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En los bajos fondos (literalmente) de una montaña que alberga una lujosa estación de esquí, el paisaje es tan frío como inhóspito. La nieve y el silencio lo invaden todo y, a lo lejos, un gran edificio se erige de entre la nada… al igual que Simon (Kacey Mottet Klein), el protagonista de este film. Curiosamente, en ese bloque de hormigón es donde este joven reside junto a su hermana mayor, Louise, de cuya moralidad podemos comenzar a dudar desde el mismo arranque de “Sister“. Algo pasa con esta chica, parece que señale desde un buen principio con todas sus fuerzas Úrusla Meier, la directora.

En “Sister“, el paisaje se come a Léa Seydoux / Lousie. El paisaje y Simon, fríos como el hielo, silenciosos, solitarios. La compañía perfecta para el joven que subsiste a base de robar a los ricos en la montaña. El metódico protagonista hurta para comprar cosas (“como comida, papel higénico, leche, pasta y cosas así”) mientras su hermana va de trabajo en trabajo, más preocupada por sus impulsos que por conseguir dinero para mantener la casa. Y es que Louise no consigue terminar nada y, cuando se cansa, lo deja todo a medias: el trabajo, la reparación de esquís -en la que es una de mis escenas favoritas de esta película- y al mismísimo Simon. Pero este, al igual que su bloque de viviendas, se alza grandioso, duro y fuerte de entre la desolación de su alrededor. Capaz de aguantar tempestades para cumplir con sus responsabilidades, que son muchas.

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Ahí está el gran filón de la tercera película de Meier, en la extraña relación del pequeño Simon con su entorno, del mimetismo que existe entre ambos y, quizás, de esa maternidad que la vasta montaña nevada le ofrece al otorgarle su única posibilidad de supervivencia. Es esta una teoría que, sin lugar a dudas, queda justificada por las escenas más violentas de “Sister“, donde Simon, al verse amenazado, acaba tirado en la nieve como el niño que se esconde entre las piernas de su madre.

El triángulo de personajes que hace brillar al film de Ursula Meier -además de Simon y Louise, el paisaje nevado vendría a ser el tercer vórtice del triángulo- se hace palpable en la escena final de la película, donde los dos protagonistas viajan en cabinas que se cruzan pero que nunca se encuentran, puesto que se dirigen hacia direcciones contrarias. Me descubrí sonriendo ante tal metáfora visual: me resultó autocomplaciente. Pero, tras el magnífico ejercicio de Meier al utilizar sus planos para materializar de forma visual los diversos problemas de esta familia tan peculiar, esta imagen de las cabinas viajando en direcciones contrarias resultó, simplemente, una aclaración con la que la directora parecía sonreír autocomplaciente como yo y decir: “Por si no lo habías entendido”…

[Elena Eiras]

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