Sin riesgo, no hay triunfo. Sentencia que la agencia viguesa SinsalAudio conoce a la perfección y lleva a la práctica año tras año con cada una de sus propuestas. Actualmente, su nombre es sinónimo de altísima calidad y de absoluta confianza, después de que su principal acontecimiento, el Festival Sinsal, haya reforzado los últimos meses, en su décimo aniversario, su condición de escaparate sonoro distinguido y extraordinario, tomando el segundo de esos adjetivos en su acepción más literal: fuera de lo común. No sólo en lo meramente musical, sino también en lo relativo a su organización y presentación.

El punto culminante de su agenda, el Sinsal San Simón 2012, conjugó desde su inicio ese espíritu diferenciador y atrevido: no se anunció su cartel para que el público no lo conociese hasta su día de arranque. Una táctica diametralmente opuesta a la aplicada en la edición de 2011 y a la que se realiza las semanas previas a cualquier reunión musical convencional. Pero el Sinsal San Simón no es un certamen usual: aglutina y hace convivir a una serie de artistas de carácter ecléctico y poco dados a dejarse ver en eventos multitudinarios en dos islas (San Simón y San Antón, conectadas por un viejo puente de piedra y situadas en la ensenada que cierra la Ría de Vigo) cargadas de historia y espacios de incomparable belleza.

Dadas las limitaciones de tan especial recinto, la programación de este año se amplió a dos días, en los que se repitieron la parrilla nominal, el orden y los horarios de las actuaciones para responder a las grandes expectativas generadas y dar cabida a la creciente audiencia. En este sentido, acudieron un total de, aproximadamente, 1.000 asistentes (la segunda jornada -la que describe esta crónica- fue la de mayor afluencia por ser fecha festiva en Galicia), que aprovecharon las veraniegas condiciones meteorológicas para disfrutar de un feliz ambiente relajado indicado para todos los públicos: melómanos de diverso pelaje, jóvenes, adultos, padres, madres y niños paseaban o se recostaban sobre la hierba isleña para disfrutar de unos conciertos transformados, cada uno de ellos, en una postal inolvidable y un recuerdo perenne de lo que sucedió durante el Sinsal San Simón 2012.

¿En qué festival se llega en lancha a su lugar de celebración y lo primero que se observa es a uno de sus músicos protagonistas (Christian Kjellvander) caminando tranquilamente con sus hijos en medio de un paisaje bucólico? Esta pregunta asomó por nuestras cabezas al subir la escalera hacia el sendero que daba acceso al escenario Peirao, en el que el grupo belga Hoquets recibía al público que desembarcaba en la isla, bajo el imponente sol del mediodía y ya despejada la niebla matinal, parapetados tras sus peculiarísimos instrumentos: cajones de madera, latas, cubos, platillos, bandejas, un timbre de bicicleta, un cencerro, un bajo casero, otro cacharros varios y algunos samples pregrabados. Todo ello elaborado y armado por sus tres componentes, que no pararon de mezclar hip-hop y R&B rústico de flow rápido y poderosos beats con arengas alocadas y graciosas. Cuando entraban en fases de máxima efervescencia (incluido cierto ramalazo hardcore) semejaban ser unos carpinteros raperos que habían decidido mostrar su cara ‘beastie boy’ más juerguista, obteniendo un sorprendente sonido claro y rotundo de su fórmula exageradamente rudimentaria. O dicho de otro modo: su directo fue un curso acelerado (y festivo) de maximización de recursos con resultados excelentes.

Un poco más arriba, en la entrada del Paseo dos Buxos, L’Enfance Rouge agitaron la arboleda que los rodeaba con su electricidad social y políticamente comprometida. Acompañados al comienzo por el violinista de Al-Madar (también presentes en el evento), desataron con furia y mucha clase su (post-avant)rock incendiario y contestatario que recordaba en su apariencia a los franceses Expérience; en el discurso de su cantante y guitarrista, François R. Cambuzat, a Rachid Taha; y en el efecto percutor del bajo de Chiara Locardi (cual Kim Gordon mediterránea), a Sonic Youth. “Perquisitions”, uno de los temas de su último álbum, “Bar-Bari” (Wallace Records, 2011), fue el fiel reflejo de toda la energía que el trío entregó con firmeza y sin concesiones a la galería.

El Sinsal San Simón 2012 se definió por sus contrastes positivos, hecho que empezó a constatarse con la salida de Christian Kjellvander aún con las vibraciones de L’Enfance Rouge suspendidas en el aire. El sueco, con su esposa ejerciendo de perfecta corista, esperó a que hubiera un adecuado silencio (sin conseguirlo del todo) para ofrecer con calma su folk aterciopelado y campestre, que multiplicaba el encanto del entorno del Paseo dos Buxos. Su voz grave emergía con fuerza entre la fina tela acústica que tejía con su delicada guitarra, suficiente para atraer la atención del respetable y mecer sus oídos mientras muchos pensaban en desplegar el mantel para efectuar su particular picnic a la sombra de los eucaliptos.

Esa era la estampa que se topó ante sí Isa Fernández, ex-Charades reconvertida en Aries, viguesa de adopción que se subió en solitario a las tablas sin el refuerzo de su hermana Virginia ni de Santi Garcia, colaboradores en su largo de debut, “La Magia Bruta” (BCore, 2012). Así que le correspondía a ella misma accionar los elementos con que ejecutó su actuación: guitarra eléctrica, Korg y caja de ritmos, que dotaron de mayor fuerza a la psicodelia de papel de celofán de sus composiciones. En determinados tramos se apreciaba que esa potencia no encajaba del todo con su teórica fragilidad (como en “Los Dos” o “Lo que no Eliges”), aunque nunca perdió la esencia atlántica (el mar circundante ayudaba) que inspiró parte de su LP y que hizo que en nuestra reseña sobre el mismo situáramos a Isa imaginariamente en la Playa de Samil o en el Monte do Castro de Vigo. Nos había faltado colocarla en las rocas de la isla de San Simón… Hecho.

Al mismo tiempo que Aries cerraba (temporalmente) el escenario del Paseo dos Buxos, el colectivo Al-Madar trasladaba su tradición sonora arábiga a sus occidentales espectadores en el islote de San Antón. El proyecto paralelo del libanés Bassam Saba (perteneciente a la The New York Arabic Orchestra) desplegó con calidez su instrumentación autóctona para lograr que los adornos orientales de sus canciones (una de ellas, la apropiada “Breeze From The South”) se combinara de manera natural con el zumbido de la brisa marina que lo envolvía.

Un suave viento que se iba enfureciendo a medida que avanzaba la sobremesa, buen momento para la música sedosa y relajante de Alela Diane. Sin banda que la arropase, se vio obligada a lidiar con los incómodos efectos de la ventisca insular, lo que no impidió que su dulzura folk llegase en las condiciones ideales. Así, la de Nevada construyó, pieza a pieza, un concierto al aire libre íntimo y personal, dando todo el protagonismo a su voz y a las seis cuerdas de su guitarra. Su actitud empática y distendida ayudó a que, mientras fijaba su mirada en el mar, la interpretación de “Colorado Blue” o “The Wind” (otro tema oportuno dadas las circunstancias) se clavase en el corazón y más de uno pensase que, de perderse en otra isla (desierta) cualquiera, la mejor compañía sería la suya.

Probablemente, la peor parte de los soplos de Eolo se la llevó Maïa Vidal. Rodeada por la neblina costera de la tarde sufrió, además, varios problemas de sonido que incluso paralizaron durante un par de minutos su show. Vestida y maquillada como una bella ninfa salida del bosque mágico de la isla, se enfrentó a las adversidades con su sutileza como principal arma. Las notas de su acordeón y sus arreglos de caja de música sumergieron enseguida a los presentes en una especie de secuencia fantasiosa al más puro estilo “Amélie”, dotando de sentido al fondo y la forma de “Follow Me” (entre palmas) o “God Is My Bike” (que da título a su primer álbum bajo su nombre, “God Is My Bike” -Crammed Discs, 2011-). El sensible detallismo cercano al new age de su repertorio alcanzaría su cenit cuando la norteamericana de nacimiento dedicó una nana, con violín punteado, a los infantes que la seguían ensimismados a un metro de distancia: se había creado una de las imágenes que pasarán, por derecho propio, a los anales de la historia del Sinsal San Simón.

El salto al escenario Son Estrella Galicia, más recogido y caluroso, permitiría gozar de una atmósfera y una temperatura más estables. Allí aguardaba pacientemente Ramona Gonzalez, lideresa de Nite Jewel, cuyo electro-funk-pop orgánico, centrado en su LP “One Second Of Love” (Secretly Canadian, 2012), se movió entre la tranquilidad que exigía la actitud serena que mostraba su público (cómodamente sentado sobre la hierba del recinto) y los ritmos dinámicos de unos temas que, en ocasiones, incitaban al movimiento corporal (sobre todo, la homónima “One Second Of Love” y “Memory Man”). En cualquiera de esos casos, sus diversos sintetizadores llevaban las riendas del concierto y construían un mullido colchón sonoro que encajaba como un guante en la postal playera que se podía visualizar oteando el cercano horizonte redondelano. El culmen del elegante synth-pop ochentero del grupo angelino llegaría con su versión final de la canción “Tonight” (original de Prophet), fechada en 1984, año en el que a la pequeña en estatura pero enorme en talento Ramona Gonzalez le habría gustado estar en aquel preciso instante y, seguramente, desde que inició su carrera profesional.

El hechizo consumado por Nite Jewel se rompería de un plumazo (o mejor dicho, de un guitarrazo) por Unicornibot en el Paseo dos Buxos. El monstruo pontevedrés multicéfalo cubierto de papel de aluminio respondió a la gran expectación generada a su alrededor (con buena parte de la legión del Liceo Mutante pontevedrés presente) soltando con fiereza sus sacudidas de rock libérrimo, brutalmente impactantes e hilvanadas por unos bramidos chamánicos que obligaban a los espectadores a dejar de ser meros testigos para ser miembros de su aquelarre eléctrico sobre las mismas tablas. Una eufórica comunión que concibió otra de las memorables estampas que perdurarán en el imaginario del Sinsal San Simón.

Aunque el conjunto que se recordará como el abanderado de la edición 2012 del certamen será alt-j. Precedido por el revuelo levantado en la blogosfera musical durante todo el año corriente y parte del anterior, el cuarteto de Cambridge tenía que certificar que su veloz ascenso al olimpo alternativo no era casual. Y lo logró, trasladando al directo todos los matices y rasgos definitorios de su disco de estreno, An Awesome Wave(Infectious / PIAS Spain, 2012), a través de un sonido pulcro, limpio y fiel al obtenido en estudio. Hasta tal punto, que los juegos vocales pergeñados entre su cantante y guitarrista, Joe Newman, y su teclista, Gus Gus Unger-Hamilton, conservaron permanentemente todo su poder evocador e hipnótico, arrastrando a la audiencia a que se introdujera en un abrir y cerrar de ojos en su marea pop de ritmos minimalistas y sugestivas melodías e incluso evitando que el repentino cielo gris que amenazaba con descargar tormenta no lo hiciese. A medida que cosían los luminosos retales de su setlist (“Interlude I”, “Tessellate”, una sublime “Breezeblocks”, “Matilda”, “Flitzpleasure”) con hilo de seda, se despejaba el firmamento y alt-j confirmaban su aura de promesa con un brillante futuro por delante. Es más: durante el colofón de su show, resultaba sencillo afirmar que se había asistido a una de esas actuaciones con la cual se presume con posterioridad diciendo el correspondiente “yo lo vi” o “yo estuve allí”. Tiempo al tiempo.

El epílogo del Sinsal Simón 2012 se produciría en el mismo lugar donde se había iniciado: en el enclave del Peirao, donde el colectivo sudafricano Shangaan Electro quebró las extremidades de todo ser vivo presente en la isla con su festivo y ancestral baile impulsado por una batidora de electrónica frenética. El orondo Dj Spoko vociferaba a los cuatro vientos su lema por antonomasia (“One! Eight! Nine!”) para avisar al gentío de que desenfundaría tras los platos su metralleta tsonga-shangaan a 189 bpm. Los efectos dislocadores de sus trallazos se multiplicaban gracias a la danza tribal, colorista y desprejuiciada que sus cuatro plumíferos bailarines (dos mujeres, también vocalistas, y dos hombres) practicaban sobre las baldosas de piedra: un tsunami sónico del que ni siquiera escaparon algunos de los artistas que habían decidido mostrar su palmito y toda una oda al espíritu universal de la música. Quién les hubiera dicho a los trovadores medievales esculpidos en la estatua que presidía el espacio que se vería y se escucharía algo así en el islote que les había servido de inspiración para elaborar sus cantigas; o que Simon Russell, miembro de uno de los más reputados sellos de Gran Bretaña, Rough Trade, y empeñado en intervenir en el evento, pincharía por cuarta vez durante del día nuevos y viejos clásicos de su legendario hogar discográfico.

Dos broches de oro a dos jornadas irrepetibles disfrutadas en plena Ría de Vigo, cuyo desenlace invitaba a asegurar que, si el concierto de Destroyer en la ciudad olívica (incluido también en el Festival Sinsal X) la semana anterior había estado repleto de momentos poéticos insuperables para pedir matrimonio a la persona amada, el Sinsal San Simón 2012 había funcionado como una luna de miel idílica en una isla de ensueño.

[FOTOS: David Ramírez]

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