La versatilidad del corredor de (beats de) fondo logra trazar, en ocasiones, un tinglado que lucha contra su propia estructura. Una especie de reformulación de un proceso de evolución en el que acaban interviniendo factores exógenos que van más allá de lo que la gente espera de ti y por lo cual, un día, el dueño de Fabric te cede su sede londinense para que metas metralla por un tubo y al día siguiente compites en medio de un cartel veraniego contra los nuevos próceres del dance comercial más chungote. Más allá de todo eso y de encontrarse a personajes como Pérez Hilton entre sus fans, Christopher Mercer, nombre humano tras el que se escuda Rusko, ha decidido no doblegarse a sí mismo y reivindicar en “Songs” (Mad Decent, 2012) las, ejem, canciones por encima de todo. De ahí que sus devaneos con el dance pop más comercial (que aquí deja claro que no sean consecuencia directa de sus incursiones en el mundo de Britney Spears, sino más bien un trasvase obligado dentro de géneros como el dubstep, el dancehall, el reggae de masas, el neo-house o el grime más mainstream) lo coloquen cerca de un Olimpo reformista de la canción de club planteando nuevas semillas y alternativas apetecibles que lo reubican como un valor que puede cotizarse al alza en futuras producciones de artistas como Jennifer López, Nelly Furtado, Kelly Rowland o Ke$ha sin necesidad de entenderlo como una evolución con perspectivas underground de lo que es David Guetta, Pitbull, Will.I.Am o Timbaland ni tampoco como una involución debido a una auto-obligación por un pasaje a la música comercial en relación a la elección que han decidido tomar Joy Orbison, Hudson Mohawke o Koreless, entre otros.

Y de ahí que Rusko consiga con “Songs” quitarse el sambenito de destructor del dubstep en capas dóciles (como alguno había mentado tras su “O.M.G.” -Mad Decent, 2010-) y consiga meterse en el guetto de Brixton, trasladarnos a la Kingston más moderna o a las discotecas de la Miami menos cubana, la misma en la que los gángsters esperan su comida de polla detrás del  retrete mientras suena de fondo una melodía tan sabrosa como lo que se llevarán devuelto dentro de un rato. Su alarde casi temático por adelantar el verano y crear música que remplace los discos de Café del Mar en los chiringuitos más puretas atiende a una receta tan poco clara y cosmopolita como poseedora de un caos cenital propio de un productor que entiende el lenguaje del clubber más colocado, el extasiado noventero que aún persigue la ruta del bakalao en los homólogos ibicencos y el que sabe que, a día de hoy, el dance pop de radiofórmula recoge tantos bienes como bailes en clubs de moderneo, grandes estadios y festivales. Por eso el de Leeds resiste y mete en una ensaladera sonidos de un Trópico centroamericano bien yankee como el dancehall, el dub-sin-step, el reggae moderno, el raggamuffin que hereda mayores fraseos del R&B y el hip hop que del propio reggae y, a la vez, coletazos grimes, house de los 90 o proto drum & bass (“M357”) envasados al vacío. De ahí que sus incursiones en el lenguaje más espiritista y jamaicano, mentando a Selassie I y otros dioses del porro verde (“Mek More Green”, “Slanker” o “Love No More”, esta segunda parece la tercera parte de “Bongo Bong” y “Mentira”, del “Clandestino” de Manu Chao) se mezclen con aparentes cruces colaboracionistas entre Calvin Harris y Rihanna (“Thunder”) o entre David Guetta y J-Lo (“Dirty Sexy”), con secuencias que se antojan a multi-género, como si de una especie de ambient-grime se tratase (“Pressure” o “Be Free”), deconstrucciones de beats bastante complejas (“Asda Car Park”), guiños al ”How Deep is Your Love?” de The Rapture en la introducción de “Whistle” o devaneos con el house de club de matiné noventero (“Opium” parece una cantadita reformada pero que bien podría estar poniendo voz Ian Van Dall). Electrónica para perroflautas que escuchan a Asian Dub Foundation, para consumidores de plasticidades mainstream intravenosas, para poner banda sonora a la nueva generación de macarras del extrarradio londinense en una versión moderna de “This is England” y modernos aperturistas tan afines al ñu tropicalismo errante y a la limpieza del dance house más marica. No será el primero en hacerlo pero, hasta ahora, sí el mejor.

[Alan Queipo]

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