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El gran mal de la literatura moderna es, sin lugar a dudas, la ultra sofisticación de su forma. La imposición de la Gran Novela Americana (mamotreto de más de mil páginas con predilección por la estructura de novel río, con enormes flash-backs historicistas y con vocación alarmante de Pulitzer) sólo ha peligrado en los últimos momentos ante el hermetismo de la narrativa fragmentada postmoderna (es decir: Pynchon, secuaces y herederos indeseados)… Entre unos y otros parece que se han llevado por delante aquella literatura que, sin necesidad de utilizar las mayúsculas constantemente, sabía alcanzar unas cotas de calado literario inalcanzable para la gran mayoría de los escritores actuales. Pongamos, por ejemplo, “La Dama Que Se Transformó En Zorro” de David Garnett.

Advierto: no es un ejemplo elegido al tuntún. Es un ejemplo que viene a dinamitar a cualquier obra que, superadas las trescientas páginas, no haya conseguido concretar un discurso tan sumamente sugerente como el de este libro publicado ahora por Periférica en nuestro país. Y es que, a priori, lo de “La Dama Que Se Transformó En Zorro” es poco más que un cuento sin pretensiones en el que Garnett narra un suceso que, en otras manos, no pasaría de entrañable y fantástico: un buen día, la mujer del señor Richard Tebrick se transforma en zorro. Al principio, su esposa sigue manteniendo la conciencia humana y, lo que es más importante, sigue sintiendo un pudor extremo hacia su propia forma, un pudor que le obliga a aparentar que el cambio no ha sido tan traumático y que puede seguir comportándose con la misma dignidad que ostentaba cuando era simple y llanamente la Sra. Tebrick. Pero, poco a poco, la conciencia humana va disolviéndose dentro de la bestia animal, y ahí es cuando el corazón del marido empieza a sufrir realmente.

La prosa de Garnett es cristalina como la de un cuento infantil, pero es precisamente este gusto por la transparencia el que, al fondo de una forma pluscuamperfecta, deja ver un monstruo de oscuridad que repta con parsimonia letal. Porque puede que el punto de partida de “La Dama Que Se Transformó En Zorro” no sea nada sofisticado, pero la trascendencia de su propuesta apunta alto, tan alto como un retrato sublime de ese momento en el que te das cuenta de que estás durmiendo con alguien a quien no conoces: ambos pasáis por ese momento en el que ambos hacéis ver que nada está pasando, que nada ha cambiado, pero tarde o temprano la naturaleza y los instintos se acaban imponiendo, de tal forma que le dolor y el sufrimiento son la única salida a una situación que nunca (absolutamente nunca) presenta la posibilidad de la marcha atrás.

La pluma de David Garnett muestra una lucidez cortante cercana al escalpelo quirúrgico. Sus párrafos pueden arrancar con la liviandad de una leyenda transmitida de forma oral para, a continuación, ganar en densidad y atentar de forma agresiva contra quien está leyendo: “Verla tan atribulada le proporcionó la más extraña mezcla de dolor y alegría que hubiese experimentado jamás, pues, sintiendo un arrebato de renovado amor hacia ella, no podía soportar ser testigo de su aflicción, y, sin embargo, debía disfrutar de ello, pues alimentaba sus esperanzas de que volviera a ser un día una mujer. Así pues, cuanta más angustia padecía el zorro, más esperanzas albergaba él, hasta que, debatiéndose entre el amor y la compasión, casi llegó a desear que siguiera siendo sólo un zorro para que no tuviera que sufrir tanto por ser medio humana“.

La Dama Que Se Transformó En Zorro” puede que no sea más que un pequeño gran cuento, puede que no tenga vocación de novela para pasar a la historia, aunque en su interior alberga una parábola que deja al descubierto uno de los momentos más dolorosos por los que puede pasar una historia de amor… Pero esta maestría de la forma justa y comprimida que encapsule un fondo palpitante, vibrante, subyugante, es algo que cuesta encontrar en la literatura actual. Así que acerquémonos a Garnett y celebremos que, por lo menos, en 1922 alguien supo hablar de esta realidad que, a día de hoy, sigue doliendo con la misma fuerza sin mayores pretensiones, sin mayores sofisticaciones.

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