No podía haber momento más oportuno para poner en circulación su primer disco, “Violet Cries” (Matador / PopStock, 2011), que en pleno clímax invernal, cuando los días son deprimentemente cortos y la humedad cala en los huesos como la más infinita melancolía por el sol deseado y perdido en el horizonte. Este álbum está hecho para ser escuchado envuelto en una manta y con una chimenea ardiendo que mordisquea la leña mientras esta crepita y desaparece consumida por el fuego. Semejante contexto es el ideal también para disfrutar del cuento de Esben y la Bruja, una retorcida historia en la que el protagonista tiene que engañar a una bruja con bastante mala baba (que es lo que se espera de una bruja) para salvarle el culo a sus hermanos mayores, una panda de ingratos, capullos y bastante inútiles. Desde Dinamarca con terror, la cantante Rachel Davis y sus partners in crime, Thomas Fisher (guitara y teclados) y Daniel Copeman (sintes y guitarra), se apropian del nombre de una historia que, como todas las ídems pensadas para niños, tiene más de fábula horrorífica que de entretenimiento para criaturas: un cuento regado en sangre y el viento danés como música ambiental les sirve a esta formación como carta de presentación de su peculiar revisión del gótico clásico y la música siniestra para alcobas. Podían llamarse La Caída de la Casa Usher y seguiría teniendo sentido (aunque suena un poco a nombre movideño, ¿no?), pero se llaman Esben & the Witch y será mejor que acostéis a vuestros enanos, porque mientras suenan las diez canciones de su primer disco, flamante y orgulloso estreno en Matador (el primer fichaje británico en seis años), no es difícil sentirse que se baja a un sótano oscuro acompañado únicamente por tu propio malestar.

Con los cuentos de Poe, el misticismo de Dead Can Dance y el gusto por las atmósferas rarunas de Cocteau Twins como inspiración, la troupe de Brighton recoge el testigo de gente como The Horrors, These New Puritans, Zola Jesus o Warpaint; y confirman que, a día de hoy, y a diferencia de hace unos años, entre la muchachada ser gótico es guay. De forma similar a las referencias mencionadas, Esben & The Witch dignifican la propuesta aplicándole un reluciente barniz de seriedad y afectación, sin ironía y con cierta coartada intelectual. Lejos quedan ya las risas a costa de las adolescentes que acamparon durante días para ver a 30 Seconds to Mars; ahora que incluso en la tele nacional existe “Ángel o Demonio” (en dura pugna con “El Barco” por el suculento premio de mejor y más hilarante producción nacional ever) los emos han perdido parte del (escaso) sentido de su existencia y ya no están relegados a la puerta de El Corte Inglés para aplicarse la laca, porque ya pueden pasear tranquilamente por la calle Tallers sin que los jevis, hardcoretas e indies resabiados les tiren piedras o escupan en sus mochilas de “Pesadilla Antes de Navidad“. Living life in peace….

A este importante paso para conseguir sus derechos sociales, los góticos le deben mucho al nu grave, aquél género inexistente que duró tres minutos y del que sólo queda un gran nombre: The xx. No es casual, pues si Esben & the Witch suenan a cuarto oscuro es gracias a que cuentan con el productor de Romy y compañía: el mismísimo Rodaih McDonald que invoca a sus particulares demonios y los deja campar a lo largo y ancho de un tracklist lúgubre como una caverna y oscuro como un bosque a medianoche. Así, el trío conforma su criatura a base de referencias románticas y mitológicas, desde Oscar Wilde a Francis Bacon (que por algo titulan una de sus canciones como “Eumenides“), dando lugar a pequeños cuentos que hablan de guerras y soldados con el barro y la mierda hasta las orejas (la impactante “Marching Song“, primer single y con un vídeo que asusta y fascina a partes iguales; y “Warpath“, en la que la voz de Davies se aleja con descaro de las injustificadas comparaciones con Florence + The Machine) o de enfermedades misteriosas (“Argyria“). Por su parte, McDonald se encarga de poner todo lo dicho encima de una mesa y electrificarlo sin compasión hasta darle vida. El conjunto de “Violet Cries” es un viaje que debe hacerse del tirón, desde el inicio expansivo de “Argyria” hasta la muerte lenta y decadente de “Swans“. En medio, un conjunto de canciones que impactan y deprimen, con un marcado tono marcial e hipnótico que son capaces de crear alrededor de quien lo escucha un ambiente genuinamente oscuro y opresivo que tiene su clímax en “Hexagons IV” y el tramo final de “Eumenides” (con cierto toque incluso EBM que le confiere categoría de exorcismo electrónico). Una vez llegados al final de este disco, uno tiene la sensación de haber pasado un por un sueño raro de esos que te dejan con mal cuerpo durante todo el día sin que llegues a saber nunca por qué. Algo que, para muchos, puede llegar a ser lo que te fastidie definitivamente la jornada, pero que a los ansiosos y fanáticos de experiencias diferentes dejará tan satisfechos como un latigazo en la nalga dado con la fuerza justa.

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