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Me encontraba escuchando por quinta o sexta vez el nuevo disco de Los Punsetes, LPIV (CANADA, 2014), y mascullando cómo enfocar la reseña sobre el mismo que justo ahora están leyendo, cuando cayó la enésima bomba informativa sobre las corruptelas políticas de este nuestro país envuelta en papel de celofán canario con una tarjetita a nombre de Olga María. Claro, intentar asimilar el enésimo esperpento procedente de ese partido azul y gaviotil mientras se pretende interpretar las letras bañadas en sosa cáustica y escupidas por Ariadna se convierte en un ejercicio mental con una única conclusión: el cuarto álbum de la banda madrileña adquiere sentido pleno en una España desastrada como la actual gracias a las gentes -ya sean mediáticas, anónimas o conocidas del barrio- que protagonizan sus historias más truculentas, mafiosas, descacharrantes y surrealistas. Esta tesis -que en la discografía de Los Punsetes empezó a aplicarse con ahínco en el anterior Una Montaña es una Montaña (Everlasting, 2012)- se despliega en “LPIV” canción a canción hasta conectar con la perspectiva individual de cada oyente en función de sus experiencias propias.

Pero no sólo de lo que pasa más allá de su fuero interno vive el ser humano crítico y viperino, sino también de lo que siente y padece consigo mismo. En este sentido, se podría dividir el tracklist en dos grandes secciones: por un lado, los reflejos del desencanto de la generación que va de los veintilargos hasta los treinta y tantos años; y, por el otro, la disección letal sobre asuntos ajenos en particular y el mundo de hoy en general. Valga esta partición para ordenar la rabia, encauzarla paso a paso y alcanzar el alivio total una vez llegados al final del LP.

Si empezamos por las frustraciones personales que recoge “LPIV”, el disco arranca de una manera apabullante y resignada con “Amanece más Temprano”, que ensarta uno de los refranes más sabios de la tradición patria en un estribillo glorioso que difumina deseos de dar cabezazos contra una pared debido a la soledad y sus posibles ataques de locura transitoria. Por su parte, “Bonzo” actúa como un espejo en el que rebotan chascos y desilusiones que crecen a medida que la edad adulta avanza y se estanca, miedo que encapsula “Museo de Historia Natural”. Aunque la fortuna -incluido el dinero, cómo no- también tiene mucho que ver: “Vaya Suerte que Tengo” lo repite como un mantra de auto-convencimiento. Hecho el exorcismo, se expulsa todo el veneno acumulado en las entrañas.

Cuando toca saltar a la cuestiones externas -pero que al final nos acaban afectando directamente-, “Tan Lejos Tan Cerca” presenta la mecha que, si la prendes, revienta todo a tu alrededor. “Tu Opinión de Mierda” va más allá y vomita encima de todos aquellos voceros que uno puede imaginarse con disfraz de crítico musical esnobista (glups…), facebookero amante del postureo, tuitero llorica que se lamenta por sus problemas del primer mundo, tertuliano que frecuenta afters en estado ebrio o tertuliana que se casa con negros negrísimos. Y “Los Últimos Días de Sodoma” habla de una ciudad cualquiera que perfectamente podría ser la mía o la tuya (si no eres de la capital del reino) pero que se refiere a esa en la que funciona la ley de la Botella: quien no la retire, se irá al infierno con ella. Ahora la mente ya se siente liberada; y el alma, más a gusto.

La fase catártica de “LPIV”, en la que se condensa el núcleo emocional del disco, coincide con sus dos cortes bandera: “Arsenal de Excusas”, de aire sentimental con la que se exprime toda la acidez de la recurrente sentencia “soy yo, no eres tú”, que incluso se puede dar la vuelta sin caer en el cinismo; y la enorme “Me Gusta que me Pegues”, cuyo efecto definitivo es muy similar a aquel que producía la versión fílmica de “El Club de la Lucha”, que despertaba unas ganas irrefrenables de salir a la calle, dar una buena hostia y recibir otra a cambio. Aunque, en el caso que nos ocupa, esa energía se reciclaría en un acto de desahogo de estruendosas proporciones -que algun@ osad@ quiso describir como una apología de la violencia de género- contra nuestra particular piñata andante (memorable el clip firmado por su nuevo hogar discográfico, CANADA).

Pero toda esta retahíla de sensaciones no tendría ningún impacto si no estuviese cubierta por un sonido adecuado con el que acoplarse armoniosamente. En esa materia, Los Punsetes siguen demostrando su habilidad para mantener fresco como el primer día un estilo intransferible que han moldeado sabiamente desde su debut. De hecho, que el álbum se titule “LPIV” -en la línea de sus antecesores Lp (Gramaciones Grabofónicas / Everlasting, 2008) y Lp2 (Everlasting, 2010)- sugiere que el grupo ha querido regresar de algún modo a la crudeza e inmediatez formales de sus inicios. Eso sí, al mismo tiempo se muestra como una prolongación del gran trabajo en la producción de Pablo Díaz-Reixa en Una Montaña es una Montaña, que aquí repite tarea y logra que el surtido de efectos guitarreros tenga sabor a ambrosía: las mencionadas “Bonzo”, “Me Gusta que me Pegues”, “Museo de Historia Natural” u “Opinión de Mierda” más el gran cierre “Nit de l’Albà” estallan entre noise planetero, shoegaze chispeante, reminiscencias C86, distorsión, feedback y enmarañamiento eléctrico mediante melodías en todos los casos efectivas e infecciosas. Una adherencia que se extrapola a los pasajes más transparentes y rítmicamente parsimoniosos, como “Arsenal de Excusas”, “Los Últimos Días de Sodoma” o “Vaya Suerte que Tengo”.

Con todo, “LPIV” peca de cierta monotonía formal que lo aleja unos centímetros de “Una Montaña es una Montaña” por la variedad que este incluía. Pero se erige en otra notabilísima muesca que marcar en la culata del estilo punsete, del cual se sigue diciendo por ahí que “suena a lo de siempre”, “la voz plana de Ariadna aburre” -cuando aquí aparece más empática que nunca-, “el grupo no hace puta gracia”… Son sólo opiniones de mierda. Como la que he expresado en este texto, básicamente.

 

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