esben-and-the-witchLos más sabios dicen, aconsejan, que para todo en la vida tiene que haber un momento: para el trabajo, para el amor, para socializar, para estar a solas, para ser frívolo y también para ser intenso. El trío inglés Esben & The Witch son intensos siempre, desde que se levantan hasta que se acuestan. Lo intuimos con su primer disco “Violet Cries” (Matador, 2011), y nos lo dejan más que claro con su continuación, el intensísimo “Wash the Sins not Only the Face” (Matador, 2013), con el que siguen revisitando los pasajes más oscuros de la new wave ochentera y el post-punk más árido.

Vaya por delante que lo de catalogar al grupo de “intenso” no es en absoluto peyorativo. Intensos son The xx y These New Puritans. Intensísimos fueron Cocteau Twins y Dead Can Dance. De todos ellos y de muchos más (todo el catálogo de 4AD de los años 90, por ejemplo) cogen, roban y piden prestado los chicos de Rachel Davies para crear ese particular y gótico imaginario que han construido alrededor de sus canciones. Pero si en su primera entrega lo hacían aportando grandilocuencia y macabrismo, en esta ocasión desnudan las referencias y las dejan elevadas a mínima potencia. Ellos, que nos sorprendieron con la épica de canciones como “Marching Song” o “Argyria” -con las que consiguieron que durante una temporada miráramos debajo de nuestras camas antes de irnos a dormir-, ahora han optado por una intensidad recogida y minimalista.

No en vano, Daniel Copeman ya había declarado que para este disco tenían “una idea más clara de lo que queríamos y el modo en que podríamos conseguirlo. Estamos más seguros de nosotros mismos y más centrados”. Esa seguridad se ve plasmada en una linealidad más que evidente que atraviesa todo el tracklist: si “Violet Cries” era el mar en plena tormenta, “Wash the Sins not Only the Face” es el agua del océano agitándose en una marejada constante. Y eso que el primer single, “Deathwaltz“, prometía emociones y, de nuevo, noches en vela: en este tema, Davies vuelve a invocar amores imposibles con desesperación cuando canta “A terrible thing, this terrible love / It´s all that I am” sobre unas guitarras infinitas y recuerda como nunca los momentos más memorables de su primera entrega. Pero la oscuridad asfixiante de las primeras canciones del grupo está ausente en las nuevas. El trío inglés abandona la épica y el bosque y abraza sonidos mucho más recogidos para encerrarse en una habitación sin ventanas y con el yeso de la pared cayéndose a trozos: las guitarras en “Iceland Spar“, “Putting Down the Prey” y “Smash to Pieces in the Still of the Night” (siete minutazos de crescendo gótico apoyados simplemente en la monocroma voz de Rachel) suenan como un felino atado con una cadena al tronco de un árbol, tan contenidas como rabiosas, y consiguen crear una cierta sensación claustrofóbica que se vuelve casi molesta cuando empapa el anhelante cántico de “Shimmering” o la aparente calma de “Slow Wave“.

Cuando uno acababa de escuchar “Violet Cries”, sentía cierta sensación de agotamiento: la orgía de guitarras, percusiones, coros y leyendas paganas conseguían comerse la energía del oyente como si mordiera la manzana envenenada de una bruja. No era un disco perfecto, pero tenía muchísima actitud y esa intensidad que caracteriza al grupo estaba bien canalizada. El hechizo de “Wash the Sins not Only the Face” es diferente, y lo que consigue es aletargar a quien lo escucha e inducirlo a una suerte de sopor provocado por esa homogeneidad que vertebra todo el álbum. Una homogeneidad que, en la mayoría de momentos, se convierte en un lastre porque parece demostrar que el grupo está más preocupado por crear una atmósfera determinada y en afianzarse en ese papel de “intensos”, lo que hace que las canciones no brillen y se empañen entre sí. Como en las historias, los discos también necesitan despertar emociones y moverse en espiral y no caer en línea recta. De otra forma, el oyente se aburre. La fábula de Esben & The Witch aún necesitará de una tercera parte para saber si merecen ser una banda memorable o si en unos años serán solo un cuento olvidado.

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