Un Profeta” es inabarcable. No soy el único que, al referirse a la película de Jacques Audiard, acaba utilizando la expresión “no se agota”. Y es que es este un film de esos que se abre como una flor que necesita circunstancias extraordinarias para germinar (en este caso un invierno gélido e implacable), con millones de pétalos que parecen, todos y cada uno, el corazón en sí mismo. Lo que el film explica puede abordarse desde múltiples perspectivas, de tal forma que todas suman y se complementan, conformando un diabólico telar en el que convergen hilos de diferente procedencia y, sobre todo, de diferente intencionalidad.

Para quien guste de nadar en la superficie y cerca de la orilla, “Un Profeta” funciona perfectamente como thriller carcelario: Audiard sabe imprimirle a la historia de su “profeta” particular un brío seco, directo, sin concesiones. Como descargas de un desfibrilador que está intentando conferir vida al cadáver de un modelo de sistema penitenciario podrido. Un poquito más allá, pero no mucho más, está la segunda piel, el segundo nivel de lectura más accesible: no se le escapa a nadie que esta es la historia de un delincuente común y algo trampero, de menos que “poca monta”, que ingresa en presión para aprender, allá dentro, las jerarquías y las escaleras de poder, los tráficos de influencias y los juegos de manos a espaldas de quien no debe ver… Todo para convertirse en un delincuente de alto standing, en un criminal refinado y poderoso. Así funciona el actual sistema penitenciario… que podría pensar cualquiera. Y si en esto se centrara la película, lo cierto es que no pasaría de un maniqueísmo visto una y mil veces en el cine de buenas intenciones. Pero es que “Un Profeta” va más allá. Mucho más allá.

Para empezar, es un retrato al óleo de la relación padre – hijo (por mucho que no exista una filiación de sangre directa, aunque sí de sangre real y derramada) como una jerarquía de poder despótico: el patriarcado entendido en unos parámetros caciquiles y crueles, donde para enseñar al polluelo a volar hay que lanzarlo violentamente al vacío para, a continuación, atarlo bien corto. Controlarlo. Asegurarte de su servilismo. Así funciona la relación de César (patriarca de la mafia corsa sublimemente interpretado por Niels Arestrup) y Malik El Djebena (el “profeta” musulmán que borda un impactante Tahar Rahim) hasta que, como no puede ser de otra forma, la tradición freudiana cae sobre la trama con el imperativo de “matar al padre” (aunque sea, en este caso, un “matar” menos violento de lo que cabría esperar… aunque igual de descorazonador). Es esta relación , además, el catalizador de otro tema igual de interesante apuntado en el film: las extrañas alianzas que se forman al final de toda época política (y, ¿quién duda que el crimen es pura política?). “Un Profeta” deja escapar, sutilmente, el canto del cisne de un mundo que fue (el de las mafias europeas, principalmente italianas) para dar paso al advenimiento de un nuevo orden criminal liderado por “las barbas” (tal y como designa César a los musulmanes).

Entra aquí en juego la profunda cuestión musulmana que recorre la película como una veta de carbón enterrada a pocos metros de la superficie. De hecho, puede que la cultura occidental no esté preparada para asimilar la simbología y referencialidad que empapa la trama… Pero, de nuevo, este es un nivel de lectura accesorio. A diferencia, por ejemplo, de otras capas de epidermis necesarias como las que señalan Philipp Engel (el no tan evidente pero profundamente fascinante paralelismo con la caída del Imperio Romano… ¿o iba a ser casualidad que el patriarca se llamara César?) y David Cauquil (el lazo que Audiard tiende hacia la ficción televisiva norteamericana de “Oz”, donde algunas de estas capas de sentido ya se desvelabaan).

Sea como sea, y como siempre que un film atesora una densidad de sentido tan compleja, la fascinación es inevitable te quedes en el nivel que te quedes. Puedes verla con quien quieras, que si no acaba rendido ante el magnetismo de la trama, ante la bella plasticidad de su puesta en escena es que no merece tu amistad (porque seguro que preferiría estar viendo la última de Tom Hanks). Es imposible no rendirse ante esas “visiones” que acompañan al protagonista desde su primer asesinato (el fantasma de un cadáver que nunca deja de sangrar, que a veces está en llamas y otras veces baila como un derviche en trance), con esa forma de tratar la violencia a través de una depuración a medio camino entre la sequedad de Haneke y el esteticismo de la escuela oriental (el asesinato inicial – pecado original; el tiroteo dentro del coche con el protagonista cubriéndose con los cadáveres que él mismo ha sembrado), el ritmo impecable (en el que no sobra ni una escena ni un diálogo), las actuaciones arrebatadoras o ese humor que, aunque pudiera parecer improbable en un film de estas características, acaba filtrándose en los recovecos menos esperados (ese final tronchante en el que el “profeta” se descubre llevando una doble vida)… Dejad que lo repita: “Un Profeta” no se agota.

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