No estamos acostumbrados a que los artistas se nos abran en canal. Mucho menos si se mueven en un mundillo tan dado a la superficialidad y a la superioridad social del macho alfa como el hip hop. En nuestras cabezas, estos señores son tiarrones duros que ligan y beben mucho, que conducen cochazos y que guardan sus emociones y sentimientos (si es que los tuvieran o tuviesen) bien para el estudio o bien para la alcoba. En la vida pasa igual: no estamos acostumbrados a lidiar con los sentimientos de los demás y, por eso, cuando alguien te suelta la chapa de su vida y te abre su corazón lo único que puedes hacer es enarcar una ceja y no entender nada. ¿Por qué me cuenta esto? ¿Estará buscando algo de mí? Eso es un poco lo que le ha pasado a Frank Ocean a consecuencia de una carta que publicó en su Tumblr en la que confesaba que, a los diecinueve años, se había enamorado de un chico que nunca le correspondió. Ocean explicaba su enamoramiento de una forma escandalosamente honesta, y en sus palabras aún palpitaba la ingenuidad de la juventud y la aventura de aquellos días… Too gay to be true. Con todo, el jovencísimo productor lo único que consiguió fue dejar con el culo torcío a propios y extraños y que la mayoría lo acusara de oportunista: hacía escasos días había filtrado la grandérrima “Pyramids“, por aquel entonces ya pululaba por la red “Sweet Life” y “channel Orange” (Def Jam, 2012) -a la sazón, su primer disco oficial- estaba ya rompiendo el cascarón para salir a la calle y comerse el mundo. Estrategia de márketing, decían muchos. Y así agradecimos uno de los gestos más sinceros y valientes que hemos visto en un artista recientemente.

Pero venga, con el disco ya en las manos o en nuestros reproductores, ¿seguimos pensando que este hombre nos ha tomado el pelo, que es todo un movimiento marketiniano orientado exclusivamente a vender? A mí, personalmente, me cuesta mucho creerlo. Si gracias a “Nostalgia, Ultra” (Frank Ocean, 2011) sospechábamos que lo suyo opositaba a superdotado (allí engrasaba un r&b ultracool con una perfecta pátina de pop accesible en la forma de samples de canciones mega-reconocibles: MGMT en “Nature Feels“, Eagles en “American Weeding“, Radiohead en el interludio choni “Bitches Talkin“, Coldplay en “Strawberry Swing“…), con este nuevo lanzamiento no sólo lo revalida, sino que lo eleva a la categoría de genio. Mucho más: de auténtico orfebre.

Ahora viene la parte de las comparaciones, que ya se sabe que son odiosas pero, a veces, necesarias. Y es que el alumno más aventajado del clan Odd Future triunfa sin titubeo por encima de The Weeknd, el referente más cercano en estilo y en el tiempo que se nos puede venir a la mente. Sí, el proyecto de Abel Tesfaye puede llegar a epatar por momentos incluso pese a su poca concreción, pero ahí es donde Ocean le da buena cera: si el discurso del primero es vago, recargado y vaporoso, el del segundo sorprende por la certeza del mensaje y de la forma de transmitirlo, con ecos de música negra clásica sin necesidad de aires ni gorgoritos. Si Tesfaye quería renovar el r&b, Ocean lo que hace es homenajearlo desde el corazón y con un sentimiento que emociona y no sonroja; consigue, además, ponerle un punto y seguido al género que deja las puertas abiertas para que todo el que venga detrás tome buena nota y tenga el mejor precedente: ahora, el r&b no es cosa de buenorras soltando gorgoritos, sino que más bien es más una cosa de machos (armariados o no, da igual) quitándose la armadura, dejándola en el suelo y hablando de lo humano y lo divino (pero, sobre todo, de lo humano) de tu a tu, face to face. El emo-hop que practican Tesfaye y Ocean no quiere que se te resbalen las bragas hasta los tobillos del calentón: lo suyo es más arropar, y cuidar, y susurrar (lo que es mucho más peligroso), y cogen tan ricamente el relevo de Drake y le invitan a salir del salón del Trono sin prisa, pero sin pausa.

Con todo, “channel Orange” no es sólo el disco de la salida del armario de Frank Ocean (movimiento que, pese a las reticencias e implicaciones comerciales que pudiera tener, hace que se entiendan mucho mejor algunas letras, algunas ausencias de pronombres, el sentimiento general de desasosiego e incerteza que planea en todo el disco), es también un retablo impresionista de la vida en Los Ángeles: hay prostitutas y clubs horteras (y aquí hay que decir que los diez minutos de “Pyramids” son, sin duda, de los más gratificantes y alucinantes de lo que nos dará el año musical), drogas, religión, sirvientas, piscinas, alcohol y sobre todo fiestas, muchas fiestas (“Bad Rich Kids”, “Sweet Life”…) seguidas, claro, por resacas y todo lo que había subido, bajando (“Lost“, “Forrest Gump“, “Crack Rock“). Pero lo mejor de “channel Orange” es que, a pesar de las implicaciones personales de su autor, de su potencia sentimental, de la emoción que transcurre hasta en esos interludios de canal radiofónico, se puede escuchar perfectamente como un disco de género puro y accesible. Ocean juega con el funk, con el soul y maneja el pop con tanto arte como el mismísmo Kanye West. Pero sus maestros lo son de la nota simple y directa: Stevie Wonder y Prince a partes iguales se pasean por sus canciones y dejan huella en la sencillez de los arreglos, la concreción del sonido. Aquí no hay samples, ni coros, ni arreglos que avasallen al oyente. El mensaje está claro, la música también y todo está conducido por una dulcísima voz que arropa y arrulla y que le da al conjunto de las canciones la firma definitiva, el resorte perfecto para que arreglos, letras y mensaje encajen a la perfección.  Y no os penséis que es un disco cursi, por favor. No me seas antiguos. Es el disco más emocionante y varonil que he escuchado este año. Porque, para firmar algo así, hay que tenerlos bien puestos.

 [Estela Cebrián]

No Hay Más Artículos