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Recuerdo que, mientras escuchaba por vez primera “Love Frequency” (Akashic, 2014), comentaba con Estela Cebrián que esto te pega tal viaje fiestero que, en vez de estar editando textos delante del ordenador, más bien tenía ganas de salir corriendo al Moog (ya se sabe: el recurso party-harder de los que quieren salir entre semana en Barcelona) y dejar que el primer desalmado que pasara por allá me echara lo que le diera la gana en la bebida para ver si amanecía en el metro de París después de haber secuestrado una llama en el zoo de la ciudad. En vez de eso, tuve la sensatez de seguir editando textos y dejar que ella me explicara que había leído que, según los Klaxons, su anterior disco lo habían compuesto pensando en la pista de baile y que este, sin embargo, lo habían creado con la idea de compartir su amor con la gente a la que quieren. Mi respuesta fue inmediata: sí señor, “Love Frequency” está repleto de amorcito del bueno, de ese que te provocan las pastillas que ilustran la portada del álbum (¿la mejor portada del año?) y que conducen a ese maravilloso estado alterado en el que te ves en medio de un club debatiéndote entre bailar el musicón que suena o abrazarte a todos los que te rodean y tocarles el pelo como si fueran animales de compañía.

Ese es el amor del que está preñado “Love Freqüency“… Y, aquí y ahora, descorchando el verano y con más ganas de fiesta en el cuerpo que de recibir una paga extra en Navidad, he de decir que no es algo desdeñable el chute de amor que nos ofrecen Klaxons. Sobre todo si tenemos en cuenta que su anterior “Surfing The Void” (Polydor, 2010) fue un disco aburrido como pocos. Tampoco puedo hablar mucho al respecto: juro y perjuro que intenté escucharlo varias veces, pero nada se quedó prendado en mi memoria (y mucho menos las ganas de re-escucharlo de nuevo). Si aquello estaba dedicado a la fiesta, pues vaya mierda de fiesta. Sería una fiesta de ex-aficionados a las drogas, que son los peores y los más talibanes (un poco por debajo de los ex-gordos en la “escala de ‘exs’ detestables”). Así que centrémonos mejor en el presente, que pasa por un total de once odas al hedonismo artificial que han sido producidas por gente que de hedonismo artificial entiende un buen rato, tal y como Tom Rowlands (The Chemical Brothers), James Murphy o Erol Alkan. ¿Se necesitan más credenciales fiesteras para lamer la portada de “Love Frequency“?

La cuestión es que ya deberíamos haber sospechado que esto iba a ocurrir: el primer single que lanzaron Klaxons hace ya muchos meses, el muy chocante “Atom to Atom“, se abría como un una oda al house ravero de finales de los 90 y acababa por peteneras, con un subidón que por ahí tacharon de facilón, pero a ver quién es el guapo que es capaz de contener las ganas de montar una fiesta de la espuma en su habitación mientras suena este anthem absoluto. Los siguientes singles no bajaron el nivel: “Children of the Sun” frenaba las revoluciones pero elevaba las ganas astronómicas de hacer ¡chas! y aparecer al lado de un coro de hooligans coreando “na na na nah“; y, aunque al principio cuesta pillarle el tranquillo al estribillo ramploncete de “There Is No Other Time“, hay que reconocer que se te mete en la cabeza y que, cuando lo escuchas en templos del placer extrasensorial como esta mixtape de Claptone, es inevitable que se te ericen todos los pelillos del cuerpo y que se te seque la boca como si te acabaras de despertar un domingo de resaca.

Estos tres temas, sin embargo, son tan sólo un pellizquito de lo que te espera en “Love Frequency“: aquí hay canciones que se miran cara a cara con el debut disco de Klaxons sin desfallecer en lo hipervitaminado y sin resultar bochornosas, como la espídica apertura con ese balón de aire que es “New Reality“; también hay refinamientos mariquitinguis muy al gusto de The Presets como “Out Of The Dark“; hay momentos para soltar el acelerador como los experimentos que suenan a interludio de “Liquid Light” o “The Dreamers“… Pero, sobre todo, por encima de todo, por encima de todas las cosas, en “Love Frequency” está algo así como la cuadratura del círculo de Klaxons. Cuando esta banda aterrizó en la escena musical, muchos nos tirábamos de los pelos por el hecho de que cierta prensa musical hubiera utilizado el término nu-rave para referirse al estilo musical que practicaban cuando lo cierto era que aquello de rave tenía bien poco. Ahora, sin embargo, “Love Frequency” por fin suena a rave noventera, desde sus inicios madchesterianos hasta su disolución final totalmente bastardizada y desgarrada (placenteramente) entre las ruedas dentadas de la cultura de club de finales de la década. Temas como “Invisible Forces“, “Rhythm of Life” o el coherente cierre con “Love Frequency” hacen pensar que el nu-rave de Klaxons por fin hace honor a su nombre, que por fin es un nu-rave real y no la mierda aquella que nos quisieron vender a finales de la década pasada.

¿Que eso ya lo están haciendo otros ahora mismo? Sí. ¿Y qué? Que nadie me malinterprete: visto lo visto y escuchado lo escuchado, a Klaxons se la pela ser fieles a ningún género. Ellos parecen más interesados en encontrar la frecuencia del amor y quedarse allá a vivir. De hecho, son tan majos que abren esa frecuencia para que cualquiera la pueda sintonizar y, directamente, quedarse a vivir allá. Como la TDT, pero con la percepción alterada.

 

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