Resulta demasiado tentador afirmar que “L’Apollonide. Casa de Tolerancia” va de algo… Porque la verdad es que no va de nada. Esa es la principal belleza de este film que se muestra impermeable (y casi intolerable) hacia las pesadas gotas de la narración clásica, de la abstracción visual e incluso de la metaforización conceptual. Lo que no quiere decir que la película de Bertrand Bonello sea uno de esos films de antinarratividad prototípicamente asiática en los que no ocurre absolutamente nada y que se enredan dulcemente en explorar el tiempo como si de un espacio vacío se tratara… Aunque “L’Apollonide” realmente “no vaya de nada“, sería faltar a la verdad afirmar que en ella “no ocurre nada“: es este un film en el que ocurren cosas desde su espectacular escena de apertura, cuando una de las protagonistas le narra un sueño a un cliente que acabará desfigurándola brutalmente. Pero es precisamente en esta escena (en la que el verdadero poder está en lo que se sueña mientras que lo que ocurre no se llega a mostrar directamente: la ensoñación por encima de la acción) donde se establecen las bases sobre las que se erigirá esta film que, a grosso modo, podría describirse como un sublime retrato de la vida de unas prostitutas de alto copete durante el cambio del siglo XIX al siglo XX.

Sigamos tirando por tierra las teorías facilonas: por mucho que esto sea un “retrato” de una belleza visual magnánima, tampoco hay que caer en la trampa de anclarse en los tópicos de los retablos vivientes o tableaux vivants. Es innegable que Bonello ostenta una gran facilidad para convertir el encuadre en un lienzo de cualidades vivamente pictóricas (y muy fin de siècle, todo sea dicho); e incluso sorprende toparse con que el director es capaz de “pintar” con diferentes paletas cromáticas y estilísticas: dentro de la casa, las bellezas femeninas protagonistas se retratan con el cromatismo del mundo del espectáculo propio de un Dégas al que se le ha extirpado la vitalidad y se le ha substituido por la languidez burguesa de Tissot, pero en la única ocasión en el que las chicas salen de su “prisión” (y van a nadar a un lago) la luz entra a raudales en el encuadre como reivindicando los hasta entonces olvidados tutús blanquísimos del mismo Dégas y mezclándolo con el erotismo acuático de Sorolla. Sin embargo, y por muy fácil que resulte realizar estas comparaciones, lo cierto es que la belleza de “L’Apollonide” siempre es más cinematográfica que pictórica: parece que la voluntad de Bonello no es tanto recrear cuadros ni estilos pictóricos y mucho más mimetizar la luz, las apariencias y las atmósferas de la época retratada (una voluntad muy similar, por cierto, a la de Terence Davies en “The Deep Blue Sea“).

Si en lo visual resulta difícil buscar amarres en lugares comunes y seguros, lo mismo pasa en la trama. Cualquiera podría decir que “L’Apollonide” se ve vertebrada por la historia de La Dama que Ríe, por la de la joven adolescente que aterriza en el prostíbulo por voluntad propia, por la jóven embarazada, por la de cualquiera de las otras chicas que se ven atrapadas entre la (poca) voluntad de salir de su prisión y la (excesiva) languidez con la que se ven atenuados sus diversos vicios en la casa… Pero al llegar al final del metraje, la sensación es que ninguna de esas historias (ni las de los clientes) ha acabado de despegar, que ninguna ha llevado la trama hacia ningún tipo de clímax narrativo. Ni falta que hace. Porque puede que esta voluntad de Bonello de que su film no vaya de nada concreto, que no tenga ni protagonistas ni tramas principales, está relacionada con la propia época en la que se encuadra el film: el cambio de siglo se ve reproducido con un eco insistente a diferentes niveles a lo largo de la película. Múltiples son las ocasiones en las que el realizador utiliza la pantalla partida mostrando el contraste entre dos espacios (temporales, físicos, narrativos) colindantes pero, por encima de todo, el principal cambio que parece buscar Bonello es el de una sensibilidad. Mejor dicho: el de una sensualidad. Porque las trabajadoras de esta casa del placer parecen ser el último bastión de una concepción lúdica del placer como agente de belleza (algo que se subraya con ese epílogo final en el que se nos muestra en qué consiste el placer como intercambio a día de hoy). Ese es el corazón (si es que lo tiene) de “L’Apollonide“: la reivindicación del placer (incluso del placer pagado) como un juego precioso, limpio, apacible y de una belleza delicada fácilmente perturbable.

De esta forma, con una cinta que no va de nada pero en el que ocurren muchas cosas, una película que huye de las comparaciones pictóricas por mucho que su belleza se poderosamente visual y, sobre todo, con un trabajo de campo empeñado en explorar el intersticio vacío y amplo entre dos espacios, el instante de cambio aletargado.. Con todo ello, Bertrand Bonello firma un film que subyuga por lo que tiene de personal e intransferible: una sentida muestra de autoría y autoridad sobre unas formas y decisiones que no necesitan compararse con nadie ni circunscribirse en ningún movimiento (algo que queda más claro todavía cuando, alejando el fantasma de la etiqueta engolada “de época“, el realizador atraviesa el film con varias canciones incoherentemente modernas, con especial mención al “The Right To Love You” de The Mighty Hannibal que abre el metraje y el célebre “Nights in White Satin” de The Moody Blues). Un purgatorio en el que todos los personajes parecen atrapados por voluntad propia porque saben que, más allá de sus cuatro paredes, el cambio está arrasando con el mundo tal y como lo conocen. Con un mundo cuya belleza no debería haberse perdido nunca.

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