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El segundo disco de Partido, Leaving All Behind (Warner, 2012), nos obligó en su momento a creer firmemente que el grupo barcelonés tenía todo en su mano para, poco a poco, ir abandonando el relativo anonimato en que vivía, ser iluminado por los focos mediáticos especializados y dejar de sostener, oculto en la sombra, el telón del decorado alternativo nacional para actuar delante de él como uno de sus valores más atractivos. La principal razón que nos llevó a pensar en ello fue su notable aproximación al rock de filiación norteamericana -con Wilco, Neil Young o The Jayhawks como faros guía- practicada desde una perspectiva personal labrada con mimo y discreción desde tiempo atrás, que situaba al entonces sexteto encabezado por Víctor Partido (voz, guitarras acústicas y armónica) -y completado actualmente como quinteto por Marcos Deker (guitarras eléctricas y acústicas y coros), Nacho Yoldi (bajo), Eduardo Martínez (piano y teclados) y Jose Cattaneo (batería y coros)- en una adecuada rampa de lanzamiento para alcanzar cotas mayores. De acuerdo, los parámetros para medir el éxito de una banda siempre son falibles y cambiantes; pero, transcurridos dos años, no resulta descabellado afirmar que, efectivamente, Partido -en el contexto alternativo- han conseguido que su nombre se haya extendido como la pólvora y su música haya accedido incluso a los oídos más reticentes.

Con el objetivo de aprovecharse de tal impulso, Partido podían haber recurrido a la vía más sencilla: marcar una línea continuista de cara a su tercer álbum. Pero, en un alarde de confianza en sus propias posibilidades, el grupo decidió variar su libro de estilo -conservando sus orígenes clásicos norteamericanos- para hacer de The Ruins (Warner, 2014) un trabajo en el que va más allá de absorber con resultados positivos el influjo de sus principales referentes para ofrecer una versión consolidada y aperturista de sí mismo. La clave se halla en la expansión de su sonido, aupado por la poderosa -aunque sin perder su dócil tonalidad- voz de Víctor hacia un rock poperizado (o pop rockerizado, valga “The Sweetest Thing” como brújula) y preñado de teclados, bajos punzantes y electricidad melodiosa. De esta manera, Partido afinan su punto de mira para facturar temas redondos que avanzan como apisonadoras emocionales y que recuerdan por su impacto, salvando las pertinentes distancias, a los The War On Drugs de Lost In The Dream (Secretly Canadian, 2014), ya se inclinen por la épica contenida (“Get Into”, “There Will Be Blood”) o por el despliegue rítmico firme, enérgico e implacable (“The Apologist”, “The Wait”).

Dado este cambio, si nos fiásemos del título del LP -tan elocuente y evocador como el “Leaving All Behind” de su predecesor-, las ruinas a las que alude podrían sugerir también que Partido han hecho una especie de borrón y cuenta nueva dentro de su trayectoria artística, como si hubieran reformado su discurso de una manera radical. Nada más lejos de la realidad: los barceloneses han evolucionado su modelo de un modo natural, sin brusquedades, en el que caben desde una agradable desviación hacia el AOR de radiofórmula setentera en “Hi-Lo” hasta una incursión en el pop diáfano cultivado durante los 90 en el país de la bandera de las barras y estrellas a través de “Fruit Family Tree”. Entre medias, se encuentran “A Love So Beautiful” e “In The Meantime”, los regresos más evidentes de la banda a su pasado más inmediato, en el que predominaban el sentido y el sentimiento wilconianos.

Así pues, “The Ruins” muestran a unos Partido remozados pero que mantienen intactas sus señas de identidad forjadas en Leaving All Behind, el disco en el que los barceloneses asentaron las bases para que, con su nuevo LP, pudieran ampliar su radio de acción y ascender a un nivel superior. Logradas ambas metas, a nadie debería temblarle el pulso a la hora de concluir que, con más motivos que nunca dentro de su intensa biografía, Partido se han alejado de la condición de grupo secundario para ser definitivamente protagonista.

 

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