WOW” (Monkeytown, 2012) no sólo es el segundo trabajo de Mouse On Mars para Monkeytown, el sello de Modeselektor, sino también el segundo que nos regalan en menos de un año. Nada más verlo, uno se pregunta si el título hace referencia a la grandiosa experiencia que nos espera o simplemente por lo bien que queda en la carátula del álbum junto a las siglas de la banda. ¿Es entonces esta cosa un WOW con mayúsculas o un meh con minúsculas? Pues más de lo primero que de lo segundo… pero un poco de los dos. Vayamos por partes:

El principal y único problema que quizá podríamos tener los que llevamos bastantes años siguiendo a Mouse On Mars es precisamente eso, que ya nos los conocemos. Tras una dilatada carrera atestada de giros inesperados y saltos acrobáticos por doquier, ya acaban pareciéndose a ese viejo amigo mago (yo tengo uno, true story) que, de vez en cuando, quiere sorprenderte con un truco nuevo, pero que después de un tiempo sabes que en el fondo no va a ser más que algo de magia, un ooooooooh de asombro y a otra cosa mariposa. Que no está nada mal, vaya, pero en esta era de la sobre-información nos las sabemos todas y muchos estamos en proceso de convertirnos en ese cínico sabihondo difícilmente impresionable que tanto odiabas en el colegio.

Sé que estoy siendo demasiado duro con este dúo de virtuosos digitales. Llevan casi dos décadas haciendo música y siguen resultando inclasificables. Hacen lo que les da la gana. Siempre con un pie por delante del resto y el otro firmemente enraizado en la tierra de la actualidad, como haciendo equilibrios sobre una delgada línea entre el futuro y lo que está pegando fuerte en cada momento. Recolectando los frutos del trabajo de sus coetáneos y a la vez procesándolos por su batidora casera Mouse-On-Mars®, estos siempre van más allá y hacen suyo un sonido totalmente único, haciendo gala de una capacidad de observación y analítica que parece no tener límites.

Pongamos por ejemplo “Bib”, primer single de su segundo trabajo, “Iaora Tahiti” (Too Pure, 1995): un tema que claramente bebe del jungle, el estilo más molón allá por mediados de los 90, pero que consigue sonar como el jungle que se haría en las playas de Saturno, no en Essex precisamente. En su siguiente disco, “Audioditacker” (Thrill Jockey, 1997), Mouse On Mars añadirían a su repertorio sonidos con los que bandas como Tortoise y otra gente que originalmente venía del rock ya estaba empezando a experimentar, abriendo una línea genealógica que acabaría regalándonos talentos monumentales de nuestra época como Kieran Hebden (Four Tet) o Daniel Snaith (Caribou, Daphni).

Cogemos el mando a distancia y avanzamos la película hasta 2012. Han pasado seis años desde su último disco, el abrasivo “Varcharz” (Ipecac, 2006) y el tándem Jan St.Werner / Andi Toma lanza dos nuevos trabajos para demostrar que siguen siendo los magos del secuenciador. Si “Parastrophics” (Monkeytown, 2012) tardó en gestarse un lustro, “WOW” se completó aparentemente en no más de un par de semanas. Aunque lo han intentado vender como la respuesta bailable (¿perdón?) y descerebrada al primero, en realidad no difieren mucho entre sí, y sería más justo definirlo como el postre después de una buena comilona. Se podría decir que es un trabajo menor dentro de la discografía de los de Düsseldorf, y como tal cumple con su cometido.

Una de las novedades de las que se había hablado sobre este disco es que contaría con la colaboración en varios tracks del vocalista y artista vietenamita Dao Anh Khanh, un desconocido para la mayoría de nosotros; pero, escuchando los primeros segundos de “WOW”, a uno se le va haciendo la boca agua sólo de pensar en las posibilidades de revivir el espíritu de Damo Suzuki en esa otra banda de iluminados teutones, Can. Al final el resultado es un poco decepcionante, ya que su participación es mínima y no aporta demasiadas cosas. El segundo corte, “DOG”, se acerca en este caso al dubstep más post-dubstep de la escena dubstep, pero termina sonando como una sátira de éste, desnudándolo hasta dejarlo en sus características más básicas para ir introduciendo algunos elementos típicos de la marca Mouse On Mars. Este procedimiento lo siguen más o menos a rajatabla a lo largo de los 33 minutos que dura el disco. Si en “HYM” se acercan al hip-hop abstracto, en “ACD” tiran de nostalgia para hacer un guiño a la escena rave de antaño. “PUN” bien podría ser un descarte del reciente “Glass Swords” (WARP, 2011) de Rustie y “CAN” es quizá lo más parecido a lo que realizaron durante su época dorada desde “Ideology”. En realidad, aunque a primera vista pueda sonar como un cajón desastre, el conjunto de “WOW” es coherente y para nada fuera de lugar en comparación con el resto de su discografía.

El IDM (perdón, se me escapó el palabro, voy a lavarme las manos con jabón ipso facto) es el Han Solo de los géneros musicales, aventurero e indomable, también asocial, frío y difícil, algo malencarado, pero que en ocasiones muestra reticente su corazoncito. Es ese toque humano que hace grandes a sus mejores exponentes. Con “Future Daniel” de Clark se te pone la piel de gallina, al escuchar “Rae” de Autechre se te “enamora el alma”; y qué decir de “Davyan Cowboy” de Boards On Canada, es que ya directamente lloras. Ojo, Mouse On Mars se han hecho con una parcela de terreno bastante maja en el Olimpo de la electrónica y ya no tienen que demostrar nada en absoluto, les sobra sentido del humor y sus trabajos, uno detrás de otro sin excepción, son técnicamente brillantes. Pero desde hace ya algunos años, concretamente desde esa maravilla pop llamada “Radical Connector” (Thrill Jockey, 2004), echo en falta ese fondo emocional que no sólo alimenta al cerebro, sino que también deja huella en la memoria y, cogiéndote de la mano, te anima a volver a visitarlo una y otra vez. “WOW” es un disco divertido, hiperactivo y ocurrente, pero me pregunto cuánta gente estará escuchándolo dentro de un par de años.

No siempre se puede pedir todo.

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