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La editorial Automática sigue publicando la necesaria obra de Yan Lianke: “Los Besos de Lenin” es una visión de China impactante y con un toque de absurdo.

 

Hace un par de años, la editorial Automática traía hasta nuestro país uno de esos libros que no se pueden definir de otra forma que no sea como “necesario”. Se trataba de “El Sueño de la Aldea Ding“, y si decimos que era (y sigue siendo) necesario es porque su autor, Yan Lianke, retrataba en él una realidad que normalmente se intenta escamotear a los ojos de los extranjeros: la situación de China, un país cada vez más poderoso que, sin embargo, sigue albergando en su seno múltiples contradicciones que, en la mayor parte de ocasiones, atentan contra unos principios básicamente humanos.

Sea como sea, mucho tiempo ha transcurrido desde la publicación de “El Sueño de la Aldea Ding“, y precisamente por eso se impone acoger “Los Besos de Lenin” con los brazos bien abiertos. La última novela de Yan Lianke vuelve a confrontar la realidad china actual, haciendo especial hincapié en el “implacable capitalismo” que se ha convertido en una especie de apisonadora de la población. Pero que nadie piense que nos encontramos ante un panfleto socio-político: Lianke ha demostrado con anterioridad ser dueño de una prosa repleta de ternura, crítica y gusto por el absurdo.

Y, evidentemente, estos tres vuelven a ser los puntos cardinales que guían la pluma del autor en “Los Besos de Lenin“, una novela en la que el verdadero protagonista es el pueblo de Buenavida. Un lugar que, en pleno verano, se ve azotado por una insidiosa tormenta de nieve que acaba con todas las cosechas, empujando así a sus habitantes a confiar en un funcionario local que tiene un plan: aprovechar el hecho de que todos los habitantes de Buenavida tienen una minusvalía que les proporciona a la vez una habilidad excepcional y única para montar una compañía artística que gire por todo el país hasta recaudar dinero suficiente como para compensar la pérdida de las cosechas e incluso comprar el cuerpo de Lenin para exhibirlo en un mausoleo en el centro del pueblo. ¿Habíamos dicho que Lianke es un adicto del (buen) absurdo?

Más información en la web de la editorial Automática.

 

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