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Dicen que lo bueno, si breve, dos veces bueno… Por eso nuestra crónica del Americana Film Festival se apena al afirmar que no ha sido bueno: ha sido buenísimo.

 

Conviene tener claro que lo bueno, si breve, dos veces bueno. Por ello, no podemos ocultar una cierta sensación de amargura tras la finalización del primer festival cinematográfico del año al que hemos podido asistir, ya que la segunda edición del Americana Film Festival nos ha parecido tan buena como breve. Estamos hablando de un festival pequeño que aúna un cartel tan interesante como difícilmente abarcable en apenas tres días de proyección y una organización casi de diez, siempre dispuesta a facilitar el trabajo a la prensa y a minimizar todas las posibles incomodidades al público. Normal, entonces, que estemos un pelín tristes.

Empezamos nuestra revisión del festival con la película que servía para inaugurarlo. “Before I Disappear” (2014) es la versión corregida y aumentada que Shawn Christensen quiso hacer de su aclamado cortometraje “Curfew” (2012), no en vano ganador del Oscar hace ahora exactamente dos años. La relación entre un joven perdedor que va acumulando tentativas de suicidio (interpretado por el propio Christensen) y su sobrina, una niña de clase alta a la que apenas conoce y de la que tiene que hacerse cargo durante una noche, vuelve a incidir en el enfoque tierno y esperanzador del choque cultural en una gran urbe. Llena de, diríamos, buenas intenciones, la cinta adolece de unos cambios de tono especialmente volubles en el tramo final de la obra, donde coquetea con el melodrama telefilmado cuando desde un inicio la propuesta que se nos vende es la de la comedia gamberra y on drugs. Quizás porque conocemos el núcleo elemental que da vida a la película (la mencionada “Curfew”), queda el regusto de que los mayores aciertos puntuales e individualizables de “Before I Disappear” ya estaban antes ahí (la maravillosa coreografía en la bolera o la escena de los baños públicos), y que alargar la premisa argumental tiene tanto de caprichoso como de errado. Sin embargo, descontextualizado, el largometraje de Christensen sigue siendo un ejercicio gozoso e irregular, cuya sensibilidad pop se manifiesta en numerosas ocasiones a lo largo de la película: desde la inserción de clásicos de ayer y hoy de David Bowie o The War on Drugs al guiño al sonido Italians Do It Better en esa “Sophia, so far” creada para la mencionada y encantadora escena de la bolera, pasando por ese brindis por el reencuentro que evoca el estándar de los años 30 “I’ll be seeing you” de Billie Holiday al final de la película, casi una respuesta al otro estándar coetáneo que aparecía en la original “Curfew”: el “We’ll meet again” de Vera Lynn.

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Seguimos con un ejemplo paradigmático de cine indie norteamericano. Una pareja parcialmente joven, una mejor amiga que comparte piso con ellos, unos vecinos algo particulares y una expareja que además es compañera de trabajo. Súmenle a estos ingredientes Nueva York y un cadáver descubierto en el momento incorrecto y en el lugar menos indicado y entenderán que, de estos elementos, prácticamente solo puede crearse una comedia de enredo y misterio. Eso es exactamente lo que plantea “Wild Canaries” (2014) de Lawrence Michael Levine, y eso es lo que ofrece. Tan liviana como simpática y agradable, “Wild Canaries” se convierte finalmente en un torpe y encantador grand guignol cómico y referencial, casi un calco argumental y estructural de “Misterioso Asesinato en Manhattan” (Woody Allen, 1993) sin la brillantez en sus diálogos, con la complicidad espiritual de, por ejemplo, “Cold Weather” (Aaron Katz, 2010). La obra de Levine comparte con la de Katz no sólo la presencia de un personaje femenino que emerge como poderoso elemento axial desde el candor (aquí Sophia Takal como la joven que descubre el cadáver de su vecina; allí Trieste Kelly Dunn como la hermana del chico cuya novia desaparece) y ese aire de frescura propio de algunas cintas de presupuesto limitado, sino también una discreta pero meritoria capacidad de crear empatía con el espectador mediante la creación de espacios comunes, tales como las dudas y los altibajos de la vida en pareja, la asunción de los celos y los egos o el posicionamiento emocional con respecto a terceras personas.

Con un tono absolutamente diferente al de “Wild Canaries”, “The Heart Machine” (2014) de Zachary Wigon también escudriña la naturaleza compleja de la pareja como célula emocional, pero de forma mucho más entregada y amarga, aunque con un resultado igualmente irregular. En “The Heart Machine” poco espacio queda para la comedia. ¿Puede construirse el amor también en torno a la mentira? Y, si es así, ¿podemos seguir considerándolo amor? Es verdad que el argumento de la cinta de Wigon no es nuevo y, de hecho, su tratamiento cada vez empieza a serlo menos. Un joven que mantiene una relación a distancia con una chica a la que nunca ha visto en persona empieza a detectar señales que le hacen temer que su pareja en realidad podría estar viviendo en su misma ciudad. A partir de aquí, se establece un doble juego de sospechas, donde la celotipia emerge como amago de psicopatía, en un entramado argumental tan tramposo como valiente. Es de especial relevancia incidir en que la génesis del conflicto se establece mediante la confrontación de los cuerpos alejados de Cody y Virginia (meritoriamente interpretados por John Gallagher Jr. y Kate Lyn Sheil), unos cuerpos que las nuevas tecnologías se empeñan en acercar mediante una falacia digital. Facebook, etiquetado de fotografías, Whatsapp, capturas de pantalla, Skype… La red metasocial redefiniendo los paradigmas del contacto humano y destrozando el contrato no escrito emocional entre dos personas. No tan lejos de “Her” (Spike Jonze, 2013) como pudiera parecer, pues con ella comparte esa aura de cine de terror sentimental 3.0, pero sin esa capacidad de removernos interiormente, ya que “The Heart Machine” se instala en los parámetros narrativos del cine de género y apenas se mueve de ahí. En definitiva, un interesante estudio de las cloacas del corazón, resuelto de manera quizás demasiado tibia.

Quizás la película más incómoda y, seguramente por ello, una de las más perecederas de las vistas en el Americana Film Festival, es el documental “Rich Hill” (2014). La cinta de los primos Andrew Droz Palermo y Tracy Droz Tragos, premiada en Sundance, explora las vidas de tres chicos que viven en los límites del umbral de la pobreza en Rich Hill, una pequeña ciudad al oeste del estado de Missouri, en el centro mismo de los Estados Unidos. Disección precisa y dura de la forma de vida white trash (incluso asistimos al paseo de unos muchachos caracterizados como Juggalos por el vecindario), “Rich Hill” escarba en las otras raíces de la cultura norteamericana y en el impacto que ello supone en la adolescencia, donde las pautas de comportamiento para la edad adulta quedan definitivamente establecidas. Es posible que fuera innecesario enfatizar el elemento dramático en ciertos momentos (especialmente en su desenlace) de este notable y descarnado mural, sin embargo, toda la propuesta funciona con chocante naturalidad y evita en la medida de lo posible, aunque no siempre, caer en efectismos que poco bien le harían a la naturaleza del proyecto.

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Una de mis preferidas del fin de semana llegaba de la mano de Alex Ross Perry, seguramente uno de los cineastas norteamericanos más interesantes del momento, que acaba de estrenar “Queen of Earth” (2015) en la Berlinale. Su anterior obra, esta “Listen Up Philip” (2014) presentada en el Americana, narra un fragmento en la vida de un escritor en los meses que rodean al lanzamiento de su segunda novela, donde se ve inmerso en una especie de cuadro ansioso con cierto delirio egomaníaco que repercute en sus relaciones más cercanas. Cargado de una retórica extrema, a veces deliciosamente irritante, que de alguna manera le acerca a las propuestas de Whit Stillman, este retrato de un egotista insoportable y a la vez encantador refleja con mucha mala baba, bastante humor negro y no poca inteligencia esa especie de nihilismo fin de siglo del post-treintañero que se sabe mejor que los demás. Me resulta especialmente interesante cómo, en un acto casi asumible como justicia poética, Alex Ross Perry le sirve a su anti-héroe Philip Friedman, un Jason Schwartzman que parece rescatar dieciséis años después al Max Fischer de “Rushmore” (Wes Anderson, 1998), una figura paterna en forma de escritor idolatrado (Jonathan Pryce), que lejos de buscar el equilibro emocional del protagonista, muta a una especie de doppelganger con fines de refuerzo conductual. Hiriente, a ratos brillante, esta “Listen Up Philip” nos hace desear ver muy pronto más cosas de este joven cineasta.

Terminamos el repaso a algunas de las cintas presentadas en este intenso fin de semana cinéfilo en Barcelona con “Kumiko, The Treasure Hunter” (2014), de David Zellner. Rinko Kikuchi es la Kumiko del título, una joven apocada y esquiva que cree haber descifrado una especie de mapa del tesoro en una maltrecha copia en VHS de “Fargo” (Joel y Ethan Coen, 1996), lo que le lleva a tomar la decisión no especialmente sensata de dejar su vida en Japón y afrontar esa aventura en solitario. Rodada a medio camino entre Tokyo y varios pueblos del norte de Minnesota, la película de David Zellner propone una fábula que transita por lo metacinematográfico y que juega con el equívoco que se establece en ocasiones entre realidad y ficción, llevándolo hasta su último extremo. Dentro de esta fábula, Kumiko es una especie de Caperucita Roja parapetada con una sudadera de dicho color, cuya timidez extrema unida a las barreras idiomática y conductual la sitúan en un plano cercano al autismo. Así, para esta moderna y dramática Caperucita, el lobo quizás viva solamente dentro de su cabeza. “Kumiko, The Treasure Hunter” exalta la ternura y la calidez narrativa dentro de un contexto gélido y agreste. Así, el contraste cromático entre el rojo eterno que cubre la cabeza de Kumiko y el blanco de su rostro y del paisaje nevado circundante crea una sensación de atracción y angustia casi irreal, potenciando el componente casi alegórico y espectral. En definitiva, una experiencia cinematográfica esporádicamente preciosa.

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