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Catorce canciones grabadas en vivo y en tan sólo dos días. Más veloz y vertiginoso, imposible. Así fue el proceso en el que se registró en el estudio el contenido de Acidez House (El Genio Equivocado, 2013), el cuarto disco con el que Las Ruinas cumplen a rajatabla su compromiso de entregar cada año un álbum desde su fulgurante debut, “Butano!” (El Genio Equivocado, 2010). Los conceptos de rapidez y efectividad se han relacionado continuamente con el discurso del trío barcelonés –Edu Chirinos (voz y guitarra), Jaime Bertrán (bajo y coros) y Toni López (batería)-, tan inmediato y urgente a nivel sonoro -con el punk y el lo-fi por bandera; o heavy-pop, así definen ellos mismos su estilo- como incisivo a la hora de perfilar unas letras fieles a la realidad, cortantes, irónicas y ácidas, por supuesto. De ahí que tuviera que llegar el día en que Las Ruinas se decidieran a bautizar uno de sus LPs recurriendo al sustantivo derivado de dicho adjetivo que denota corrosión, ardor, quemazón e incluso aspereza.

Las sensaciones transmitidas por esos términos se conectan directamente con las imágenes, situaciones y escenas que componen el cuadro de “Acidez House” y que plasman con las palabras justas y necesarias tanto los efectos de un presente ponzoñoso (“Bar Europa”) y arruinado por la incompetencia de los que mandan (“Generación Perdida”) como las consecuencias de la cultura low cost (“La Radio Ha Muerto”) y las imposturas sociales (“Escalera Mecánica al Cielo”, “Chica Fiestera”) propias de nuestra era. Con todo, y a pesar de la espesa negrura, aún queda espacio para que Las Ruinas den rienda suelta a la agudeza humorística que entronca con el costumbrismo callejero que va de lo particular a lo general, de un modo similar a cuando recurrían al humor para hacer justicia a los actores secundarios del mundo o soltaban bramidos cerveceros de surrealismo urbano impulsados por la aceleración de un punk-pop garagero construido por riffs que escupían esquirlas de óxido.

En “Acidez House”, esa celeridad a veces desbocada se relaja debido al salto de Las Ruinas al terreno del post-punk -en su espectro más amplio, desde el dinámico y enérgico al reptante-, como el cultivado por Las Nurses o los primeros Girls Names, por poner un par de ejemplos contemporáneos de aquí y de fuera. Pero los barceloneses se atreven a abrir todavía más el abanico estilístico para respirar vapores dub en la humeante “Nit Bus” y asear su sonido hasta incrustarse en el pop (a secas) mediante “Lucero Herido” (castañuelas incluidas) y “Soñadores” y en el pop-rock de raigambre sudamericana gracias a “Fragilidad” y “Océanos de Amor”, lo que confirma la capacidad de evolución de su propuesta, quizá tomada relativamente en broma en sus inicios y ahora absolutamente expandida y consolidada.

No en vano, Las Ruinas lucen galones por los méritos contraídos en el pelotón de cabeza del actual ejército indie-post-punk-rock patrio (disculpen la acumulación de etiquetas…) en el que desfilan con contundencia desde los mencionados Las Nurses hasta Juventud Juché, pasando por El Pardo, Kokoshca o Perro y cuyo lema podría ser la siguiente sentencia rescatada de uno de los cortes incluidos en “Acid House”, la reveladora “Este Espíritu”: “Pueden recortarme los ojos, pueden recortarme la boca, pero nunca podrán recortar este espíritu jamás”. Queda claro el mensaje…

 

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