En “Hot Shots“, Lloyd Bridges admiraba a toda una clase de Marines buenorros, destacaba su hermosa planta y sus marcados pectorales y se lamentaba: “Viéndoles a ustedes, pienso: lo que daría por ser mujer y tener veinte años”. Y aunque alguno ya empieza a exteriorizar este sentimiento más de lo que le gustaría, no cabe duda de que este anhelo palpita en todos aquellos que seguimos a Hurts desde el primer día que escuchamos “Wonderful Life” (aunque en algunos caso sólo se anhela lo de los veinte años, claro). Porque, con “Happiness” (Sony, 2010) en la mano, una siente la dolorosa punzada del echar de menos la adolescencia, la ingenuidad, las hormonas en rave continua y el poder dar muestra de ello sin tener que esconderlo. Hurts son el grupo que a esta generación hubiera revolucionado en 1992: su imagen hubiera forrado paredes y carpetas, hubiera provocado colapsos y sofocos y hubiera facilitado más de un outing confuso. Y yo digo desde ya: disfrutemos de este disco como la maravillosa pieza estética que es, como una oda a la belleza musical, con el apremio de un amor de verano, con la tristeza del advenimiento del otoño, sin importarnos sus defectos, su aparente vacuidad, su evidente esteticismo. Porque “Happiness” es el “In the Mood for Love” de la música; y Hurts serían un Wong Kar-Wai fascinado por “Muerte en Venecia“, los primeros discos de Depeche Mode y los diseños de Hugo Boss para el ejército nazi.

Desde finales de 2009, cuando asaltaron las listas británicas de las nuevas promesas musicales, Hurts demostraron al mundo que lo tenían todo para convertirse en leyenda: un pasado de éxito frustrado (como los espídicos Daggers); una dolorosa infidelidad (cuando Theo Hutchcraft y Adam Anderson se dieron cuenta de que necesitaban trabajar al margen del grupo) y la consecuente ruptura dolorosa (que provocó cantidad de mensajes de súplica en su MySpace para que volvieran). Después de esto, un viaje iniciático (a Verona, quizá una de las ciudades más expresamente emo del mundo) y el descubrimiento de algo que les marcaría el resto de sus vidas: el disco lento. Un género de características confusas que nace como respuesta introspectiva a la deriva del italo disco de principios de los 90 (y que dio como resultado una marea de hits de italodisco introspectivo y deliberadamente kitsch de los que, lamentándolo mucho porque he puesto en ello todas mis ganas, poco o nada hay que rascar). En Verona, Theo y Adam se empaparon de disco lento, de decadencia italiana y asentaron los cimientos de un género que en FPM ya hemos bautizado como Light Wave: la respuesta easy listening del Dark Wave con un marcado gusto por la estética decorosa, las baladas de finales épicos y las letras mundanas e hiperbólicas. El sufrir por el sufrir. Pero bien. Almidonados hasta la lipotimia e impolutos como si fuera nuestro funeral.

Después del revuelo que causó “Wonderful Life“, el deseo imperante de más después de escuchar “Blood, Tears & Gold“, de la luz bailable al final del camino que desprendía “Better Than Love” y del paso por chapa y pintura del vídeo de su primer single, con ese toque neorromántico modernista, el mundo necesitaba saber si “Happiness” iba a ser la leyenda que Hurts nos prometieron veladamente desde el principio. Hoy, el misterio se ha desvelado. Hurts han resucitado el baladismo pop de principios de los 90 y todas sus canciones hacen honor a aquél claim que durante mucho tiempo decoraba su web: beautiful doloroso. Todas las canciones de su disco están marcadas por el emo adolescente, por el dolor de la ausencia, por la felicidad truncada o por el temor a perderla cuando se tiene: Happiness Hurts.

La obsesión italiana de los de Manchester no desaparece casi nunca su primer disco, y está presente en coros de barítonos, en cuerdas imposibles y en grand finales que ponen la piel de gallina: desde la apertura de “Silver Lighting” hasta el crescendo emotivo hasta el paroxismo de “Unspoken“, con el clímax perfecto en el track escondido: “Verona” (más evidente, imposible). El amor por el synth ochentero también deja una profunda huella en todas las canciones: “Wonderful Life“, “Evelyn“, “Illuminated” y “Blood, Tears & Gold” recuerdan a Gary Numan, a Erasure y al “The Captain of the Heart” de Double a partes iguales. Y aunque algunos intentamos asimilar que “Happiness” se mire más en los 90 que en su década predecesora, su sonido sigue siendo marcadamente temporal: recuerda a tiempos no tan pretéritos sin vergüenza y sin disimulo. El pasado también como figura recurrente en su música: en muchas canciones palpita un reloj, el doloroso transcurrir del tiempo.

En este disco nada está dejado al azar, ni la obviedad de sus letras ni lo muy calculado de su producción, haciendo que lo que en otros casos acabara siendo un himno mainstream, en el suyo se convierta en un himno de mañanas resacosas y solitarias como es “Sunday“, la canción de pop bailable perfecta. Sony sabía que tenía un diamante en sus manos, y por eso no tuvo problemas en atrasar el lanzamiento del disco (previsto para el 16 de Agosto) con tal de incluir un dueto que a todos nos dejó con las bragas a la altura de los tobillos: “Devotion” junto a Kylie Minogue, convirtiendo “Happiness” en el perfecto manifiesto filogay y heteroclassy, una balada uptempo de líneas tremebundas, el perfecto fin de fiesta en cualquier parade del Orgullo Gay.

Así que después de este viaje de tonos grisáceos, tirantes y gomina, todo el mundo se debe preguntar lo mismo: ¿Valía la pena tanto revuelo?. Teniendo en cuenta que en los últimos dos años solo hemos podido disfrutar de la época dorada de las electrochonis, en cuyas uñas de porcelana estaba escrito el discurrir de la Nueva Era Pop… yo digo que sí. Porque Hurts son ese grupo del que te tatuarías el nombre en el brazo, al que volverías en los momentos de tristeza, del que te aprenderías las letras y al que esperarías en la puerta del hotel cuando vinieran de gira a tu país. Pero claro, eso sólo lo hacen las adolescentes. Y nosotros, desgraciadamente, somos ya demasiado adultos y mayores… ¿no?

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