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CUADERNO DE BITÁCORA: INICIO DE LA SEGUNDA PARTE DEL TRAYECTO. El tiempo pasa rápido e implacable: hace un año, guardábamos bajo llave en el cofre de nuestra memoria el espíritu creativo, aglutinador y expansivo que caracterizó la puesta de largo del festival portAmérica para, cada vez que resultase necesario, recuperarlo y dejarnos embargar por su fuerza. Como cuando llegó el momento de pensar en volver a realizar la travesía que nos llevaría al muelle de dique seco donde adquiere forma. Después de casi 365 días exactos, Porto do Molle -en Nigrán, Pontevedra- era de nuevo el destino de un peculiar periplo con la música como principal excusa pero igualmente con la cultura, la socialización, la comunicación -esta vez el Premio portAmérica de la Cultura recayó en la emisora Radio 3– y el intercambio de ideas -recogidas en la Comunidad portAmérica– como grandes impulsores. Existían razones de sobra para no dudar en retornar a un espacio orientado directamente hacia la otra orilla del océano Atlántico, el lugar al que tiende un necesario puente para reforzar las relaciones entre ambas partes.

Pero dicho espacio, siendo el mismo, se mostraba diferente: como si Heráclito hubiese manipulado una enorme brújula, esta vez el único escenario del certamen, el Estrella Galicia, había redirigido su cara, permitiendo que el recinto que encabezaba creciese a lo ancho hasta convertirse en un pequeño universo compuesto por diminutos mundos interconectados. En su interior, el trajín que se vivía en la zona de mercadillo -escaparate para todo tipo de productos, desde moda hasta bicicletas- se mezclaba con el incesante movimiento generado a su alrededor por los seis chefs del Grupo NOVE (Pepe Solla, Xosé T. Cannas, Yayo Daporta, Beatriz Sotelo, Alberto González y Javier Olleros) y su ShowRocking, donde cocina y música se combinaban para revolucionar el concepto de gastronomía tradicional. A su vez, ese agradecido alboroto contrastaba con la tranquilidad que se respiraba en las amplias áreas de relax y descanso, que reflejaban la efectiva redefinición de un recinto en el que se palpaba una atmósfera festivalera sana y animada por los beneficiosos efectos de la meteorología veraniega favorable. Aunque, sobre el terreno, si hubiese llovido no habría importado: bastaba con tomárselo como una experiencia en la versión galaica de Glastonbury y santas pascuas…

Pero, pese a que esa estampa no llegó a producirse, la comparación con la legendaria reunión en la campiña inglesa -y otros acontecimientos similares- no tiene sentido cuando se analiza la filosofía tan particular, transoceánica y latina, de portAmérica. Una forma de hacer, interpretar y transmitir la cultura en general y la música en concreto de Europa e Iberoamérica que, en el segundo capítulo de su historia, se ha potenciado: si en el primero ya llamaba la atención la diversidad y calidad de su cartel artístico, en esta ocasión se multiplicó hasta transformarse en su seña de identidad intransferible y absolutamente distinguible. Tal circunstancia se plasmaba en el hecho de que cada porción del público -que alcanzó casi los 19.000 asistentes en total, superando así la cifra obtenida el pasado año (16.764 personas)-, fuesen cuáles fuesen sus gustos e intereses, hallaba la justificación de su presencia en el festival y la manera de satisfacer sus propias expectativas. De ahí se derivó el mayor éxito de portAmérica 2013: hacer realidad su carácter comunitario y amalgamador. Situación que se extrapoló al desarrollo de su programación musical, gracias a la cual habría que añadir al lema oficial del evento, “un encuentro de música e ideas”, la coletilla ‘para liberarse de prejuicios’.

 

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CUADERNO DE BITÁCORA: JUEVES, 18 DE JULIO. A Hugo Martín Cuervo, alias Sethler, le correspondió inaugurar el escenario del portAmérica 2013. Una tarea honorífica pero que entrañaba la dificultad de afrontar un foso todavía desangelado, a pesar de la agradable temperatura ambiental. Pertrechado tras su guitarra eléctrica, el también cineasta defendió con decisión su poemario sobre asuntos cotidianos convertidos en sugerentes imágenes sonoras. Quizá la forma de presentar su repertorio hubiera encajado mejor en un espacio reducido, íntimo y bajo techo. Con todo, Sethler supo solventar la papeleta administrando algunas gotas de ironía ante una escasa audiencia que no disponía de referencias previas sobre él y que, precisamente por ello, se mostraba un tanto indiferente ante su propuesta.

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Amaro Ferreiro varió levemente el guión bosquejado por Sethler acompañado por un segundo guitarrista para modelar una versión semi-unplugged de su ilustre hermano, Iván. Sus maneras musicales son similares, con lo que resultaba inevitable establecer analogías entre uno y otro. Sólo la voz de Amaro -a veces demasiado engolada y con una entonación que recordaba a Josele Santiago– y la temática de algunas de sus composiciones -tanto cantaba a las gaviotas como a la forma de vida típicamente atlántica y gallega- impedían ir más allá en unas comparaciones que algún que otro fan entregado parecía no percibir.

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Sin abandonar la familia de los hermanos Ferreiro, su primo Fon Román sería el encargado de saltar por primera vez al formato básico de guitarra-bajo-batería, flanqueado por Javier Vacas y Loza, de Los Coronas. A partir de ese esquema fue desgranando su pop-rock pausado y profundo, con trazas post-rock y ciertos tramos de elevada intensidad, como “Dosis”. La energía que desprendió dicho tema anticipaba que el progresivo arranque del portAmérica 2013 comenzaría a aumentar su velocidad y dinamismo.

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Entre esos dos parámetros se movieron Sala & The Strange Sounds, que salieron a las tablas empujados por el brío de las canciones que componen su disco de debut, “It’s Alive” (Puniko Records, 2012). Si en ese álbum se adivinan algunas de las influencias de la banda, principalmente The Libertines o Jet, en directo esa sensación creció en cuanto atacaron “Creature Creature”, la inédita “Photomatic” o “No Way”, pasadas por una batidora sónica que avanzaba a piñón fijo entre ritmos casi idénticos entre sí. Ese fue el gran defecto del grupo liderado por Sala Elassir, que parecía no abandonar un bucle de rock saltarín, excepto cuando decidieron recordar a The Beatles en “Count Me Out” u ofrecer su versión de “Yes Sir I Can Boogie” de Baccara con obligatoria ayuda vocal femenina. Al menos, su homenaje al rock & roll de hechuras clásicas sirvió para despertar a un respetable que todavía permanecía algo apagado.

Sin embargo, se activó definitivamente durante los minutos previos a la salida de Los Coronas. Lógico: a estas alturas, nadie duda de la habilidad del combo madrileño para calentar cualquier juerga, sobre todo si es nocturna. Ataviados con los correspondientes sombreros vaqueros e introducidos por el suave viento crepuscular de la trompeta de Yevhen Riechkalov, no tardaron en pasar a su agitado surf rockabilly ultra-festivo y repleto de sorpresas -unas ya conocidas, otras no tanto-. Así, guiados por el carismático Fernando Pardo, dieron toda una lección de cómo asimilar una infinidad de géneros sonoros sin que se despeinaran las largas melenas de algunos de sus miembros: surf pensado para que lo cantase Camarón (“La Leyenda del Solitario”), música disco de verbena de extrarradio cañí de finales de los 70, tributos a sus raíces ramonianas y, claro, sus llamativas versiones ideales para seguir en modo karaoke colectivo (“Tengo el Corazón Contento” de Marisol, “Poison Ivy” de The Coasters -interpretada en castellano por Loza, el batería-, “Flamenco” de Los Brincos -con desviación surf y trompetera hacia “Paquito el Chocolatero”…- o “Misirlou” de Dick Dale). Tampoco faltó la labia y el buen humor de Pardo (como cuando relató una anécdota protagonizada por Sharon Jones y un par de bolsitas de marihuana durante su gira por Australia) para completar un espléndido y sudoroso espectáculo y certificar que son únicos en su especie dentro del territorio español.

Una vez se disipó el polvo del desierto de Arizona levantado por Los Coronas, emergió la delicada rosa negra que ilustra el último disco de Editors, The Weight Of Your Love (PIAS, 2013), como telón de fondo. De antemano se sabía que Tom Smith y los suyos son una garantía sobre las tablas, dado su completo catálogo de post-punk oscuro, enérgico y sensible coronado por un puñado de incontestables hits. El gran interrogante residía en comprobar qué protagonismo le darían a las piezas de su citado nuevo LP, que no ha logrado poner de acuerdo a la opinión especializada sobre sus virtudes. En el comienzo de su show lo resolvieron en parte, acudiendo a una punzante “Sugar” y a una muy coreada “A Ton Of Love”, que despacharon pronto. Aunque a renglón seguido enlazaron, uno tras otro y con un sonido rocoso y nítido, varios de los temas que ya pertenecen al imaginario de los devotos de las guitarras ágiles a la par que cristalinas y emocionales: “Munich”, “Smokers Outside The Hospital Doors”, “Bullets”, “An End Has a Start”, “Bones” o “The Racing Rats”. Los de Birmingham no tenían intención de dejarse en el bolsillo ninguna de sus canciones fundamentales, mientras Tom Smith, con su vozarrón intacto, se movía entre espasmos un pelín histriónicos que remitían a los movimientos de otro Tom, pero con ‘h’ intercalada y de apellido Yorke. Durante el proceso, se confirmaba que no habría hueco para que Smith se calmase y ejecutase sus pasajes baladísticos de tono melodramático sentado al piano. De hecho, únicamente se permitió tal licencia con las recientes “Nothing” -a solas en acústico- y “Honesty”, rarezas en medio del nervio new-wave de “Formaldehyde” y el poderío -punto culminante de la labor del teclista Eliott Williams– de una extendida e irrefrenable “Papillon” que puso el broche de oro a una inapelable actuación que facilitó que unos se reconciliasen con los británicos y otros deseasen continuar una semana en el motor del autobús de… Editors.

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The Gift lo tenían complicado para igualar la altura del listón colocado por Editors, aunque su campo de juego era otro muy diferente: el del pop colorista, efusivo y de discurso ilusionante. Todavía siguen exprimiendo las posibilidades de su último disco hasta la fecha, “Explode” (La Folie / Esmerarte, 2011), del cual destaparon en tierras nigranesas “Made For You”, la larguísima y serpenteante “The Singles” o “Race Is Long”, recibidas con alborozo por parte del nutrido grupo de seguidores que los lusos poseen en Galicia y que esperó hasta el último turno de la jornada para empaparse del mensaje buenrollista transmitido por la carismática Sónia Tavares y un Nuno Gonçalves hiperactivo tras los sintetizadores. Viendo sus gestos sobre el escenario, resultaba imposible escapar de sus descargas de optimismo. Las tristezas desaparecieron en cuestión de segundos.

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