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La historia de las parejas que un día forman pareja y luego un grupo pero en el camino algo se rompe, lo primero o lo segundo (normalmente lo primero, muchas veces por causa de lo segundo… los caminos del amor son así, inescrutables y un poco tontos), es tan larga y clásica como la historia del pop en sí. Nada nuevo bajo el sol. Es más, ¿qué sería del pop sin esas historias un poco tomateras, sin ese leer entre líneas, sin ese sentimiento tan comunal de “been there, done that” que los discos de amor-ruptura despiertan en el que los escucha y los vive? Yo os lo digo: nah. Es más, siendo un poco crueles, casi podemos decir que las rupturas amorosas en el seno de los grupos son las que nos proveen a nosotros, crueles voyeurs y espectadores desde la barrera, de material para nutrir nuestra triste existencia a base de las miserias de otros. Lo siento mucho, pero si Róisín Murphy y Mark Brydon tenían que romper para que existiera “Statues” (Echo, 2002) y Gwen Steffani y Tony Kanal para que nos regalaran “Don´t Speak“, pues ¿quién son ellos para luchar contra el destino?.

Lo curioso es que a lo que estamos acostumbrados es a ver nacer el grupo y cómo se rompe la pareja en el camino… Pero leyendas de discos que llegan con la historia de una pareja y su ruptura antes incluso de que este se publique se me ocurren pocas. Casi ninguna. Amelia Rivas y Christian Pinchbeck han tardado tanto en lanzar su primer disco como Elephant que, desde que se enredaron como grupo musical en 2011, les ha dado tiempo a compartir aficiones primero, cama después, montar su dúo, romper la pareja en plan “pega la vuelta”, estar meses sin verse, reencontrarse y quedarse en “amigos para siempre” por el bien de su retoño musical. La historia común de Elephant ya está contada antes de que hayamos podido enhebrar juntas todas las canciones que han dejado caer en sus EPs previos (un total de tres antes del parón por la ruptura) y situarlas en el conjunto con los temas nuevos, pero si esa historia ya no merece la pena buscarla fuera, pues habrá que buscarla dentro.

Con tanta ida venida, amor y odio, estar cerca para luego estar lejos, es fácil comprender por qué “Sky Swimming” (Memphis Industries / Music as Usual, 2014) ha tardado tanto en tener forma definitiva. No tiene que haber sido tarea fácil encajar sus temas más antiguos (como “Ants“, “Allured” y “Assembly“), nacidos bajo el calor de un nórdico compartido, con los más nuevos. Pero, pese a la tormenta que vivieron fuera, Elephant pueden presumir, a base de intentarlo durante meses, de haber conseguido una coherencia musical asombrosa, casi perfecta. Y la brecha del tiempo y del ánimo ni se percibe ni se escucha. Al contrario, “Sky Swimming” navega sobre una superfície limpia y cristalina y conforma una bella banda sonora en tonos azules que recuerda fácilmente a Beach House, a Tennis, a Camera Obscura y a Au Revoir Simone.

Su pop es limpio y sin fisuras, de una inocencia y unas faltas de pretensiones desbordantes, es agradable de escuchar, es emotivo y, sobre todo, suena sincero. Pueden hacerse los suecos en “Elusive Youth” (con esas percusiones tan sixties y su luminosa melodía), despertarse spectorianos (como en “TV Dinner“) y de repente vestir un traje más nostálgico y oscuro a base de sintetizadores ralentizados (como en “Shipwrecked“) o simplemente con el triste rasgar de una guitarra (como en la dolosa “Sky Swimming“). Del amor al olvido y de la cama al suelo, todas ellas bucean en los sentimientos más básicos (amor, juventud, duda, soledad) y gozan de una bonita carcasa de pop retro que se mira sobre todo en las girls bands y al que lo único que se le puede reprochar es cierto exceso de uniformidad y afán perfeccionista.

Mención aparte merece “Shapeshifter“, con la que se cierra el álbum. Ua luminosa balada de redención y esperanza en la que la voz de Amelia suena más dulce que en ninguna otra canción mientras pide “Take me back to your room, close the courtains in the middle of the day and only open them for the moon“, como si quiera recuperar aquellas noches de los inicios en la habitación de Christian en las que se les hacía de día escribiendo canciones y pegándose el lote, cuando para ellos no había un mañana y todavía nadaban en el cielo. Hoy la historia de Elephant es un poco más terrenal, pero su música abre una rendija por la que entra luz y les augura un bonito futuro.

 

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