L’Olivé se renueva por dentro y por fuera para ofrecer la mejor cocina tradicional

¡Ya basta de mirar hacia las gastronomías internacionales! Es hora de reclamar la cocina catalana y mediterránea… Siempre que sea tan fetén como la de L’Olivé, claro.

 

Basta ya de fiebres generalizadas por platos (más o menos) exóticos como el poké o el ramen. Basta ya de fusiones entre gastronomías cada vez más rebuscadas, cada vez de países tan pequeños y alejados y desconocidos que hace falta una lupa para buscarlos en el mapa. Basta ya de complicaciones que llevan hasta el plato experimentos bonitos pero incomestibles. Basta ya de confundir sofisticación con matar de hambre al comensal. En resumidas cuentas… ¡Basta ya de gilipolleces! Es hora de reclamar lo que es y siempre ha sido nuestro, que no es otra cosa que el buen comer.

Contra la tontería generalizada, es el momento ideal para que cada zona geográfica reclame sus propias raíces, las cultive, las cuide, las mime… y, a partir de ellas, entregue una versión sublimada de lo ya conocido. Por lo que mi me toca, esto implica que, en medio de la #RamenWar barcelonesa y la búsqueda de la burger (versión yanki o gourmet) pluscuamperfecta, voy necesitando en la Ciudad Condal restaurantes “de toda la vida” en los que gozar con platos de siempre, pero con la calidad y el cuidado por la materia prima tan propia de la gastronomía del siglo 21.

Restaurantes como L’Olivé, por ejemplo, cuyo caso no podía ser más elocuente de lo que está ocurriendo aquí y ahora. Cualquier barcelonés de a pie conocerá L’Olivé precisamente porque lleva desde el año 1984 en el mismo lugar de la ciudad: el número 47 de la Calle Balmes (justo en el epicentro de un triángulo maravilloso formado por Plaça Universitat, Las Ramblas y esa Calle Enric Granados que es puro privilegio)… Pero, ojo, porque hace unos meses que L’Olivé pasó por un proceso de renovación por dentro y por fuera que no solo le ha lavado la cara al local, sino que también ha conseguido algo muy pero que muy extraño en los restaurantes de Barcelona: poner de acuerdo a dos públicos que nunca se ponen de acuerdo.

 

 

Una de las partes más curiosas de la experiencia que supone el nuevo L’Olivé es, precisamente, mirar a tu alrededor y darte cuenta de los comensales tan diversos que atrae. Por un lado están los señores y señoras de toda la vida, que sabes que tienen sus platos favoritos en la carta y que siguen viniendo porque esos platos se han conservado en versión mejorada. Y, por otro lado, están los que, como tú y como yo, vamos a L’Olivé porque, entre tanta gastronomía avant la lettre, de vez en cuando necesitamos un chutazo de sabores tradicionales en el paladar. Ambas tipologías de comensales se juntan bajo el techo del local renovado por el estudio Lázaro Rosa-Violán, que ha reservado un espacio amplio y acogedor para una entrada con la cocina a la vista y que, sobre todo, ha abierto el salón interior a un espacio con luz solar que entra por una claraboya y que baña un rincón de paz rodeado de ánforas.

El espacio es ideal para ambos públicos porque mezcla tradición y modernidad a la vez. Y ese equilibrio entre tradición y modernidad es precisamente lo que se encuentra en la renovada carta del chef César Pastor, que es un verdadero festín especializado en marisco, arroces (ojito con las dos especialidades: el de pescado y marisco por un lado y el de verduras con butifarra por el otro), pescados (con especial gusto por el bacalao) y carnes (en las que la prioridad es tocar la pieza lo mínimo posible para que la calidad del producto brille por él mismo, con excepciones deliciosas como los pies de cerdo deshuesados). Los entrantes de la carta juegan al tapeo inteligente con bocados maravillosos como las croquetas, los buñuelos o el pulpo a la brasa con panceta ibérica y parmentier. Y los postres son, simple y llanamente, un verdadero locurón que tiene su cumbre en el coulant. Imprescindible. Y punto.

En general, el chef Pastor encuentra el equilibrio más sugerente a la hora de coger la gastronomía catalana y mediterránea y revisarla para añadir solo lo justo, pequeños toques que sorprendan sin alterar el ADN básicos de unos platos que son un gozo continuo. Todo ello acompañado, claro, por una carta de vinos con más de 125 referencias… ¿No te parece que va siendo hora de olvidar por un momento las gastronomías de otros lugares y centrarnos en la cocina de nuestro propio hogar? [Más información en la web de L’Olivé]

 

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