Los que disfrutamos de la moda (y no diremos los que viven de ello) a veces tenemos que toparnos contra el muro de la realidad extrema de la gente que no tiene ni idea, que defiende que es lo mismo comprar un bolso de los chinos de imitación que tener un Saffiano, solo que el primero te puede costar treinta euros y encima tiene más mérito precisamente por eso. Gente a la que no le entra en la cabeza los chochos que se montan en los desfiles, que no comprende la razón de ser de la Alta Costura (“¡¿¿pero cuándo te puedes poner esa ropa??!! ¡¡Pero si se le ven las tetas!!”, te preguntan y te exclaman), son situaciones que a veces te hacen sentir como Don Quijote delante de un molino. Pero hay momentos, sin embargo, en los que una no puede evitar posicionarse al otro lado del río y ver lo absurdas que pueden llegar a ser algunas cosas. Pongamos por ejemplo, no sé, la bolsa de papel de Jil Sander. Como veis arriba, es una bolsa de papel de un bonito diseño minimalista (como es habitual en la diseñadora alemena), poca cosa:  papel liso (yo diría que reciclado) y el elegante logo en la base. Hasta aquí, bien. Una bolsa de papel. No sé para qué coño voy a querer una bolsa de papel de Jil Sander, pero vale. El intríngulis viene cuando os digo que la bolsa de papel, ESTA bolsa de papel, cuesta 290,67 $ (dólares). Efectivamente. Lo que viene siendo la mitad de lo que puede costar un alquiler medio en Barcelona. Por poner un baremo que pillemos todos. Es decir: ESTA bolsa de papel (repito: yo creo que reciclado, que ya se sabe que encarece un poco), que por no tener no tiene ni flores ni gatos estampados (por casi trescientos pavos, que por lo menos tenga un gato, ¿no?), que seguramente no sirva para absolutamente nada, cuesta casi lo mismo que un mueble caro de IKEA. ¿Y sabéis que es lo mejor? Que si os estabais planteando comprarla, la mala noticia es que está agotada. No dar crédito, oye.

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