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Hay cosas que te hacen darte cuenta de que te haces mayor menos visibles que las arrugas, las estrías y las patas de gallo, pero igual de dolorosas. Una de ellas es la aparición de la molesta capacidad para darte cuenta de hasta dónde puedes llegar (y no me refiero sólo en el sentido físico), qué puedes hacer y qué no puedes permitirte. Esa habilidad mutante que llega con los años es básica para la supervivencia social de cualquiera y un buen salvoconducto para evitar el ridículo en muchas ocasiones. Resumiendo, es algo tan sencillo como que volverse Ana Obregón es MAL y ser Helen Mirren es BIEN. Las revistas de moda están llenas de artículos que intentan darle a esta cosa de darte cuenta de que nunca podrás llevar un crop top con dignidad a partir de los 33 una pátina de guayedad y de quitarle importancia.

Y por eso te ponen prendas separadas por edades con titulares del rollo “qué llevar a los 20” (y al lado una foto de Kristen Stewart recién salida de vomitar en el lavabo), “qué lucir a los 30” (y para ilustrarla la última foto de Kate Moss para que nos creamos que todas podemos ser ella cuando ya sabemos que no, que eso es imposible), o “qué ponerse a partir de los 40” (y aquí SIEMPRE sale una Sharon Stone que debe de bañarse todos los domingos en sangre de vírgenes, porque si no, no se explica). Intentar compartimentar lo que puede llevar una persona sea cuál sea su edad es reaccionario a la vez que ridículo, pero es cierto que hay cosas que una no se puede poner a determinadas edades. Y en ocasiones no porque no quiera, sino porque algunas marcas, simplemente, no le dejan. Más aún, si tienes ese sentido de la “viejunez” dormido, ya se encargan de despertarlo para ponerte las muescas de tu calendario vital en la cara.

Una de las coñas recurrentes de los últimos meses entre FPM y amigos sería lo mucho que molaría hacernos camisetas con un tajante “Bitch, don´t kill my vibe” en homenaje a Kendrick Lamar (de majo). Resulta que esta camiseta ya existe. La descubrí la semana en la Brandy Melville de Rambla Catalunya con Rosselló (al ladito de Scoth & Soda). No era una camiseta al uso, sino más bien un intento de camiseta. Un cinturón hecho camiseta. Un trozo diminuto de tela blanca con las letras en negrita y cursiva. No tardé ni dos minutos en enviar la pertinente foto por Whatsapp a los que, como yo, la querían en su armario. Y ya de paso, aproveché para darme un garbeo por la tienda, que abrió hace unos meses y que todavía no había inspeccionado.

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Brandy Melville es una marca italiana que desembarcó en Barcelona hace unos meses y que tiene más de 65 tiendas repartidas en todo el mundo (Italia, UK, Francia y Alemania). En el género de la tienda no ves nada de inspiración italiana, todo es rollo usamericano y aboga,en concreto, por el look LA de baratillo, una mezcla entre el grunge guarrete y el boho low cost: muchas banderas de barras y estrellas, shorts culeros y trozos de algodón barato a veinte euros los 200 gramos cosidos por los laterales. Una mirada rápida a la tienda te alerta si has pasado la treintena: las dependientas son peliteñidas, en su mayoría guiris y todas aparentan ser menores de edad.

Ese día me llevé un par de prendas al probador y me encontré frente a tres adolescentes que se probaban ropa bajo la atenta y crítica (y un poco pesada) supervisión de sus respectivas madres. Cuál fue mi sorpresa cuando, al entrar en un probador e intentar enfundarme en un vestido (corto, abierto por la espalda, con estampado de girasoles y de tela elástica, 24 euros), la prenda era “one size“. Le pregunté a una de las chicas peliteñidas que confirmó mis temores: “es que todo lo que tenemos en la tienda es talla única“. Brandy Melville solo hace “Una talla“. Para atarlas a todas y atraerlas en las tinieblas. O algo así, digo yo. No se me ocurre qué clase de movimiento de márketing hace que una marca con intenciones de expansión global (ya han abierto la segunda tienda en Barcelona en Passeig de Gràcia) ponga en circulación una única talla para todas sus prendas. La última marca que recuerdo que tuviera tallas únicas era Kling, y de esto hace lustros ya.

El problema no es ese, el problema es que es “una talla única” para adolescentes de quince años con poca hambre. Así que si, como yo, tienes el doble (y un poco más) y un cuerpo de treintañera con una vida sana, posiblemente no entres en absolutamente nada. Si te gustan las barras y las estrellas y los shorts culeros y los crop tops, tengas la edad que tengas, no asomes la nariz por allí a no ser que peses treinta quilos o menos. Brandy Melville hace una selección natural por ti, por todas nosotras: si tienes cierta edad, no puedes vestir así.  Ni siquiera Forever 21, que es una marca que ya en su propia filosofía defiende que cualquiera puede vestir como una teenager, es tan cafre como para no tener tallas diferentes. Porque no todas las teenagers tienen una XS. No digamos el resto de la parroquia femenina. Brandy Melville evita que te conviertas en una vulgar Ana Obregón de la forma más sencilla: alejando su ropa de tu armario y, por extensión, de tu cuerpo.

En el fondo deberíamos darle las gracias… Pero, aún así, salí con la sensación de sentirme un poco insultada. No diré que ese resorte que desde hace meses me impide vestir como una fulana de extrarradio (aunque me gustaría) no saltara cuando repasé los estantes con las prendas expuestas. La ropa de esta firma no es mi rollo aunque alguna cosa sí podría haberme llevado, pero con su nefasta política de tallas y su búsqueda de compradoras anoréxicas con cuerpo de gimnastas rusas sólo consiguieron que me fuera con mi dinero a otra parte. ¿Y sabéis donde me lo gasté? En la vecinita de al lado: en Scotch & Soda (aunque podría haber sido cualquier otra de las muchas que hay en la zona), donde el sentido del ridículo y lo que quieres o puedes llevar lo dictas tú at your own risk.

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