrario, nos encontramos ante un álbum fantasmático en el que incluso lo fantasmático pierde su interés al resultar no deliberado: los fantasmas que pueblan “The Colour in Anything” no seducen con su misterio espectral, sino que son simple y llanamente ecos hectoplasmáticos de los cuerpos con vida que poblaban los anteriores trabajos de Blake. A las baladas a piano les sobra autoconsciencia y les falta emotividad, mientras que en el resto del disco se abusa una y otra vez del patrón de “Digital Lion” que sorprendió en “Overgrown” (Universal, 2013) pero que aquí resulta deslucido y machacón: arrancar in media res y dejar la canción encallada en un ritmo electrónico bailable es una estructura resultona, pero de corto alcance. Y, sobre todo, no es algo que quieras escuchar una y otra vez en un mismo disco.

ANOHNI: "Hoplessness"

Pero basta ya de malas noticias. Había prometido que también traía good news bajo el brazo, así que allá vamos: “HOPELESSNESS” de ANOHNI es un disco que no sólo va a marcar un antes y un después en la carrera de la artista, sino que tiene madera para convertirse en uno de esos trabajos icónicos que acaben habitando la discografía vital (esa con la que muchos escribimos nuestras vidas) de muchos aficionados a la música. Y, ojo, porque si más arriba hablaba de “transición” e “identidad” al hablar de la nueva situación de Antony Hegarty, estas dos palabras resultan imprescindibles para entender las complejidades internas de “HOPELESSNESS“.

El cambio de nombre, la extinción de Antony y el nacimiento de ANOHNI, no es algo simbólico ni una maniobra de marketing para inyectar elemento sorpresa en una carrera en decadencia… Es, por el contrario, algo estrictamente ligado a Hegarty, que ya no se identifica con una identidad masculina sino con una femenina. Y, sin embargo, por mucho que esto habría sido suficiente para atiborrar de gas lacrimógeno el nuevo álbum de la artista, resulta que en el corazón de “HOPELESSNESS” laten otras temáticas que nada tienen que ver con los debates sobre identidad sexual en el nuevo siglo.

Aquí hay canciones sobre el nuevo paradigma de campo de batalla deshumanizado a base de drones (“Drone Bomb Me“) o sobre la vigilancia extrema de nuestra intimidad (“Watch Me”), aunque hay dos grandes temáticas destacan al sobrevolar “HOPELESSNESS” de forma amenazante y beligerante. La primera de ellas es, evidentemente, la mezcla entre ecología y feminismo: la necesidad de orientar la ecología hacia una sensibilidad femenina (ligada a la tierra) en oposición a la masculinidad (asociada al propio ego), pero también la necesidad de desligar el feminismo de cualquier tipo de condicionante de género, raza o clase. Es este un tema que brilla con un fulgor furioso en aquel primer single que se ha revelado como una verdadera obra maestra: “4 Degrees“.

A su vez, esta preocupación está indefectiblemente ligada a la segunda gran temática del álbum de ANOHNI: la identificación de la masculinidad con una sociedad patriarcal que alimenta la violencia, la competitividad y otros valores que están llevando al mundo al garete (y que se ven perfectamente glosados en el tema “Violent Men“). Pero, un momento, ¿significa todo esto que “HOPELESSNESS” es un disco que te da la chapa con el discursito político, social, ecofeminista y propagandístico -para bien- de ANOHNI? Ni mucho menos. Más bien todo lo contrario.

 

 

Como debería ocurrir en toda música con vocación política, el discurso no prevalece sobre las canciones, sino que estas son abordadas de forma autónoma y, como tales, pueden disfrutarse perfectamente sin entender una palabra de lo que esté cantando ANOHNI. Evidentemente, el discurso multiplica la pegada de los temas, pero hay que reconocer que lo que ha hecho la artista en “HOPLESSNESS” no tiene parangón: ha cogido a Oneohtrix Point Never y Hudson Mohawke para que renueven su sonido, el antiguo sonido de los Johnsons, sin dejar de sonar a ella misma. Cualquier otro artista con un imaginario menos poderoso, con una voluntad más pusilánime, habría permitido que dos luminarias de la era electrónica como estas se hicieran con las riendas de su nuevo sonido. Pero, por el contrario, no es difícil intuir que “HOPLESSNESS” suena tal y como ANOHNI quiere. En sus términos. Como expresión final de su alma: esa alma que trasciende el concepto de género y, sobre todo, el de cuerpo.

Al fin y al cabo, el concepto “alma” es el que me viene a la cabeza escuchando tanto este “HOPLESSNESS” como lo último de James Blake. Ambos son artistas que (y ahora permitidme el desliz íntimo y personal), en algún momento de su carrera, han conseguido que arranque a llorar en alguno de sus conciertos. La primera fue, evidentemente, Hegarty. Lo recuerdo perfectamente: fue en un concierto en Barcelona en el que acabé pensando que la artista debía quedar totalmente exhausta y resquebrajada mentalmente, que era prácticamente imposible que un ser humano tuviera una vida normal y, a la vez, alcanzara esos niveles de intensidad emocional en todo y cada uno de sus conciertos. Lo volví a pensar al verla de nuevo en el Primavera Sound un par de años después. Y lo pensaría una y otra vez al ir viendo cómo la estrella de Antony & The Johnsons se iba apagando disco a disco: en vez de apenarme por la pérdida de calidad, casi que me alegraba por el hecho de que Hegarty no siguiera escarbando en su propia pesadumbre.

En esta época, en estos días, no puedo evitar pensar que lo que le ha faltado precisamente a James Blake en su último trabajo es dejarse el alma y las emociones en él. ANOHNI, por el contrario, ha conseguido volver a emocionar, y lo ha hecho sublimando su discurso y obligándole a trascender a un área no estrictamente íntima, sino fascinantemente global. Todo parece apuntar que las lágrimas serán inevitables en su inminente actuación en el Sónar 2016. Todo parece indicar que volveré a salir del concierto preocupándome por la salud mental y emocional de la artista… Ese es el precio cuando lo de “renovarse o morir” es algo más que una opción para darle un meneo a tu carrera: en el caso de Hegarty, no ha sido una opción, sino una necesidad vital que ha transmutado en opera magna.

 

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