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Todo va bien hasta que de repente todo se jode. Hasta ese momento las cosas son sencillas: tu padre, tu madre, tu casa, el verano, salir por ahí en bici. Todo está bajo control hasta que empiezas a hacerte mayor y entonces todo se va a la mierda. Lo malo es que no ocurre de la noche a la mañana ni en un momento determinado; y, lo peor de todo, nadie te avisa cuando llega. “Mud” habla del despertar y de la adolescencia (sí, una vez más), pero sobre todo de esa ruptura, ese punto de no retorno, ese momento en el que pierdes ese hilo de inocencia que todavía mantenías (porque, a pesar de todo, seguías siendo un crío) y cómo al hacerlo te rebelas, te enfadas y tienes ganas de darle puñetazos a las cosas. Una sensación que, dependiendo de los casos, te durará entre seis o siete años… O toda la vida.

Quizá lo más destacable de esta película es cómo Jeff Nichols decide contar todo eso con un tono de todo menos catastrofista. “Mud” es una película envuelta en un cierto halo de tristeza, sí, pero el lenguaje que predomina en ella es más bien el de una melancolía sin resentimiento, de mirar atrás y reflexionar sobre lo que has vivido quedándote con lo positivo pero sin obviar lo negativo, mirando a la cara a los fantasmas y aceptando que algunas cosas de la vida son una puta mierda y a lo mejor eso está bien. Y, así, la historia remite a Terrence Malick o a Paul Thomas Anderson (a la mejor y más contenida versión de ambos, de hecho), pero también a, yo qué sé, “Los Goonies” en el sentido de que sabe mantener el encanto y el sabor de una época hasta conseguir hacerla palpable.

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Hay mucho de veracidad en una película que atrapa desde el primer momento con el gancho de una intriga que pronto se revela como un MacGuffin emocional perfectamente integrado. Y huelga decir que, para lograr la chispa de este Huckleberry Finn moderno, es esencial la absolutamente espectacular interpretación que Nichols sabe arrancar del chico Tye Sheridan (que se echa la película sobre los hombros de manera asombrosa) y su compinche Jacob Lofland. Y también, por qué no decirlo, de un Matthew McConaughey que, en el mejor papel de su carrera, consigue volver a aquel período de finales de los 90 en el que apareció de repente en todas partes con aquella etiqueta de “el nuevo Paul Newman“. Aquel período en el que, curiosamente, trabajó con John Sayles, un nombre que tiene mucho que ver con una película que habla de Américas profundas, su white trash y sus temores escondidos, de vidas construidas en frágil equilibrio sobre casas fluviales.

Ellis se cuela en un bar y ve con sus propios ojos cómo las cosas no son como deberían, ni siquiera como parece que son. En ese momento, la película se pone en carne viva y muestra todas sus cartas, que no evitan lugares comunes (no falta ni la metáfora de “el río de la vida”) sino que prefiere utilizarlos para que jueguen en su favor. Para entonces ya has asumido que, después de la magnífica “Take Shelter“, Jeff Nichols es ya uno de los mejores directores del mundo y que “Mud“, esa película de belleza desbordante y clasicismo bien asumido que te agarra y no le da la gana de soltarte, es un film realmente especial.

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