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Noruega es el nuevo reino europeo de la electrónica bailable y escapista gracias a la eclosión, durante los últimos años, de productores como Todd Terje, Lindstrøm o Prins Thomas. Pero el orégano sintético no se concentra exclusivamente en el monte noruego, ya que en la vecina Dinamarca también se aprecian, desde hace unas cuantas temporadas, interesantes movimientos que invitan a afirmar que, yendo más allá de los dos países mencionados, Escandinavia se ha convertido en el paraíso de los beats siderales, la disco music actualizada y el pop electrónico que busca tanto excitar a sus oyentes en las discotecas como acariciar sus oídos y estimular sus sentidos en espacios más privados. En este último apartado, y regresando a la tierra del príncipe Hamlet, Anders Trentemøller se ha convertido en uno de sus artesanos más destacados -junto a Kasper Bjørke-, tras haber ido desfigurando progresivamente su silueta de dj y creador de piezas pensadas para la pista de baile a favor de su perfil de compositor y multi-instrumentista que pretende exprimir todas las posibilidades que le ofrece la música pop.

En ese proceso, Trentemøller comenzó a reescribir su relación con la electrónica, enfocada desde sus inicios en 1997 hacia la cultura dance y de club. De hecho, su nórdico apellido y, a la sazón, alias artístico, sigue todavía vinculado a cierta clase de electrónica dinámica a la par que elegante y anclada en los postulados del soft-techno, el minimal del centro de Europa, el microhouse y la experimentación con ritmos progresivos computerizados. Pero el danés no se conformó con quedarse encorsetado entre esos géneros, así que buscó difuminar los límites de su horizonte sonoro tal y como demostró en su LP de debut, The Last Resort (Poker Flat, 2006). Un logrado compendio de pop (clásico, atmosférico, brumoso y expansivo) mezclado con los estilos característicos que Trentemøller siempre había manejado con sabiduría cuya formulación se depuró en su sucesor, Into The Great Wide Yonder (In My Room, 2010), con una ambientación crepuscular de tonalidad variable propiciada por la natural colisión entre texturas artificiales y elementos orgánicos como las guitarras (eléctricas y acústicas) y la voz humana, sin tratar ni filtrar, de su compatriota Marie Fisker o Fyfe Dangerfield (líder de Guillemots).

La intervención de otros músicos en sus actos creativos -no sólo a nivel vocal, sino también compositivo- supuso que a Trentemøller se le abriera todo un abanico de oportunidades para dar lustre a su futuro repertorio y explorar diferentes vías de expresión: en lugar de ser él mismo el que se acercara a canciones ajenas para dejar su impronta a través de su trabajo como remezclador -una de sus facetas más conocidas-, serían otros nombres los que se introducirían en gran parte de sus bosquejos previos para dar forma, mano a mano, a los temas que se incluirían en su tercer álbum, Lost (In My Room, 2013). Sin embargo, pese a su aspecto de obra firmada por luminaria de la electrónica que recibe la ayuda de una pléyade de estrellas del pop y del rock alternativos -en la línea del “Kaleidoscope” (Musical Freedom, 2009) de Tiësto-, este LP va más allá hasta presentarse como una buena muestra de la manera en que deben confluir los modos y las perspectivas de artistas, en apariencia, distantes entre sí.

Hasta tal punto que, por momentos, se hace complicado discernir por dónde discurren las huellas de Trentemøller y las de sus estelares invitados. Un caso evidente es “The Dream”, apertura de “Lost” mecida por unos Low que empapan el tema con su espíritu místico-slowcore de principio a fin. Si nos dijeran que es una canción perdida de los de Duluth, nos lo creeríamos a pies juntillas. Más ejemplos de maridaje sonoro: Marie Fisker -habitual colaboradora del danés- sumerge “Candy Tongue” en su rock comatoso para adoptar un tono de nana pop fantasmagórica; Jonathan Pierce (The Drums), arroja luz sobre el bajo sombrío y el piano lúgubre de “Never Stop Running”; Ghost Society catapultan el tecnopop galáctico de “River Of Life” hacia un shoegaze que desemboca en un acerado estribillo; Kazu Makino (Blonde Redhead) multiplica el aura misteriosa y el clima desasosegante, oprimido, viciado y polvoriento de “Come Undone”; y Sune Rose Wagner (The Raveonettes) guía desde el fondo de una catacumba la esotérica y depechemodiana “Decieve”.

Precisamente, este último corte apunta la dirección que sigue Trentemøller cuando vuela en solitario bajo la fuerte influencia de Depeche Mode en “Gravity” y del post-punk y el electro-pop nuevaolero y oscurantista que galopan a lomos de un caballo negrísimo (“Still On Fire”) o se agitan a base de latigazos eléctricos ásperos y pesados (“Trails”). Referencias que saltan por los aires cuando el danés ahonda en sus inquietudes musicales y transita por territorios enigmáticos, abstractos y alucinados (la muy lynchiana “Morphine”), perpetra experimentos casi imposibles (en la space-disco y orientalista “Constantinople” se escuchan, no sin asombro, ecos de The Doors) y se pone el traje de cosmonauta para flotar ingrávido en la extensa y ascendente “Hazed”, dividida en una parte gaseosa y otra más concentrada en la disco music cósmica.

Para Trentemøller, las fronteras sonoras, estilísticas y genéricas hace tiempo que han dejado de existir: el planteamiento de cada uno de sus álbumes anteriores plasmaba una completa y arriesgada visión del concepto musical electrónico que en “Lost” adquiere todo su cuerpo, con y sin ayuda externa. Una perspectiva que comparte con esos techno-creadores nórdicos contemporáneos que han conseguido borrar los contornos que los separaban dentro del mapa de la Europa septentrional. Del norte llegan aires de renovación. El norte manda…

Trentemøller: Candy Tongue (feat. Marie Fisker) (Official Video) from Anders Trentemoller on Vimeo.

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