Lo nuevo de Sant Miquel no solo es un discazo, sino también un (alucinante) cancionero a rebosar de folclore y culto a la imagen

Sant Miquel acaba de publicar un disco que, más que un disco, es un cancionero… Y, como todo cancionero, rebosa de folclore y culto a la imagen.

 

Después de dos años, el mallorquín Miquel Cañellas vuelve a enfundarse el hábito y la aureola, y lo hace nuevamente de la mano del sello que ya publicara su primer y aclamado cassette homónimo: Snap! Clap! Club. Aunque en esta ocasión el formato cinta deje paso a un diez pulgadas, el atento cuidado a los aspectos más físicos del disco sigue siendo una constante en este binomio artista-sello. “S/T” (Snap! Clap! Club, 2017) se nos presenta pues envuelto en un tríptico marmóreo en cuyo interior aguardan un fanzine diseñado por el propio Miquel y el vinilo, surcado en una cara por los temas que componen el disco y, en la otra, por una fina línea dorada.

Los fanáticos del diseño podrán deleitarse con los detallados nombres y gramajes de los papeles empleados; a los demás, recomiendo, aunque sea, recrearse con a la hora de encarar el “unboxing“. Un disco (cuyo título, por cierto, funciona a la vez como siglas para “Sin Título” y como iniciales de su autor) llamado a convertirse en objeto de culto en el sentido más literal de la palabra.

Sin embargo, aunque el minimalismo instrumental, la sensación de intimidad y la brevedad de los temas parezcan marcar una línea de continuidad entre los dos trabajos publicados por Sant Miquel hasta la fecha, estamos ahora ante unas canciones que nada tienen que ver con sus predecesoras. La única constante que se mantiene es el trabajo sobre la imagen y la revisión del imaginario del folclore español, base del proceso creativo de Miquel (como ejemplo de esto en su cassette de 2015, véase el videoclip realizado para “Los Vampiros”).

De hecho, el disco tiene un nombre diferente dependiendo de la plataforma en la que lo escuches (“S/T” en la web del sello, “Sant Miquel” en Bandcamp y Spotify), pero sólo uno, otorgándole por el propio Sant Miquel, es el que cuenta: “Cancionero“. Una apostilla que remite directamente a una de las principales tradiciones enmarcadas en estas cinco canciones: la lírica española del s. XX. “Cancionero“, que hace resonar inmediatamente el “Cancionero y Romancero de Ausencias” de Miguel Hernández, pero también los romances gitanos de Federico García Lorca y la naturaleza onírica y alucinada de Vicente Aleixandre.

Sant Miquel

Por ahí se habla de sencillez (que no simpleza), pero creo que Sant Miquel se mueve más bien en términos de purificación, acepciones religiosas incluidas: mientras que lo sencillo presenta sus objetos sin artificio y con naturalidad, la purificación los despoja de todo lo que no les es esencial. Aunque el resultado final pueda parecer el mismo, hay una ligera pero sustancial diferencia entre presentar los objetos tal y como son o representarlos solo una vez que han quedado exentos de todo aquello que los rodea. Las canciones de Sant Miquel no encierran imágenes sencillas, sino puras. “Hacer un poema como la naturaleza hace un árbol”; y la clave de Vicente Huidobro está justamente en el “como”. Dicho lo cual: ¿en qué consiste el imaginario tejido por este “Cancionero“? ¿Cuáles son esas imágenes y cómo se articulan?

Yo no sé si Miquel es consciente de ello, pero el trabajo fónico de sus letras es alucinante: en “Sacrificio”, una palabra que falta es evocada solo mediante los sonidos de las palabras que la rodean. La asociación fónica que se establece entre “puente/plata” y “España/espalda” asocia semánticamente “plata” y “espalda”, que conjuntamente forman la imagen de la palabra ausente: “espada”. Y en la inaugural “Osos Pardos”, sobre apenas unos pocos acordes de guitarra romántica, líquida y mágnetica se construyen toda una serie de asociaciones antitéticas. La predominancia fónica de la “l” a lo largo de toda la canción (“alas-espalda-lengua” y “lucha-llora-luna-llena”) se contrapone a los pocos, pero fundamentales, términos en “r” (hiedra-osos pardos-uñas largas-arboleda-esperando), evidenciando la función de elementos discordantes de estos. Así, un paisaje ensoñador se tiñe de amenaza y pesadilla con apenas unas pinceladas, tal y como las percusiones que se suman en el último tramo de la canción hacen con la melodía. La “pena negra”, la soledad a la que Lorca cantara en su “Romance de la Pena Negra”, se asocia finalmente con un oxímoron cromático a la “luna llena” que, junto a los cascos de caballos que recorren “Osos Pardos”, hacen resonar unos versos de Aleixandre: “La luna es ausencia. / Se espera siempre. / Las hojas son murmullos de la carne. / Se espera todo menos caballos pálidos. / Y, sin embargo, esos cascos de acero / (mientras la luna en las pestañas) / esos cascos de acero sobre el pecho / (mientras la luna o vaga geometría)…”. Ausencia, espera irreconciliable, naturaleza y dolor.

Dolor que se evoca siempre a partir de antítesis, pues es un dolor que nace de la imposibilidad de unirse, de reconciliarse, a la persona amada o a Dios (que viene a ser lo mismo). Se nos susurra el “Sacrificio” “de la oscura aurora / de la vela apagada” (antítesis en quiasmo, que dicho así parece esté retransmitiendo una competición de patinaje sobre hielo, pero me refiero a oscura-apagada/aurora-vela). Contrastes que se reflejan musicalmente en las seprenteantes guitarras: una primera más viva prontamente oscurecida por una segunda en tonos mucho más bajos. Lo dulce, lo tierno, el amor, siempre llevan al dolor.

En “Costalero”, al beso se asocian “sangre-arrancarme-alambre”; a las “caricias”, “hambre”. Al “roce”, una “llaga en la espalda” que simboliza la devoción folclórica de las procesiones, en las que el rito de amor cristiano lleva intrínseco el dolor físico fruto de cargar, del alba a la noche y de la noche a alba, las imágenes procesionales sobre los hombros. Un folclore que regresa en el cantar andaluz de “Castillo”, dónde la búsqueda de la intimidad es quebrada por los caballos de Lorca y Aleixandre. Cierra el disco “Los Pinares”, que introduce una sinuosa línea de piano que evoca en vaivén de las olas cuyo mar se nos canta en la letra. Nuevamente, asociaciones semánticas a partir de una progresión cromática (“tumba-pinares-mar-cueva” / “blanco-verde-azul-negro”) crean imágenes de altísimo contenido lírico.

Imagen relacionada

Queda una última pregunta: ¿por qué los elementos, los iconos, las tradiciones de nuestro folclore, resultan tan fascinantes, tan líricas? Las verbenas del Maginás, los carnavales que ya no se celebran, los costaleros, Crespià, las escenas de una procesión grabadas en 16mm sobre “La Carretera” de La Estrella de David en “True Love” de Ion de Sosa, la cruz iluminada en la cima del monte en el Benidorm de “Sueñan los Androides“, todas las casas vacías, todos los pueblos perdidos, las cintas en VHS que se mezclan hasta constituir el videoclip de “Di País Valenciano” de Definitivamente Miami, la boda de Tasio y Paulina, la sangre, la tierra y la uva, y cada cual piense aquí en su propio imaginario popular…

¿Responde a la nostalgia por lo rural? ¿A la idealización de un pasado más sencillo, más puro? ¿A trazar líneas con una tradición popular que la mayor parte del tiempo parece olvidada? ¿A recuperar un misterio que no se agota, que parece lejano e inescrutable, sin resolverlo? ¿A la capacidad de individuar lo esencial dentro de un mundo fragmentado y difuso? ¿A los recuerdos de un pasado lejano recuperado en imágenes sin espacio ni tiempo, atemporales y eternas, como consuelo iconográfico ante el irremediable paso del tiempo, porque descubrir que se es capaz -todavía y pese a todo- de recordar… reconforta?

O puede que la fascinación por el folclore resida en el inmenso y esencial poder que se le otorga a la imagen. Las estatuillas religiosas, las leyes cromáticas de los ropajes de las procesiones -cada color corresponde a una función litúrgica determinada-, las figuras representadas en las estampas, el férreo código iconográfico con el que se rigen las representaciones de los santos (no hay San Miguel Arcángel que no lleve su “Quit ud Deus” grabado en el escudo)… Todo ello constituye una tradición artística en el que los iconos, las imágenes, se sustituyen por completo a los conceptos. El culto a la imagen en la tradición del folclore revela “la todopoderosidad de los simulacros, la facultad que poseen de borrar a Dios de la conciencia de los hombres, la verdad de que permiten entrever […] que Dios en el fondo no ha existido nunca […], que el mismo Dios no ha sido nunca otra cosa que su propio simulacro“, en palabras de Baudrillard. Pero ni siquiera importa que Dios exista o no, pues sus representaciones tienen tanto poder que se sustituyen por completo a su referente. No rendimos culto a una divinidad, sino a su representación. Creo que ahí reside lo fascinante.

No estoy demasiado segura de que ni una sola de todas estas referencias pasara por la cabeza de Sant Miquel al confeccionar su cancionero… Pero mucho menos es mi intención averiguarlo. No es esta una disección del imaginario de un nombre y un apellido, sino una propuesta de lectura (cómo somos los que venimos de ámbitos de la teoría literaria, ¿eh? Todo es un texto y hasta los discos no se escuchan, sino que se leen). Todas estas relaciones no deberían interpretarse sino como una especie de constelación de referentes cuya finalidad es poner en evidencia una de las interpretaciones posibles del cancionero. Y nada más. [Más información en el Facebook de Sant Miquel] Escucha “Sant Miquel” en Apple Music, en Spotify y en Bandcamp]

 

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