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De un tiempo a esta parte, hay voces que empiezan a acusar a la novela gráfica autobiográfica de un alarmante cansancio, de una repetición extenuante de fórmulas incapaces de sorprender al lector. Y he de reconocer que yo mismo le dí la razón a estas voces… Hasta que leí “Virus Tropical“, publicado en nuestro país por Mondadori. Ahora me dedico a cerrar bocazas a base de rellenarlas con el magnánimo cómic de Powerpaola. Y es que “Virus Tropical” no sólo aúna lo mejor de Julie Doucet y Marjane Satrapi, sus dos grandes faros guía en esto de la novela gráfica autobiográfica, sino que consigue imponer una mirada propia y original: una vitalidad y una actitud ante la vida de una naturalidad pasmosa. En esta novela gráfica convive la cara más dulce del historial familiar de la autora (por ejemplo, ese “virus tropical” con el que diagnosticaron a su madre y que acabó siendo el embarazo del que nació la narradora) con ciertos toques de ese teenage angst necesario en todo proceso de crecimiento, tan similar a una tragedia griega con un planteamiento (la niñez), un nudo (la adolescencia) y un desenlace siempre dramático (la aceptación de las normas de la vida adulta). Es “Virus Tropical“, a la vez, una radiografía a la sociedad colombiana realizada con los rayos X del corazón y la entrepierna más que con las herramientas de un autor más interesado por la historia y la controversia.

Powerpaola ha vivido. Y ha vivido mucho. Algunas de las situaciones con las que se encontró en su proceso de crecimiento de niña a mujer dejarían en bragas a otras autoras que van de progres y sufridoras, pero lo cierto es que ella prefiere no exaltar su existencia ni sus recuerdos: todos tenemos nuestros traumas y a todos nos toca vivir nuestras mierdas, así que ¿por qué hacer de ello algo más importante de lo que es? La normalidad no existe. Partamos de esa base. Pero eso es algo a lo que llegaremos más adelante en mi conversación con Powerpaola. Por ahora, con ella en Barcelona para visitar el Salón del Cómic que se celebró el pasado mes de abril y conmigo totalmente impactado por la lectura sublime de “Virus Tropical“, me dispongo a entrevistarla en una cafetería a medio camino entre Las Ramblas y el Raval. Todos nos pedimos café con leche, pero ella puntualiza simpática que quiere “poca leche, mucho café”. Un signo inequívoco de intensidad que puede adivinarse también en unas pupilas furiosas, con ganas de vivir y de reirse de todo. Un signo de intensidad que irá quedando cada vez claro a medida que vaya avanzando nuestro diálogo…

 

“Virus Tropical” me pareció un libro súper familiar en lo que se refiere a un fuerte sentimiento de pertenencia, pero después resulta que eres una persona que ha viajado muchísimo. ¿Cómo se hacen compatibles estas dos vertientes de tu personalidad? Fue una cosa que no decidí, sino que se fue dando sola. Nací en Quito, viví allí hasta los trece años, luego me muevo con mi mamá a Colombia. Igualmente, mis papás siempre estuvieron yendo y viniendo, y mi hermana se fue a Galápagos… Todos tuvimos siempre esa cosa de movernos un poco. Llegamos a Colombia, viví en Cali unos años, luego Cali se me hizo una ciudad donde no podía seguir expresándome artísticamente ni podía ser tranquilamente yo porque es una ciudad muy conservadora donde de verdad te hacen sentir diferente. No del tipo “ay, que bien, soy diferente”, sino que no te hayas y no encuentras a gente. Seguramente hoy sea diferente, pero en ese momento de mi vida no existía esto en Cali: las mujeres tenían que vestir de una forma, tener el pelo corto era como medio un shock cultural y también había una rebeldía mía de querer ser distinta, obviamente. Entonces me voy a vivir a Medellín para estar cerca de mi papá, estudio artes allá, termino y aplico una residencia artística en Francia pensando que no me la iba a ganar. Pero me la gané… Todo fue como una cadena de eventos que hizo que me moviera.

¿En Francia estuviste en París o en otra ciudad? Estuve viviendo dos años en París y luego me casé. Bueno, volvía a Colombia, me casé con un colombiano, volvimos a Francia y ninguno de los dos quería regresar a Colombia. Teníamos ganas de seguir viajando y él tenía ganas de seguir estudiando. Él aplicó a una universidad en Australia y se fue a estudiar Escritura Creativa allá; yo me fui allá también, donde trabajaba media jornada en una cocina y media jornada dibujando. En Australia te pagan muy bien, puedes tener una vida: puedes salir salir a tomar un café, que es algo que no viví en Francia, o puedes ir a comprar ropa, que es algo que no viví en París jamás. Allá nunca pude tomarme un café en una terraza… Pero eso es algo que hice ahora (risas). Y pensaba: ¡estoy sentada en una terraza en la que nunca pude tomar café en dos años que estuve aquí! Así que en Australia pudimos ahorrar y, con esos ahorros, dijimos: vamos a trabajar de lo nuestro. En ese momento, Argentina era muy barata y nos encantaba: era Latinoamérica y teníamos ganas de volver. Así que con los ahorros pudimos pasarnos un año él escribiendo y yo dibujando.

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¿Y no ha sido complicado ir encontrando huecos entre tantos viajes y trabajos para poder seguir con el dibujo hasta poder dedicar a ello completamente? Bueno, siempre tuve trabajos muy de sudaca (se ríe): cuidar niños, cuidar abrigos en un restaurante, trabajar en una cocina… Y el dibujo siempre fue una cosa que de vez en cuando exponía y que de vez en cuando se vendía. Hubo momentos donde de verdad se vendió y pude estar un poco más tranquila, pero siempre tenía que tener un trabajo. Cuando vivíamos en Francia, Quique y yo tuvimos una conversación y él me dijo: ¿qué tal si nos arriesgamos y dejamos todos los trabajos sudacas para dedicarnos a nuestros trabajos? A mi me daba mucho miedo: tenía una residencia artística, no se pagaba casi nada, pero igual había que comer. Finalmente nos arriesgamos y fue duro, al nivel de tener una única comida al día, salir a la calle mirando el monedero. Muy indigentes (más risas). Pero había mucho cariño, y todo era muy adolescente. Bueno, muy adolescente en una etapa muy avanzada: yo tendría 26 o 27 años. En ese tiempo, la obra que él escribió ganó un premio, con lo que pudimos volver a Francia con algo pagado. Fue una recompensa al sacrificio. Entre dos es más fácil: cuando a uno le va bien, ayuda al otro y así se compensa. Desde el 2008, sin embargo, desde que dejé aquella cocina, no hago más que dibujar. Aunque sea aplicando a residencias y becas.

Visto desde fuera, se ve que aprovechas el tiempo y estás metida en mil proyectos… Sí, en cositas pequeñas. Tengo muchos fanzines, así que a veces cuando no tengo plata voy a la librería y digo: ¡ay, si vendí unos fanzines! Y así tengo algo.

Uno de esos proyectos es Taller 7. ¿Todavía estás vinculada? Sigo formando parte del equipo fundador, pero ahora soy como un eje satélite. Igual se me ocurren ideas o hay alguna residencia donde podríamos participar y, si todos estamos de acuerdo, yo también hago parte de ese proyecto. Pero ellos son más artistas conceptuales: trabajan mucho el dibujo, pero más en el mundo del arte. A mi a veces se me ocurren cosas que no tengo tantas ganas de hacer porque prefiero estar dibujando, así que las acabamos haciendo entre todos porque así es más fácil.

Pero también estás ligada a otros proyectos que no son estrictamente de dibujo, como En Vitrina. Eso significa, como mínimo, que sigues pensando en cómo hacer que el dibujo trascienda hacia nuevos lugares. Es que me gusta mucho la idea de que el dibujo tiene todas las posibilidades. Y una de ellas es la historieta. Pero la cuestión es que puedo comunicarme contigo a través del dibujo. Puedo llegar a Barcelona y poner en Facebook o en cualquier lugar “busco gente que dibuje”, y así entro en el círculo de dibujantes. No soy muy buena con las palabras, pero con el dibujo siento que sí que me puedo comunicar, que todo es más fácil. De hecho, en los lugares que he vivido y que no domino tanto el idioma, el dibujo me ha ayudado a acercarme más a la gente. Sentarme en la calle y que un indigente se me acerque a hablar: yo jamás me hubiera acercado a hablarle a él, pero él puede hacerlo. El dibujo tiene ese poder que los hombres tuvieron en algún momento cuando hicieron los dibujos en las cavernas: un poder de comunicación.

Además de estos proyectos, tu principal obra se centra en el dibujo: tienes “Virus Tropical”, que es la autobiografía de una parte de tu vida, pero es que incluso tienes los inventarios que haces de ciertos objetos que quieres recordar. ¿De dónde sale esa necesidad casi visceral de documentar tu existencia? No es una necesidad muy consciente, pero con el tiempo me he dado cuenta de que es una manera de vivir el ya, de vivir el momento. El hecho de estar aquí, de dibujarte a vos, me hace ser consciente de este instante. Siento que a veces se me olvidan las cosas, que todo lo voy dejando atrás, y poder volver a ello no con el recuerdo sino con una imagen dibujada, a veces es hasta más poderoso.

Es como con las fotografías, que todos las utilizamos para recordar determinados momentos. A mi me pasa un montón: gente que quise en un momento corto de mi vida y que no me acuerdo del nombre… ¡Qué vergüenza! Pero la realidad es tan inmediata que no se puede narrar todo. Me encantaría poder narrar cada día: siempre he tenido ganas de hacer un diario en el que esté todo lo que me pasa cada día. Pero hay que vivir y hay que dibujar, y ¿cómo haces para balancear ambas cosas?

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