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21 de junio, Día de la Música. Una celebración que se puede entender en mayor o menor medida o con la que se puede estar más o menos de acuerdo pero que, a pesar de que haya que hacerlo durante todo el año, sirve para reivindicar los cauces por los que debería avanzar la cultura musical en nuestro país y defender que no se siga machacando desde múltiples frentes (este punto merecería un extenso capítulo aparte…). Paralelamente se encuentra su carácter lúdico y festivo, plasmado en los numerosos bolos organizados ese día (y a lo largo del fin de semana) por toda la geografía española. En Pontevedra, en la Sala Karma, los protagonistas de uno de esos actos, Igloo, presentaban las suficientes credenciales para cumplir con los objetivos de tan especial jornada: una dilatada experiencia en el negocio musical alternativo gallego y español; y una energía, una implicación y una entrega sobre las tablas que no han mermado un ápice en sus ocho años de trayectoria.

Para completar la oferta de la noche, la entrada al concierto era gratuita. El aspecto del local, sin embargo, no cumplió con las expectativas. Es decir, que ni gratis se llenó el aforo… Otro detalle a debatir en mejor momento. Pese a las condiciones relativamente adversas y al ánimo apático que mostró la audiencia al comienzo, Igloo arrancaron su directo con su acostumbrado ímpetu y la sección rítmica compacta como una roca de granito. Su principal acicate era la presentación de su nuevo disco, “Ø4. el conjunto vacío” (Ernie, 2013), del que trasladaron tanto su vena más poderosa, con el bajo percutiendo sin piedad (“Sinatra”, “Han Solo”), como sus fases más reposadas y melódicas (“Hada”, “Todos los Días Amanece”).

Las concesiones que los de Caldas de Reis hicieron a la parte clásica de su repertorio funcionaron como prolongación del muro de sonido eléctrico que iban construyendo en el escenario, con un Beni Ferreiro que llegaba bien arriba vocalmente en cada estribillo y las guitarras acoplándose como cemento armado (“Ausencia Parcial”) o sacando todo su jugo pop (“El Principio del Fin”). El grupo progresaba a la velocidad de crucero adecuada; de ahí que, cuando los asistentes se metieron definitivamente en harina, le resultara muy fácil atacar en plenitud de condiciones dos de los temas más explosivos de “Ø4. el conjunto vacío”: “Halloween vs. Samaín”, cuyos redobles de batería remitían al paso marcial de un ejército camino de la batalla; y “Todo”, perfectamente enlazada con la anterior aunque con la sorpresa de incluir una breve escapada hacia el “Blue Monday” de New Order.

A Igloo no les pidan efectismos, sino efectividad: ahí nunca fallan. La manera en que conquistaron el espacio de la sala con su sonido maleable y trasladaron sin artificios su acostumbrada temática sobre las tribulaciones propias de la vida y el amor recordaba por qué pertenecen por derecho propio a ese linaje en el que se unen Sexy Sadie, Maga y La Habitación Roja. Los caldenses no lograron alcanzar el nivel de notoriedad de los mencionados, pero el aplaudido desenlace de su concierto con una planetera y ascendente “Nanook” (¿lo que se escuchó en una de sus partes fue el “Chasing Cars” de Snow Patrol?), uno de sus himnos, hizo olvidar tal circunstancia y certificar su destacado estatus dentro del panorama galaico (y nacional, por qué no…) en el día que se cantaba a la música… O, al menos, a lo que queda de ella.

[FOTOS: David Ramírez]

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