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Año nuevo, disco nuevo. Este debe ser uno de los propósitos -si no el principal- de Las Ruinas cada vez que se toman las doces uvas en Noche Vieja y que, si dejaran de cumplirlo, se haría muy raro. ¿Una temporada musical sin tener novedades del trío formado por Edu Chirinos (voz y guitarra), Jaime Bertrán (bajo y voz) y Toni López (batería)? Imposible… Aunque esta vez no han apurado tanto los plazos como con su anterior referencia, Acidez House (El Genio Equivocado, 2013), publicado en los estertores de 2013, y han dado margen antes de que acabe el año tanto a público como a crítica para comprobar que la evolución practicada en el citado trabajo -apertura de su habitual punk-rock de baja fidelidad hacia el post-punk de amplio espectro, el dub y el pop- no fue flor de un álbum. Esta es la gran conclusión a la que se llega una vez destapada la que es ya la quinta pica en su trayectoria, Toni Bravo (El Genio Equivocado, 2014), que se puede considerar la sublimación de su sonido al funcionar como una plataforma en la que mantienen desplegado el abanico estilístico abierto en “Acidez House” y pulen las diversas fórmulas pop-rock usadas en el pasado.

Eso sí, Las Ruinas no abandonan del todo su espíritu lo-fi y conservan intacto su ánimo por hacer del costumbrismo urbano-callejero su bandera y transformar relatos cotidianos en pequeñas grandes historias. Aunque en “Toni Bravo” las letras adquieren un mayor tono pesimista y apesadumbrado, hecho que se aprecia en el crepuscular arranque del LP: “Yo Fui Abducido” inserta sensaciones de derrotismo, alienación, amargura y frustración en un ritmo pausado y grave que coloca a la canción como heredera de “Where Is My Mind?” de Pixies. Y, más adelante, “Paseo Marítimo” agudiza esos indeseados sentimientos perfilando un cuadro hiperrealista que propicia una purga interior.

En cierto modo, resulta extraño extraer una negatividad -que va de lo personal a lo general, de lo local a lo universal y viceversa- tan afilada de unos versos firmados por Las Ruinas, pero así se demuestra la expansiva capacidad lírica de los barceloneses, como si quisieran confesar que no todo va a ser hablar de (aparentes) banalidades en esta vida -pese al happy end que ofrece “Canción para Ligar”-, tal como demuestran “Cansado de Mí” -toda una declaración de auto-hastío (o anti-egocentrismo)- y “Nada” -que concentra un nihilismo sexpistoliano que avanza que, directamente, no hay futuro-.

Los dos últimos cortes mencionados reflejan, además, una porción de la energía que bombea el corazón de “Toni Bravo” en forma de rock de pulso espartano y azuzado por una electricidad bien dominada y dirigida que se administra mediante latigazos espasmódicos (“Postales”) y riffs pétreos de progresiva intensidad marca de la casa (“El Estado del Bienestar”, interpretada por el bajista Jaime, al igual que “Nada”). La otra parte del combustible que aporta vigor a Las Ruinas en este disco proviene de un power-pop infeccioso que tanto se balancea entre acordes límpidos y bajos gomosos que acotan un estribillo electrizante (“Autómatas”) como se sustenta sobre una melodía luminosa apoyada en guitarra acústica (“La Épica de la Pobreza”) o acude al indie ochentero de la transición entre las etiquetas británicas C81 y C86 (la saltarina “Ramón y Cajal”).

Este ramillete de piezas ayuda a hacerse una idea del proceso que Las Ruinas han seguido para renovar su estilo sonoro sin dejar de ser reconocibles. Y “Toni Bravo”, en su totalidad, refleja el certero procedimiento establecido por la banda para madurar su corpus lírico -la actual realidad española, sin duda, aprieta-. Conjuntados y combinados estos ingredientes, Las Ruinas han facturado el que es, quizá, su disco más completo.

 

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