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Charlie Blakeman es escritor. O, por lo menos, quiere serlo. Publicó un libro pero no tuvo mucho éxito, y ahora comparte piso en Washington Square, Nueva York, con su primo y todas las personas que acuden a las fiestas que monta su primo, que son muchas (las personas y las fiestas). En una de esas fiestas, Charlie reconoce a Sophie Wilder, su novia en la Universidad, perdón: su Gran Amor. Una muchacha -ahora mujer- esquiva, culta e inteligentísima que también publicó un libro (de relatos) pero, en su caso, muy exitoso. Charlie salió con Sophie Wilder en la Universidad, y con ella compartió caminatas eternas por las calles del campus mientras hablaban de cómo ser escritor en el siglo XXI y no morir en el intento. Pero un día Sophie Wilder se esfumó, “¡fop!”, y nunca más supo de ella. De repente, se la encuentra años después en el piso que comparte con su primo (al que, por cierto, Sophie Wilder se tiró mientras estaba con Charlie). Se ven, se hablan, se recuerdan, Charlie vuelve a sentir arder de nuevo en el estómago y en su corazón esa llama que nunca llegó a apagarse. Cuando Sophie Wilder se vuelve a esfumar, Charlie se pregunta: y durante todo este tiempo, “¿Qué fue de Sophie Wilder?“.

Escritores trasnochados, amores universitarios fallidos, dudas sobre la fe, el matrimonio y el amor, la bohemia literata neoyorquina… ¿La nueva película de Woody Allen? No, la primera novela de Christopher R. Beha, habitual de las páginas de Harper’s Magazine, The New Yorker y The Believer que, conQué fue de Sophie Wilder(publicada en nuestro país por Libros del Asteroide) se atreve a retratar un mundillo que conoce bien -el mundo editorial neoyorquino- al mismo tiempo que entrelaza una bella historia de amor no necesariamente romántico (en el sentido más estricto del término) donde no sobra ni una emoción y que, poco a poco, se va adentrando por caminos mucho más trascendentales de los que aparenta a primera vista.

A Sophie Wilder le pasaron muchas cosas desde que dejara plantado a Charlie en la Universidad. Y todo lo que fue de Sophie Wilder nos es relatado en una tercera persona que se entrelaza de forma continua con los capítulos que nos hablan de en primera persona de las tribulaciones de Charlie Blakeman, que ve cómo su ya de por sí desordenada existencia se vuelve patas arriba con el regreso de la persona pero, más peligroso aún, del fantasma de la propia Sophie Wilder. Mientras uno (Charlie) reconstruye su relación amorosa y reflexiona sobre su escasa carrera literaria, de la otra (Sophie) se nos cuenta su recorrido vital más reciente, breve e intenso. Un recorrido en el que Sophie descubre el amor y lo pierde (entre otras cosas bastante más duras) y en el que, más importante que todo, descubre la fe. Aunque es más correcto decir que se entrega a la religión de su marido, el catolicismo. Y cuando Sophie da el paso, sus prioridades cambian y, con ellas, su vida como la conocía hasta el momento.

Durante las primeras páginas del libro, todo parece indicar que la cosa va a ir de amores entre clases de literatura americana y escritores venidos a menos pero, con “Qué fue de Sophie Wilder“, Beha quiere ir mucho más allá. Esa historia que se intuye cuando empiezas a leer ya está contada, ya existen centenares de libros que nos explican los intríngulis del mundo editorial americano, de sueños literarios fallidos. La suya se desvía por derroteros mucho más ambiciosos y construye dos personajes intensos y muy cercanos, con los que es muy fácil sentir empatía inmediata aunque nunca reaccionarán como lo harías tu, ya que ellos llevan sus circunstancias hasta las últimas consecuencias. Sobre todo Sophie, uno de los caracteres femeninos más poderosos que he podido leer en mucho tiempo… Y eso que no comparto sus motivaciones para nada.

Pero ahí radica la fuerza de esta historia, en explicar por qué actuamos como actuamos, aunque sea por algo tan peregrino como la religión (visto desde el punto de vista de la ironía atea / agnóstica, claro). Como la Sarah Miles de “El Final del Romance” de Graham Greene, Sophie Wilder rompe con lo que quiere y desea para centrarse en algo mucho más elevado, respondiendo a un Fin que está por encima de cosas tan banales como el deseo, el éxito o incluso el amor. Una mártir del siglo XXI por la que es fácil sentir fascinación inmediata y que, ciertamente, provoca en el lector el deseo constante de saber qué fue de ella. No es la última película de Woody Allen, pero el director de “Manhattan” debería matar por parir un guión tan suyo (cuando sus guiones molaban, claro) como el libro que ha escrito Christopher R. Beha. No es una experiencia religiosa… Pero se le acerca.

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