Existe en ella una especie de pérdida del sentido del tiempo, entendiendo la expresión como que la vida no transcurre según las 24 horas de un reloj. Es una ciudad que parece que siempre está despierta, un extraño lugar imaginario que nunca duerme, que está repleto de lujuria, amor y oscuras sombras”. De esta manera tan críptica y sugerente describe Matthew Dear la ciudad negra que da título al cuarto álbum realizado bajo su nombre de pila: “Black City” (Ghostly / PopStock!, 2010). Un entorno fantástico que el propio autor acota en una gran urbe futurista y en declive, por lo que no es difícil imaginar de dónde proviene la atmósfera que se respira en el nuevo trabajo del productor y dj texano: de los postulados más tradicionales de la ciencia ficción, hábilmente difundidos por las obras clásicas literarias y cinematográficas de dicho género. Este es el punto de partida de Dear, cuyo empeño se centra en, por una parte, edificar una remozada “Metrópolis” (Fritz Lang, 1927) y, por otra, recrear los ambientes más sórdidos y ocultos de algunas de las calles por las que se suele mover (de noche, se supone), pertenecientes, probablemente, a Nueva York (si es que en algún momento se escapa de los límites ficticios). Dejando de lado su poso conceptual, “Black City” surge como contrapunto reflexivo al pulso bailable y desenfadado de “Asa Breed” (Ghostly, 2007), el LP que acercó a Matthew Dear al gran público al cambiar su conocido techno minimal heterodoxo por un pop avanzado y a la vez accesible. Y ahí es donde continúa (sin contar con sus diversos alias), aunque indagando en sus rincones menos visibles, sin miedo a introducirse en los callejones más peligrosos… Incluso da la sensación de que se atreve a meterse en las cloacas más mugrientas para dar cuenta de lo que allí sucede, si no con palabras, al menos sí con ritmos electrónicos perversos.

Los asuntos superficiales que afloran en ese universo son los esperados: sexo, vicios clandestinos, historias sobre seres humanos sin rumbo… Temas que se desarrollan a partir de unas letras efectivas que, a pesar de no huir a veces de los tópicos, resultan igual de interesantes y atrayentes que las estructuras sintéticas sobre las que se apoyan. Dear se olvida de tejer redes tecno-pop rígidas y diáfanas y, en esta ocasión, se decanta por deconstruirlas y convertirlas en una materia voluble, susceptible de adaptarse a esos espacios herméticos que intenta trasladar al oyente. Idéntica intención persigue la manera en la que él mismo interpreta cada corte: su voz aparece unas veces filtrada, otras desdoblada, pero siempre sinuosa y grave. En resumen: el norteamericano da continuidad a los logros obtenidos en “Asa Breed”, que se mostró como su canto de cisne en cuanto al atrevimiento por jugar con el envoltorio y la lírica de sus nuevas composiciones, que ya podían ser catalogadas como canciones de pleno derecho. Sin embargo, el cariz siniestro de “Black City” provoca que las limpias ventanas por las que antes entraba luz ahora aparezcan opacas y cubiertas de polvo. Tras ellas, Dear rehúsa dejar ver su cara nítidamente y se sube las solapas de su gabardina para no ser reconocido en su inmersión en los tugurios y los lupanares más sucios de la ciudad negra.

Los primeros pasos sobre esos terrenos resbaladizos se dan con cautela, entre luces de neon fundidas, montones de basura y algún que otro personaje que invita a acceder a locales depravados y corrompidos: “Honey” transita lentamente en esa dirección y añade elementos de misterio a la de ya de por sí escabrosa viñeta; “I Can’t Feel” y su pátina de funk ochentero de ultratumba (como si un James Murphy descarriado se pusiese al frente de un ejército de zombies) es la llave que abre la puerta a un mundo onírico reservado sólo a aves nocturnas; y la pseudo-glo-fi “Slowdance” funciona como banda sonora de un baile chamánico que, más que dirigir las miradas al cielo y buscar las estrellas , obliga a escudriñar las entrañas de la decadencia de los habitantes de la ciudad negra. Estos mismos quedan retratados en “Little People (Black City)”, enorme cuadro salpicado de pinceladas del techno habitual pergeñado por Matthew Dear y del histrionismo arty derivado de David Byrne. Los ecos de esos Talking Heads indomables se mezclan con unos Depeche Mode industriales para relatar lo que podría ser un acercamiento físico con el mismísimo Lucifer en “You Put A Smell On Me”. Ese aquelarre satánico continúa con “Shortwave”, y el descenso a los infiernos se confirma una vez sufrida la opresión de “Monkey” y los teclados demoníacos de “More Surgery”: si Matthew Dear deseaba, además de destapar sus alucinaciones más extravagantes, crear desasosiego e intranquilidad, lo consiguió. El desconcierto de esta pesadilla se atenúa con el romanticismo cuasi apocalíptico de “Gem”, que pone fin a este paseo por los bajos fondos de la ciudad negra.

La silueta difuminada entre las penumbras de “Black City” deja entrever la figura borrosa de un Matthew Dear reconvertido en filósofo futurista y demiurgo de la electrónica turbadora, aunque no alcanza los niveles de decrepitud del inframundo que preconizaron Burial, Kode9 y otros adalides de la tecnología tenebrosa. Dear se sumerge (y sobrevive) en una realidad moribunda que quizá no esté tan lejos de la nuestra. Pero, al fin y al cabo, todas estas cábalas no son más que memorias de un mañana: por ahora, cualquier parecido con esa realidad es mera coincidencia… o no.

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