La gran verbena de New Order lo peta en la última jornada de Sónar 2016

Hay muchos Sónars 2016… Pero el que vivió casi todo el mundo tuvo a un gran protagonista: la gran verbena que se marcaron los infalibles New Order.

 

La segunda jornada de RAÜL DE TENA en SÓNAR 2016… Domingo, 19 de junio. Casi las 7 de la mañana. En otros lugares, habrá gente que se acabe de levantar para salir a hacer running o para ir a comprar churros con chocolate y sorprender a su pareja con un desayuno en la cama. También habrán muchos padres despiertos por culpa del atronador sonido de los dibujos animados de sus hijos madrugadores en el salón… Yo, sin embargo, miro a mi alrededor y decido que ya es hora de ponerse las gafas de sol. Son los últimos minutos del Sónar 2016, que se ha celebrado del 16 al 18 de junio (aunque estemos ya a día 19) en Barcelona. En el escenario SonarLab, la sesión de Ben Klock da sus últimos coletazos como un pez que lleva demasiado tiempo fuera del agua… Como el cuerpo y la mente de muchos de los que llevamos tres días de festival.

Y, justo en ese momento, me pregunto dos cosas. La primera es, evidentemente, cómo voy a salir de este entuerto y volver a mi casa lo más rápido posible. La segunda es más compleja, y podría resumirse en la siguiente pregunta: ¿cuándo se me fue de las manos la noche? Al fin y al cabo, como suele ocurrirme en el Sónar, llegué al recinto de Sónar de Día con una estricta hoja de ruta. De hecho, en el taxi en dirección al recinto de Sónar de Noche le comentaba a mis amigos que me daba la impresión de que me iba a pasar la jornada totalmente solo, ya que esa misma hoja de ruta pasaba por el hip hop de nueva generación y no por la música de baile que suele apetecer mucho más cuando la luna está bien alta en el cielo.

Entonces, ¿por qué carajo no he visto nada de hip-hop en toda la noche? ¿Por qué me he perdido tanto a Skepta como a Stormzy cuando, a priori, eran mis dos platos fuertes de la noche? ¿Cómo he acabado bailando como si no hubiera un mañana al ritmo marcial, teutón, frío y calculador (también calculado) de Ben Klock en una sesión de cierre totalmente perfecta? Perfecta por lo que tiene de final devastador, de esos que no permiten un “después” porque se han asegurado de convertirse en “fin”.

Hago memoria. ¿Cómo ha ido mi noche? Pues, a ver, justo antes de adentrarme en la boca del lobo de Ben Klock, fue el momento de perder la cabeza con los siempre efectivos Bicep. En el escenario, el ya icónico logo de esta escudería (tres brazos exhibiendo bíceps unidos por la coyuntura) daba vueltas sobre sí mismo mostrando diferentes visuales en su interior. Nada de sutilidad (¿¡para qué!?) a la hora de establecer paralelismo con la rueda en forma de espiral que utilizan los magos de tres al cuarto para hipnotizar a los incautos… Pero es que ¿quién es capaz de decir que no a esta sesión de hipnosis colectiva en forma de house desvergonzado que no le dice que no a retozar con géneros circundantes como el techno más calidorro o el disco más sensual?

Vale. Está claro que no fue en Bicep donde se me fue la cosa de las manos. Ahí tenía muy claro que estaba haciendo lo correcto: bailar, bailar y bailar. Tuvo que ser antes. Y antes de Bicep fue el momento del sorprendente baño de masas de Eats Everything en el escenario principal del Sónar de Noche, el SonarClub. Lo reconozco: por mucho que este hombre me parezca infalible, nunca pensé que podría llenar un espacio como el del SonarClub. Dan Pearce, sin embargo, demostró que sí, que se lo come todo, todo lo que le pongan por delante, a la hora de facturar una sesionaca muy tremenda que empezó arriba y acabó más arriba todavía a base de house con poderosísimas bases rítmicas destinadas a hacer sudar. Impactó ver y, sobre todo, sentir cómo Eats Everything llenaba el espacio de energía cinética, como una olla a presión a punto de estallar.

¿Puede que fuera entonces este hombre el que me hiciera perder la cabeza? No, venga, voy a despejar por fin la incógnita. Y es que, al fin y al cabo, perdí las riendas de la noche precisamente con quien juré y perjuré que no las perdería: con el señorito Laurent Garnier. Él fue el culpable de que Skepta y Stormzy estuvieran actuando en otros dos escenarios y a mi, básicamente, me la pelara lo más grande. Todos sabíamos que lo del SonarCar de este año era una trampa mortal: ¿siete horas de pincharrejeo de Garnier (y de Four Tet la noche anterior)? Sí, claro, muchos fueron los que dijeron que vaya palo. Que siempre lo mismo. Que qué 90s. Pero esos mismos fueron los que ficharon a las 12 de la noche y se fueron a casa a las 7 de la madrugada.

Mi caso no fue tan grave… Pero casi. He de reconocer que la noche anterior no pude acercarme a Four Tet en el renovado SonarCar (que, por cierto, por concepto y gestión del espacio, recuerda poderosamente a otra trampa mortal del calibre del Despacio de 2manydjs y James Murphy), y que el sábado sí que transigí porque, inicialmente, Kaytranada me estaba aburriendo soberanamente (hasta aquí mi reseña de Kaytranada, por cierto). Pero es que fue entrar en el SonarCar y empezar a bailar inmediatamente con los beats de Garnier. Si esto fuera una película, aquí habría un fundido a negro y volveríamos a fundir a un plano en el que miro el reloj y ya son casi las 3 de la madrugada. Lo peor es que mi pensamiento no es “me he perdido a Skepta y a Stormzy“, sino más bien “pues seguimos bailando aquí un ratico más, chiquis“.

Mura Masa

Mura Masa

Además es que podría decirse que ya había hecho los deberes en el Sónar de Noche. Antes del aburrimiento de Kaytranada, pude ver media horita de New Order en el escenario principal. Una indulgente e intrascendente verbena mayor de pueblo que incluso tuvo los santos cojones de cerrar encadenando “Blue Monday” y “Love Will Tear Us Apart“. Y, antes de New Order, una de esas actuaciones que te hacen pensar que ya se ha acabado la noche: mientras los de Bernard Summer congregaban a multitudes en el SonarClub a base de nostalgia por el pasado, en el SonarLab era míster Mura Masa el que daba lecciones de futuro recalcitrante a base de future beats sensuales y fragmentados con una vocalista que tan pronto asumía los vocales de Jay Prince como los de Shura en un set que demostró que no hace falta tener un LP para conseguir que tu show sólo incluya jitazos puros y duros.

Volvemos al domingo a las 7 de la mañana. Gente comprando churros. Gente haciendo running. Gente en sitios. Gente saliendo del Sónar 2016 en manada intentando coger taxis y buses y metros y lo que se pusiera por delante. Y yo que pienso: oye, a lo mejor tampoco estoy siendo justo a la hora de convertir a Laurent Garnier en el cabeza de turco de mi desfase de noche. A lo mejor todo empezó mucho antes. A lo mejor todo empezó cuando eran las 8 de la tarde y yo seguía en casa editando las crónicas del Sónar 2016 del día anterior cuando en verdad el cuerpo me hervía de ganas de salir pitando hacia el recinto de Sónar de Día. A lo mejor todo empezó cuando por fin llegué a ese recinto y me dejé caer en las manos de los chicos de Ed Banger y su showcase facilón pero efectivo. A lo mejor todo empezó allá, cuando inconscientemente decidí que ya había trabajado suficiente y que ahora era el momento de D-I-V-E-R-T-I-R-S-E.

Porque, al fin y al cabo, siempre hay muchos Sónars posibles. Uno de ellos es el del periodista que va con su hoja de ruta estricta y no se aparta de ella. Yo puedo ser uno de esos, la verdad. Pero también hay otro Sónar en el que, simple y llanamente, eres un ser humano con sus virtudes y sus vicios, que te dejas llevar por las sensaciones, las emociones, los amigos y el fluir de la masa de un lugar para el otro. Y resulta que yo también puedo ser uno de esos. Al fin y al cabo, y haciendo otro salto temporal, justo cuando Estela y yo estábamos abandonando el recinto, teníamos la siguiente conversación: “Creo que este año incluso me lo he pasado mejor que el año pasado“, “Ya, pero joder, el año pasado nos lo pasamos MUY bien“, “Sí, ¿cómo puede ser que cada año lo pasemos mejor?“.

Así que lo siento: puede que esta no sea la crónica que hubiera deseado escribir sobre el sábado en el Sónar 2016. Puede que me hubiera encantado deslumbraros con un texto sobre cómo el festival barcelonés sigue siendo el radar de la música más avanzada, en este caso de los nuevos y estimulantes pliegues que han salido de las arrugas del viejo hip-hop (algo que, por otra parte, seguro que es verdad aunque no pueda afirmarlo de primera mano). Pero, sinceramente, chiquis, el que no haya perdido dulcemente los papeles una noche, que levante la mano. Como diría mi madre: el que esté libre de pecado en el Sónar, que tire la primera piedra. Que se la devuelvo.

 

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