¿Estamos viviendo una segunda burbuja de festivales de música?

Pregunta: ¿estamos viviendo una segunda burbuja de festivales de música? Y, sobre todo, ¿esta burbuja implica un par de síntomas que deberían ponernos los pelos de punta?

 

Been there, done that… En los últimos tiempos, como le debe ocurrir a cualquier otra persona que se encuentre inmersa en la maravillosa aventura de “hacerse viejo a marchas aceleradas”, me he visto involucrado en varias conversaciones con gente mucho más joven que yo que, directamente, me han hecho sentir mayor. Nada de sentirme “más experimentado” ni “más maduro” ni ninguna otra mandanga tipo autoayuda: me he sentido realmente viejo cuando he tenido que explicar concretamente qué carajo fue el Summercase y qué ocurrió con los festivales de música de nuestro país a finales de la década pasada. El subidón. La burbuja. La debacle. La bajuna.

Pero ya sabes lo que dicen: todo vuelve. La memoria colectiva cada vez funciona a menor plazo y, al fin y al cabo, siempre repetimos los mismos errores. Y no me estoy poniendo en plan abuelo cebolleta, ni mucho menos… Pero creo que cualquiera que estuvieran medianamente metido en el mundillo de la música hace diez años no podrá evitar una especie de sensación de insidioso deja vu al contemplar el panorama actual. ¿Recuerdas cuando nos llevábamos las manos a la cabeza porque, de repente, cada ciudad de nuestro territorio tenía un festival que lucía orgulloso la i de “internacional” entre sus siglas? ¿Cuando decíamos que no había suficiente español para tanto festival y que el turismo no podía sostener aquella locura festivalera?

Pues, mira, puede que aquella burbuja explotara y que siguieran algunos años de supuesta calma en los que la escena festivalera tenía unas dimensiones si no sensatas, por lo menos no megalómanas. Cierto es que de aquellos tiempos heredamos una red de festivales pequeñitos que resulta que repiten el mismo cartel formado por los mismos grupos nacionales (pero, en serio, ¡siempre los mismos!) de ciudad en ciudad. Nuestros abuelos tenían a la Orquesta Imperio girando de pueblo en pueblo, y nosotros resulta que tenemos a Xoel López y a Lori Meyeres y a Dorian.

Nada en contra de esto. Obvio. Pero el problema llega cuando, en los últimos años, hemos visto cómo un nuevo boom de festivales musicales ha vuelto a poner un poco del revés la geografía española. Porque, ojo, esta no es una reflexión apocalíptica, ni mucho menos. Hay que reconocer que, en la nueva burbuja, hay algo realmente positivo: empieza a surgir una especilización palpable en lo que a festivales se refiere. De repente, existe toda una red de festivales de música electrónica que desconocerás al completo si no te mola este tipo de música (incluso en sus vertientes más populistas), igual que hay otros que directamente se están dedicando a explorar la cara menos masiva del formato festival y las posibilidades de llevar propuestas selectas a audiencias menores.

Esto es algo de puta madre. Y hay que alabarlo en voz alta. Pero que yo no pretenda ser apocalíptico no significa que no tenga ojos en la cara, y lo cierto es que la actual situación hace pensar en una burbuja que, de nuevo, no puede acabar bien… Porque el problema no es que existan muchos festivales: el problema es que vivimos en la sociedad del capitalismo salvaje y que, por lo tanto, para preservar su supervivencia, esos festivales tienen que entrar en una peligrosísima rueda de competitividad que puede ser leal o desleal. Todo dependerá forever and ever de la honestidad y el juego limpio con el que los jugadores aborden el tablero sobre el que se reparten las fichas.

Esta reflexión me lleva directamente hacia la consideración de que, en esta burbuja festivalera, hay dos síntomas que empiezan a repetirse y que me ponen la piel de gallina. El primero de ellos es el mismo que ya he esbozado en el párrafo anterior: las prácticas desleales de unos festivales contra otros. Mirad, todos vivimos en un mundo de capitalismo salvaje y todos tenemos nuestros propios competidores… Pero a cada uno de nosotros le corresponde decidir si quiere tener “competidores” o “enemigos”. No es lo mismo. Y, esta decisión, al final, contribuirá a crear una competición que desde fuera se aprecie como bonita o como una guarrería de esas que te obligan a mirar hacia otro lado.

Vale, ya sé lo que me diréis muchos de vosotros: estas prácticas desleales son algo que se lleva de puertas adentro en la industria. Y mejor que sea así. No estoy invitando a Nando Cruz a que vuelva a sacar el hacha de batalla y a escribir sobre guerras de festivales y sobre cuánto paga un festival para tener a Arcade Fire pasando por encima del resto de competidores (o enemigos). Pero es que, al fin y al cabo, hay síntomas que acaban siendo visibles incluso en la fachada más inmaculada.

Dicho de otra froma… Imagina que al lado de tu casa tienes un supermercado que te encanta porque se lo ha currado a la hora de ofrecer una selección de productos única a precios asequibles. Y que, de repente, en la puerta de al lado abre otro supermercado que calca la oferta del primero pero la amplía más todavía y baja los precios hasta un nivel muy loco. Lo primero que puedes pensar es: mira, es más barato y me voy a ahorrar una pasta. Pero también puedes pensar: joder, esto es un jugarreta jodidísima para quitar de en medio al supermercado de al lado. Y, de hecho, una vez haya conseguido que el supermercado de al lado cierre, ¿qué crees que ocurrirá? ¿Que seguirá con los precios bajos? ¿Con la amplia oferta? Bueno, pues nada, si crees eso, desde aquí te envío un beso y espero que llegue al país de fantasía y acroiris y nubes multicolores en el que debes vivir.

Esta línea de pensamiento, por cierto, conduce directamente hacia el segundo síntoma preocupante dentro de esta nueva burbuja festivalera: la falta de identidad de algunos de los nuevos jugadores sobre el tablero. Sigo con los supermercados: lo más fácil para los recién llegados es decir “aquí hay negocio, voy a copiar lo que ha hecho el de al lado para triunfar, quitarle de en medio y quedarme yo con el business al completo”. Eso es lo más fácil, pero ¿realmente es lo más interesante? ¿Lo que nos conviene a todos? ¿Crees que un copión conseguirá hacer evolucionar una idea copiada mejor que el que tuvo originalmente esa idea?

Vuelvo al principio de este texto para recordar que varios son los festivales que están sorprendiendo con propuestas de una identidad delimitada y única: cuando un negocio se expande y cubre masas más grandes de audiencia, lo natural es que esa audiencia se fragmente y cree micro-mercados que también pueden y deben ser explotados. Y si esta reflexión me ha quedado un poco estadística y cientifista, permitid que introduzca aquí el factor X: en este nuevo paradigma festivalero, lo que tenemos que pedirle a un festival es precisamente alma. ¿Qué es el alma? Pues una identidad definida y trabajada, una personalidad que no esté copiada del de al lado ni de (yoquesé) Coachella, un mimo por la propuesta en la que se intuya que no están en esto solo por la pasta, sino movidos por un amor a la música tan candoroso como el nuestro.

Y me doy cuenta ahora de que me he metido en un berenjenal cosa seria al poner sobre la mesa un tema con tantas ramificaciones futuras y tantas problemáticas a modo de raíces que se hunden en la tierra del pasado. Que nadie se tome esta editorial como un artículo de investigacion: esto es una opinión personalísima que intenta lanzar un pensamiento al aire. A partir de ese pensamiento puede haber mucho trabajo, tanto de reflexión como de investigación periodística. Pero yo, por ahora, acabo aquí. Que supongo que ya me he ganado suficientes enemigos (que no competidores) por hoy. [IMÁGEN: Jules de Balincourt]

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