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Seguro que cada espectador de “Nebraska” tiene la suerte de salir del cine con un par de momentos que decide hacer suyos, absolutamente suyos, sin ganas de compartirlos con nadie más, porque la película de Alexander Payne es de esas que quizá sobre el papel o en la pantalla no sean indiscutiblemente grandes, pero sí alcanzan auténtica grandeza en la retina (y después en la memoria) de quienes la ven; es allí donde crecen, donde se agarran y se hacen fuertes, donde se instalan para quedarse mucho tiempo, quizá para siempre. Yo, claro, también tengo los míos, uno de cada lado (el cómico y el dramático), que son los que se quedan en mi recuerdo y me dan la medida de la riqueza de la película. El dramático tiene que ver con una mirada, al final del metraje, que es lo más parecido a decir “gracias” de lo que es capaz una persona que jamás ha aprendido a pronunciar semejante palabra. El cómico, por su lado, viene de una simple pregunta (“¿Cuánto has tardado en llegar?”), de una línea de diálogo aparentemente descuidada pero en realidad cargada de todo el poder de observación de quien conoce ese extraño fenómeno de mímesis que produce siempre la vuelta al hogar, por mucho que este te resulte ya absolutamente ajeno. Otros espectadores tendrán los suyos y, entre todos, esta vez sí, construimos el discurso de la película en una especie de crowdfunding sentimental al que nos empuja su director.

Nebraska” (sexto largometraje de un Payne en trayectoria permanentemente ascendente y que no parece encontrar su techo creativo) es, sí, una road movie padre-hijo de manual que, sin embargo, funciona ya desde un desencadenante que podría resultar más que forzado y al final acaba siendo de lo más coherente: qué mejor, a fin de cuentas, que este viaje comience motivado por una mezcla de testarudez, de malas intenciones y de querer oír lo que a uno le interesa. El relato, donde la idea empieza recordando a la historia verdadera de David Lynch pero el desarrollo acaba en realidad más cerca del drama clásico de Preston Sturges, avanza a paso de tortuga como mera excusa para estudiar esa cosa tan extraña, tan difícil de explicar y tan llena de silencios e incomodidades que es la relación entre un padre y su hijo adulto (el huracán Bruce Dern y un Will Forte que defiende con dignidad el siempre menos lucido papel de hombre normal).

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Dos son probablemente los elementos que hacen verdaderamente interesante a esta película. Uno, ya lo hemos dicho, son esos pequeños momentos de chispa que vertebran el relato, que van dando al espectador lugares donde agarrarse mientras poco a poco historias y personajes van dejando ver sus aristas. Qué duda cabe que aquí la mención especial es para June Squibb, esa magnífica robaescenas que sirve además de alivio cómico imprescindible para dar aire a una película que, sin ella, sería irrespirable. Y el segundo es la fascinante perspectiva que adoptan en todo esto Payne y un guión que por primera vez no es suyo, aunque casi parezca dictado por él. El autor de “Los Descendientes” hace siempre equilibrios entre los personajes y la forma de enseñarlos y, por sorprendente que parezca, nunca se cae. No muestra sus simpatías ni tampoco sus fobias, y justo cuando parece haber dictado sentencia aparece siempre alguien más dispuesto a completar la historia y poner nuevos elementos sobre la mesa. Cuesta saber si compadece a sus personajes o siente por ellos una especie de lejano desprecio y le interesa tan poco juzgar que, incluso cuando pone cara y ojos a la empresa que envía la carta con el falso premio, son los de una oficinista que simplemente cumple su oficio con diligencia y hasta se toma la molestia de buscar una gorra. Será que nos gusta tener opiniones firmes sobre las personas, pero cuando las tenemos delante y comprobamos las mil y una facetas que las componen ya no resulta tan sencillo.

Se puede discutir la pertinencia de la fotografía en blanco y negro de “Nebraska“, pero no su belleza ni el partido que saca de ella un autor decidido a fundir un paisaje de derrota con unos personajes derrotados, la desolada y tristísima melancolía envuelta en sombras que transmite. Y, desde luego, no se puede discutir su capacidad para hablar de cosas reconocibles, de esos puzzles donde siempre faltan piezas que son las familias, de cómo en ellas uno suele encontrar mucho tiempo después respuestas a preguntas que jamás se había planteado porque no quería, porque no sabía o porque, sencillamente, así todo era mucho más fácil. Hay muchas formas de ver a este improbable Quijote: como un tirano en decadencia que quiere seguir dictando las normas sin dar explicaciones a nadie o como un tipo física y mentalmente consumido por sus deudas y sus limitaciones. También de otras muchas entre ambos extremos y todas acaban apareciendo en algún momento del relato. Eso es lo que convierte a una película mínima como ésta en algo verdaderamentne gigante, en la que es la mejor obra de su director hasta la fecha.

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