Resulta curioso cuando de las experiencias más agotadoras y duras salen las cosas más bonitas (y que nadie arrugue la nariz, que en esta redacción somos muy partidarios de utilizar el término “bonito” cuando algo lo merece). Es, cuando menos, paradójico y deja en evidencia lo muy egoístas que podemos llegar a ser. Es necesario que alguien se deje el raciocinio y suicide sus relaciones y su salud para que nosotros podamos disfrutar de apenas sesenta minutos de calidez musical y de un Nirvana acústico que nos permita un poco de recogimiento y nos arrope después de una dura jornada. Sin embargo, no es justo que a nadie le invada ningún sentimiento nihilista al hablar de este disco, pues estoy bastante convencida de que para Robin Pecknold, líder y cabeza pensante de Fleet Foxes, ese hecho sería (otro) motivo (más) de depresión y angustia. Ya es vox populi que la segunda entrega del grupo de Seattle prácticamente se queda en la cuneta por el afán perfeccionista y el malestar vital de su cantante. No aligeraba presión ninguna el haber sido en su momento el grupo más celebrado por todos con tan solo un EP y un disco en el mercado. Con su primer álbum, “Fleet Foxes” (Sub Pop, 2008) y el EP “Sun Giant” (Sub Pop, 2008), Fleet Foxes consiguieron arrodillar hasta a aquéllos que consideran las barbas y los fingerpickings cosa del pasado y motivo de entierro y olvido. Y aunque coincidía con un momento dulce para la nueva tradición folk, consiguieron ser los más aplaudidos en su momento.

Tres años y una temporada en un infierno de madera después (Pecknold se refugió en una caseta al romper su relación con su pareja para poder así centrarse en las nuevas canciones), Fleet Foxes vuelven agotados y más flacos pero con más barba y un disco inmenso entre sus brazos. “Helplessness Blues” (Sub Pop / Music as Usual, 2011) es el relato con forma de cuento musicado de esta travesía por el oscuro bosque del enfrentamiento contra el mundo de su líder. No olvidemos que este tiene tan solo veinticinco años y, no sé nuestros lectores, pero a esa edad esta que escribe aún conservaba angst y dudas sobre su propia existencia como para llenar una habitación entera. Afortunadamente, el descenso del Mekong particular del joven y precoz Pecknold no ha afectado negativamente al sonido de Fleet Foxes, y en lugar de abrazar una acústica emo y llorica más adecuada a las letras y el sentimiento de reflexión e impotencia imperante, lo adornan de la misma forma bucólica y ensoñadora como hicieran con su celebrado primer disco. Es difícil empatizar con el existencialismo en primer grado de Pecknold si no se conocen los vericuetos de la gestación del album o si no se presta atención a las letras, pues todas las canciones suenan engañosamente a deliciosa mañana al pie de una cascada.

En ese opening contenido que es “Montezuma“, Pecknold se lamenta: “So now, I am older/ Than my mother and father/ When they had their daughter/ Now, what does that say about me?“, manifestando esa tristísima sensación que todos hemos tenido alguna vez de “¿qué coño estoy haciendo con mi vida?”, en este caso ofrendada envuelta en una cálida manta de cuerdas y coros tan marca de la casa que dulcifican melosamente la dureza de este existencialismo de manual. Esta duda recurrente, toda la melancolía que ha anidado en la cabeza del cantante, se manifiesta ejemplarmente en la canción que da título al disco y en ese precioso y oscilante vals y elegía a su propia relación que es la preciosísima “Lorelai” (“So, guess I got old / I was like trash on the sidewalk / I guess I knew why / Often it’s hard to just sweet talk / I was old news to you then”), desde ya una de las canciones más bonitas (sí, bo-ni-ta) del año. Así que cuando uno llega a “Grown Ocean“, esa clausura con rúbrica dorada a un disco grande como el peor de los desengaños pero que no ceja en sobrevivir y sacar la cabeza del hoyo a base de canciones cálidas y paisajes bucólicos, no sabemos qué va a pasar con Pecknold, pero de nuevo egoístamente nos debatimos entre la empatía -lastimica de hombre: lo pizpireto que nos cantaba “White Winter Hymnal“… Ojalá le vaya todo bien en la vida- y el egoísmo más básico, pues si estando en síndrome pre-mensual permanente nos regala tantos momentazos musicales, que se encierre en bungalows de madera las veces que quiera.

Y luego está ése perfeccionismo enfermizo que tantos dolores de cabeza les han provocado. En sus primeras composiciones, Pecknold destacaba como un gran artesano y el creador de temas atemporales cosidos con hilo de oro y mano temblorosa pero bendecida. En “Helplessness Blues“, la inseguridad se queda en el fondo y no afecta a la forma: el cantante se convierte en experto couturier, dando lugar a momentos tan brillantes y perfectamente desarrollados como las inabarcables “The Shrine / An Argument” y “The Plains / Bitter“, dos preciosas canciones río que empiezan con un bello discurrir de cuerdas y coros para morder los márgenes de una ribera con fuerza y empeño gracias a los arreglos instrumentales y la imponente voz del cantante, que en esta entrega se alza segura e impasible, sin dejar que las dudas que lo asolan en la lírica afecten el pulso de los temas. Es en estos elaborados momentos de crescendo y emoción en los que Fleet Foxes se dan la mano con los fantasmas de CSNY, Van Morrison y Simon & Garfunkel. De todos ellos extraen la sabiduría para conseguir unas melodías limpias e inmediatas de una forma totalmente natural y sin imposturas, y saben conjugarlas en la forma de canciones tan únicas y propias como “Sim Sala Bim” y “Battery Kenzie“, muy cercanas a aquellas “The Protector” y “He Doesn´t Why” pero construidas con unos cimientos limpios y de primera calidad. En este disco no hay sorpresas, pero sí mejoras.

Con “Helplessness Blues“, Fleet Foxes no sólo han conseguido superar las expectativas y a sus dos celebérrimas anteriores entregas, además de construir un disco excelente y fácil sin ser simple de principio a fin, sino otorgarnos en forma de álbum sin costuras el impagable y tan único sentimiento de intimidad y conexión que nos invade cuando alguien nos invita a su casa de forma espontánea sin miedo a que veamos que está desordenada o sucia.

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