Un día, Miranda Makaroff se fue de vacaciones a Los Ángeles (a partir de ahora “eLAy”, que es como lo dice la gente guay y este post va de gente muy guay), se volvió loca del chocho perdida con las travestis cibers que paseaban por Sunset Strip y, como los misioneros cuando se van a la profundidad de la selva amazónica, se trajo una buena cantidad de larvas ciber pegadas a la oreja que empezarían a propagarse por nuestro país como una puta plaga. Pero tampoco seamos malos, la culpa no es de ella, es de los padres de eLAy, que las deja vestirse como putas salidas de un burdel de carretera de “El Quinto Elemento“… y también de Grimes y de todas las rémoras que orbitan a su alrededor tipo Brooke Candy y Blood Diamonds. Y de Tumblr. Sobre todo de Tumblr. Tumblr oposita muy seriamente a responsable máximo de la decadencia de la cultura occidental junto a Telecinco y el tunnig.

Decimos, pues, que la pobre Miranda no es responsable de todo (con lo bien que nos cae, y lo decimos MUY en serio). En su momento, algunos diseñadores españoles dejaron de segregar la encima que asimila bien el flúor y, desde entonces, andan perdidos en un paraíso artificial ciber que les hace vivir en una realidad virtual tipo “Días Extraños” o, lo que es peor, “El Cortador de Césped” -las referencias a los 90 van a ser muchas en este post-: Krizia Robustella, Maria Ke Fisherman y Arnau P.Bosch son algunos de los referentes de este movimiento Ciberñol. Todos ellos han cavado hasta lo más profundo de las referencias de los 90 y se han quedado con lo más exótico: el rollo ciberpunk. Seguro que todos sueñan con quedarse encerrados una noche en el Ciberdog de Camdem y compartir una rave con sus dependientes escuchando a Sin With Sebastian en loop muchas más veces de lo que recomendaría la OMS.

Así que el comeback rollo ciber es un hecho. Y no, no me he quedado p´allá como el prota de “Take Shalter” viéndolas venir sin saber muy bien si es la dura realidad o una paranoia mía porque, por desgracia, la verdad está ahí fuera: las planaformas de Prada (a Miuccia sí que la culpo profundamente de tanta insanity colectiva), el resurgir de las Buffalo (¿os acordáis? ¿en serio me decís que esto es guay?), el nu-rave y el  flúor; Jared Leto que es como un ente ciberdélico en sí mismo; Rebecca Romijn-Stamos, el k-pop y toda la psicotropía que conlleva y toda la marabunta de homenajes al grafismo noventero que incluyen chorros de pintura por que sí.

Y sólo podemos decir, en plan abuelos cascarrabias, que no nos gusta. Y no nos gusta porque no lo entendemos (que es el motivo más básico y humano para que no te guste una cosa) lo que hace que, en consecuencia, nos sintamos viejos y desconectados de ese mundo teen que celebra cuando alguien se tiñe el pelo de fucsia y azul. Y nos damos cuenta de que, como en su momento, este ciberpunk que los pijetes de la red han convertido en seña de identidad no deja de ser la visión de una decadencia futurista vista desde la única perspectiva posible (para no caer en la depresión): el que te da ingerir dos tripis disueltos en Jägerbomb con dos litros de Espidifén. ¡Ah, juventud, divino tesoro!

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