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Ha llegado la hora de cantar las cosas con rotundidad. Dada la tempestuosa actualidad que sufrimos en nuestras carnes, ha resurgido con fuerza el debate sobre la necesidad y la obligación de los músicos en su condición de artesanos que moldean un material que refleja lo que sucede a su alrededor, de utilizar sus composiciones como vías de denuncia y de protesta ante los problemas que afectan tanto a ellos mismos como a la audiencia que les presta su atención. No se trata de que los autores deban olvidarse de las acostumbradas temáticas universales (el amor, el desengaño, la amistad, las dudas existenciales, los placeres de la vida…. ya saben), sino de que reserven un hueco al grito propio y ajeno para actuar como altavoces de sus pensamientos y de los de sus receptores. Pony Bravo lo vieron con meridiana claridad antes de ponerse manos a la obra con la confección de su tercer disco, “De Palmas y Cacería” (El Rancho, 2013), cuyo leitmotiv se deriva de una sentencia firme y sencilla, que recoge el zeitgeist de nuestra época: “El águila imperial sigue sobrevolando nuestras cabezas, somos loritos que hablan mucho… Presas fáciles”.

Así resume Darío del Moral (guitarra), en representación de sus compañeros Daniel Alonso (voz y teclados), Pablo Peña (bajo) y Javier Rivera (batería), el sentir de una banda siempre comprometida con su arte (como manifiesta su empeño por trabajar bajo licencia ‘creative commons’ y según el ritmo de la autoedición) y con todo lo que lo envuelve. Esa actitud se relaciona directamente con el mensaje diáfano que transmite “De Palmas y Cacería”: una disección poliédrica de los tiempos modernos que ha colocado a los sevillanos en un peldaño superior al conseguido con el álbum que puso su nombre en boca de muchos, “Un Gramo de Fe” (El Rancho, 2010), al mostrar una rica diversidad estilística (rock y sonidos tradicionales andaluces, post-punk y música de baile que agita cuerpo y neuronas) y, sobre todo, unos textos irónicos y corrosivos que actúan como espejos de la opinión de un público cada vez más indignado y severo.

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A medida que se escuchan las letras de la mayoría de temas de “De Palmas y Cacería”, no resulta descabellado afirmar que Pony Bravo es un grupo de canción protesta rock… ¿Estáis de acuerdo? El rock siempre ha protestado, no es nada nuevo. Lo de canción protesta suena a antiguo: ha habido infinitos grupos de rock y de punk que han utilizado su música para hablar de cosas reales, de cosas que están pasando y que nos afectan. Nadie clasifica a los Clash como canción protesta, aunque en sus letras dieran caña al gobierno o se quejaran de los impuestos. Más que canción protesta… canción combate, ‘combat rock’. Eso es.

Un buen ejemplo de ello es “El Político Neoliberal”. Este tema tiene todas las papeletas para formar parte de nuestro imaginario como himno para recordar esta época convulsa… Esta época es convulsa porque nos estamos dando cuenta, gracias a Internet, de un millón de cosas más. Pero cada vez tengo más claro que esto siempre ha sido así: el político neoliberal viene actuando y extendiendo sus influencias desde hace treinta años. Teníamos la necesidad de hablar de él, de contar su punto de vista; su vida es la expresión máxima del concepto de libertad, libertad para hacer lo que le dé la gana.

A la vez, el humor y la ironía sobrevuelan todo el álbum. ¿Preferíais que destacase ese tono gracioso y ácido por encima del político o crítico? Bueno, hay diferentes formas de hablar de estos temas. El humor ayuda a encarar los problemas con una sensación de triunfo sobre ellos, intentando no caer en lo chabacano o facilón y entendiendo la crítica como algo ya implícito en la temática de las letras. La verdad es que Dani ha hecho una labor estupenda, ha producido mucho material y lo ha trabajado bastante con Pablo y Manuel León, habitual colaborador y amiguete, sintetizando y probando hasta llegar a lo que buscaba. Fue un proceso muy bonito, haciendo todo a la vez, música y letra. Aunque hubo que abandonar la canción llegado un punto, podríamos estar probando hasta el infinito.

La canción “Mi DNI” es la mejor muestra de ese sentido del humor espontáneo. ¿Describe una anécdota como otra cualquiera o fue pensada para poner en su sitio al negocio musical alternativo patrio? Es una anécdota que se repite a menudo, aunque también tiene un punto de autocrítica. Cualquiera puede dejarse llevar por el lado oscuro en alguna ocasión. No es que vayamos de moralistas, pero hay que dar caña a este tipo de actitudes de la noche y a la cultura del éxito que nos han vendido, la pose. Siempre existe un personaje de este tipo allá por donde te muevas. El mundo de la música y el negocio del arte son un caldo de cultivo bastante potente: muchos egos, muchas ambiciones y mucha gente mirando.

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