Existen dos expresiones que suelen utilizarse en crítica cinematográfica con la sana alegría con la que los médicos dispensan ibuprofeno. La primera compara cualquier armazón fílmico con esas matrioshkas rusas que se desmontan para ir revelando en su interior muñecas idénticas cada vez más pequeñas. La segunda, que tiene mucho que ve con la anterior, es ese ‘mise en abîme’ en el que un relato se engarza dentro de otro relato… En “Origen”, Christopher Nolan consigue que, por una vez, estos dos conceptos no sólo queden justificados en las reseñas pertinentes sino que, sobre todo, estos dos términos tradicionalmente snobs queden intrincados en el interior de su particular sublimación del blockbuster à la “Matrix” y de la ultimísima tendencia hacia la ciencia ficción con cohartada intelectual que tan bien ha sabido vendernos J.J. Abrams. “Origen” podría ser más, mucho más. Pero lo dicho no es poco.

Con una pericia sobrenatural para el suspense, Nolan obliga a su apasionante laberinto de sueños dentro de sueños a estructurarse como una escalera (escheriana) en descenso hacia un punto de fuga cada vez más difuso. Al principio, parece que la brújula que utilizan los personajes es ese “origen” (“inception” en el original) que consiste en arraigar un pensamiento ajeno en una psique que es invadida en estado de sueño. Pero pronto, como debería ocurrir en cualquier film de acción con ínfulas de trascender el bar de palomitas en el multicine para dirigirse directamente a las estanterías de nuevos clásicos, el director agota la trama de persecuciones y tiros y se lanza a lo verdaderamente vibrante: el retrato de psicologías dañadas (ya sea la del personaje de Leonardo DiCaprio o la del de Cillian Murphy) se proyectan sobre lo perturbadoramente laberíntico de los escenarios para conformar una retícula en la que las taras personales (materializadas en femmes fatales y trenes desvocados en medio de la ciudad) se entrelazan con naturalidad con este dantesco descenso a un infierno que también funciona por círculos cada vez más estrechos y agobiantes.

La puesta en escena de Nolan deslumbra con una sobre-alimentación de los postulados del cine de la era “Matrix”… Y esta es, a la vez, la mayor virtud y el pequeño defecto de “Origen”. Virtud porque, en el empeño de sintetizar y sublimar las herramientas de este tipo de acción con un pie en la sci-fi tecnócrata y otro en la pura fardada estética, el director firma el arma de destrucción masiva para el multicine veraniego: un festín visual que transcurre ante la alucinada retina con un ritmo a prueba de bombas y, sobre todo, con un argumento que hace gala de una complejidad endiabladamente calibrada para hacer sentir inteligentes a los acostumbrados a “The Fast and The Furious” y, a la vez, estimular a los que prefieren el “Solaris” de Tarkovski (con la que guarda diversos puntos de contacto). Es inevitable que, con semejante envoltorio, delicioso y delirante a la vez, “Origen” no apasione: escenas como la del hotel, con Joseph Gordon-Levitt (al que, por cierto, sólo le falta hablar con acento británcio para ser el epítome de la elegancia perdida pero anhelada por los escasos gentlemen de nuestra generación) deslizándose en antigravedad, están destinadas a quedar gravadas a fuego en la historia del cine.

Esto no quiere decir que “Origen” no implique, por otra parte, cierto grado de frustración. La pasión se libera primero al descubrir que esa cámara lenta que tanto fascina en las primeras escenas (justo cuando está a punto de perpetrarse la primera “patada”) no es un recurso gratuito, sino una necesidad para la diégesis del relato: cuando se “desciende” a un plano inferior del sueño, el tiempo funciona a mayor velocidad que en su nivel superior. Entonces, si esto demuestra que Nolan puede y sabe utilizar las herramientas cinematográficas para plasmar el mundo de los sueños, ¿por qué se limita a este recurso? En cierto momento en el que DiCaprio le explica el meollo al personaje de Ellen Page (que, en un cliché, se llama Ariadne y, como novata, representa la perfecta excusa para explicar al espectador el funcionamiento del mundo de los sueños), el montaje se salta un par de raccords y crea lo más parecido al onirismo que veremos en el film. Por mucho que Nolan se empeñe en que ese mundo de los sueños funciona sujeto a reglas de verosimilitud, al final acaba incurriendo en la facilidad de hacer que todo parezca excesivamente real. Se echa en falta una búsqueda de un onirismo visual que, utilizando las herramientas propias del cine de acción y sci-fi, bien podría haberse cerrado como un pluscuamperfecto ejercicio de celuloide puro y duro. Algo así como la versión alargada de la maravillosa escena dentro del pabellón de alta seguridad en “Shutter Island” (film con el que, por cierto, el de Nolan guarda incontables parecidos: disección del proceso de culpa como miedo de disociación con la realidad, exploración de las fracturas entre los mundos reales y los mentales… y, claro, Leonardo DiCaprio como protagonista).

No hay que perder de vista, sin embargo, que este único punto negro del film es un hipotético “¿y si..?” que no enturbia para nada todas las bondades ya expuestas al respecto de “Origen”. ¿Desde cuando un anhelo teórico resta puntos a la realidad? Concentrémonos en lo que tenemos entre manos: el blockbuster definitivo que encandilará a los palomiteros y que permitirá a los snobs desbarrar con teorías y pajas mentales. Una matrioshka infinita. Un ‘mise en abîme’ que no se agota. Al fin y al cabo: un pepinazo.

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