“The Meyerowitz Stories” es la prueba final de que Netflix es la nueva cuna del mejor cine

¿Es “The Meyerowitz Stories” la prueba de que Netflix es la nueva cuna del mejor cine de autor? Sí. Eso y también un peliculón muy tremendo.

 

La polémica en torno a Netflix como contenedor de cine está servidísima… En los últimos meses, se han abierto frentes de debate tan urgentes como el hecho de que, tras la participación en el Festival de Cannes de varios films y series de estreno directo online y/o televisivo, el certamen decidiera cerrar esa vía y anunciar que el año que viene solo participarán films con estreno en sala. Poco tiempo después, Christopher Nolan afirmaba que nunca trabajaría para Netflix porque lo que se hace en el servicio de streaming online no puede catalogarse como “cine” per se (y muchos otros directores le contestaban, básicamente, que -perdonad la expresión- “con una buena polla que bien se folla” y que qué fácil es decir estas cosas cuando tus pelis siempre tienen asegurado un pastizal tanto en producción como en distribución).

En este fuego cruzado, sin embargo, Netflix no se detiene a lamerse las heridas y sigue con su plan maestro a piñón fijo, sin mirar nunca hacia atrás. En ese plan maestro consta que, si ha conseguido convertirse en una productora de documentales más que solvente y reputada, lo siguiente es hacer lo propio con el cine. Ese cine que Nolan dice que no es cine si está en Netflix pero que, mira, ya puede contar en su haber con los nuevos trabajos de reputados directores como Bong Joon-ho (“Okja“), David Michôd (“War Machine“) o Adam Wingard (“Death Note“).

Cualquiera podría pensar que el plan ha ido tal que así: first we take el cine de género, then we take el cine de autor… Porque, al fin y al cabo, el estreno de “The Meyerowitz Stories (New and Selected)” en exclusiva en Netflix supone un antes y un después para el cine de autor norteamericano. Al fin y al cabo, el hecho de que la curva ascendente que su director Noah Baumbach ha ido dibujando en sus últimas y excelentes películas (“Frances Ha“, “Mientras Seamos Jóvenes” y “Mistress America“) haya alcanzado su cénit particular en Netflix es algo que nadie debería considerar casual.

Entre los muchos debates abiertos mencionados más arriba consta, evidentemente, la dialéctica contrapuesta entre los nombres asentados en la industria del cine que ven cómo Netflix y otros servicios similares pueden seguir “robando” espectadores a las salas (algo bastante absurdo si pensamos que, cuando la única opción era la piratería, se la demonizaba, y ahora que la gente paga estos nuevos servicios, el status quo también los demoniza) y aquellos realizadores que han ido observando cómo su poder de convocatoria en las salas se ha visto mermado en las últimas décadas y ven una posibilidad muy real de reconectar con su público a través del online.

The Meyerowitz Stories

Está claro que Baumbach nunca fue Wes Anderson… Así que resulta francamente interesante considerar el estreno de “The Meyerowitz Stories” en Netflix como un evento a la altura del estreno de, por seguir con el ejemplo, la próxima “Isle of Dogs“. Misma significación de un evento, diferente panorama. Y dejad que aclare una cosa: Wes Anderson no aparece en esta comparativa de forma totalmente casual. Ni mucho menos.

Y ahora entramos ya, por favor, en el propio film de Noah Baumbach, que suficiente tela hay que cortar en él… Decía que la comparación con Wes Anderson no es gratuita porque, básicamente, viendo “The Meyerowitz Stories” me vino a la cabeza mi propio pasado: hace años, cuando ambos directores (que, por cierto, son colegas) estaban en los inicios de su carrera, nunca dejé pasar la oportunidad de comentar en público lo poco que empatizaba con el primer Anderson y lo mucho que la fama de este la merecía más bien Noah Baumbach. Contra la artificiosidad quirky de “Los Tenenbaums“, el realismo familiar descarnado de “Una Historia de Brooklyn“. Contra el viaje como oda de la superficie de “Viaje a Darjeeling“, el viaje interior repleto de pliegues oscuros de “La Boda de Rachel“.

Después, ambos caminos se separarían, básicamente, al dirigirse hacia direcciones diferentes: uno hacia las producciones maximalistas e hipertrofiadas, otro hacia el cine como ejercicio de depuración introspectiva. Anderson siempre fue de ir hacia fuera, y Baumbach de ir hacia dentro. Pero eso es algo que vuelve a quedar patente en “The Meyerowitz Stories” precisamente porque, tras la trilogía mencionada más arriba (en la que se puede apreciar la dulce impronta de la influencia de su propia esposa, Greta Gerwig), Noah parece volver a sus orígenes con un film en el que vuelve a dar la alternativa a su amigo Wes, pero esta vez referenciando ni más ni menos que al primer Woody Allen.

The Meyerowitz Stories” tiene mucho de los diálogos misantrópicos de Allen, también de sus personajes tan concentrados en sus propios entresijos y disquisiciones y tics repetitivos que son incapaces de ver y de relacionarse con el mundo a su alrededor. Hay aquí mucho de esa visión de dulce indolencia con la que Wes Anderson siempre ha enfocado a sus personajes, eternamente definidos por su propio carácter de outsiders, de diferentes. Pero lo que hace que esta película sea realmente relevante (además de excelente) es que es cien por cien Noah Baumbach… a la vez que abre nuevos terrenos de exploración colindantes a los que el director siempre ha gustado explorar.

The Meyerowitz Stories

Las constantes están ahí: Ben Stiller como muso cómico (ya ha aparecido en otras cintas del director como “Greenberg” o la mencionado “Mientras Seamos Jóvenes“), la familia como nido de serpientes disfuncionales que también saben abrazar de forma suave y cálida, los diálogos impecables, el humor negro… Y, sin embargo, brillan en “The Meyerowitz Stories” novedades como la alternancia de ritmos narrativos (la primera mitad del film es un verdadero huracán de diálogos briosos, mientras que la segunda mitad entra en una barrena rítmica justo en el momento en el que el pater familias es hospitalizado) o, sobre todo, la capacidad para apelar a los espectadores que comúnmente abrazan las ficciones con personajes marcadamente “weird” para hacerles explotar en la cara una interesante bomba de relojería.

Me explico: “The Meyerowitz Stories” narra la historia de la familia Meyerowitz. El padre de familia, Harold (Dustin Hoffman), es un escultor que tuvo cierto éxito en el pasado pero que nunca accedió a la gran fama y que vive en el mayor de los ostracismos (un ostracismo encarnado en el choteo continuo con la escultura que presuntamente compró el museo Whitney y que está desaparecida, puro McGuffin que reserva una sentida sorpresa para el final). Sus hijos viven marcados por las heridas sufridas al intentar escapar de la sombra de su progenitor: Danny (Adam Sandler) es un don nadie recién divorciado volcado en la educación de su hija, mientras que Matthew (Ben Stiller) decidió “matar al padre” teniendo éxito allá donde el otro fracasó (es decir: lo económico). Una tercera hija, Jean (Elizabeth Marvel), hace lo que puede para capear el temporal (y, en el camino, roba parte de la función a sus hermanos).

Las red de araña de las relaciones entre todos los miembros de la familia Meyerowitz son complejas y se ven saboteadas continuamente por vivencias del pasado que pueden parecer absurdas pero que van revelando poco a poco sus efluvios dramáticos hasta alcanzar varios puntos en los que la tragedia rompe la espina dorsal de la comedia con sus dientes afilados y se dedica a masticarla ante la mirada atónita (y el corazón destrozado) del espectador. Y es que “The Meyerowitz Stories” no es otra historia de losers adorables en la estela de Wes Anderson… No: el fracaso vital de los personajes de Baumbach es algo real. Y duele. El padre nunca triunfó ni será recordado en el futuro. Y sus hijos han perdido su vida luchando contra una sombra que nunca fue alargada, sino tan minúscula como la figura artística de Harold.

Todo lo demás son palabras. Noah Baumbach siempre ha demostrado dominar el diálogo con una precisión y una intencionalidad certeras y elocuentes, y aquí vuelve a hacerlo no solo para aturullar al espectador con los diálogos geniales, sino también para demostrar que las palabras son capaces de inflar globos de colores y formas inverosímiles y hacerlos volar muy pero que muy alto. Hasta que explotan. Y solo queda la nada… y el recuerdo de la belleza más pura. [Más información en la web de “The Meyerowitz Stories” en Netflix]

 

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