Kelley Stoltz es uno de esos emblemas tapados del indie norteamericano. Su nombre y sus canciones de largo recorrido llevan sonando en las radios universitarias y emisoras underground desde hace una década. Es una de esas piezas importantes (pero injustamente poco reconocidas) que permiten que el engranaje de la maquinaria alternativa yanqui gire con estabilidad, dentro del rumbo adecuado, y no pierda su conexión con el pasado más o menos reciente. No hablamos de un músico que centre sus ímprobos esfuerzos en realizar simples ejercicios de estilo: no, él mismo es el estilo, entendido en el sentido de que resuelve con elegancia su admiración por sus evidentes influencias sin caer en la imitación ni el homenaje barato, trasladando al mundo que no existe mejor manera de conservar el legado de los padres del pop y del rock que sacándole brillo un día sí y otro también. Si hubiera que apostar un buen puñado de dólares por la fiabilidad de un disco y su autor, sería a favor de Kelley Stoltz y su último as de diamantes, “To Dreamers” (Sub Pop / Pop Stock!, 2010), lo mismo que se podría haber hecho anteriormente con “Below The Branches” (Sub Pop, 2006) y “Circular Sounds” (Sub Pop, 2008). De ahí que Sub Pop lo tenga bien situado en un peculiar pedestal desde que fichó por el legendario sello allá por el año 2005, momento a partir del cual empezó a ejercer de modesto símbolo de la compañía, alejado de los interesados focos que suelen alumbrar caras más publicitadas.

Otro gran mérito del residente en San Francisco es haber sobrevivido a los cada vez más veloces cambios generacionales y haber trascendido la tiranía de las tendencias modernas más artificiales e impostadas. Vamos, que lo de renunciar a sus principios supondría para él vender su alma al diablo por un plato de lentejas recalentado en un microondas: el espíritu rebelde e independiente (en toda su extensión) es innegociable. Su modus operandi se basa en la autonomía y la libertad que proporciona grabar en su propio estudio, en su propio hogar, lo que le facilita, literalmente, hacer lo que le da la gana (además, domina todos los instrumentos sin problema). Puede que, por ello, su bagaje discográfico padezca cierta reiteración en cuanto a la receta musical de la que parte. A Stoltz no le pidan que practique piruetas circenses innecesarias… y, a cambio, recibirán trabajos homogéneos, de perfecto acabado, con las dosis justas de sonidos retro familiares para los oídos cultivados en el pop-rock de toda la vida: The Beatles, The Kinks, The Beach Boys, The Byrds, The Velvet Underground e incluso David Bowie. Estos son los clásicos eternos a los que recurre nuestro hombre en busca de la melodía redonda, el fuzz de guitarra más vibrante y, como en el caso de este “To Dreamers”, la manera ideal de destripar el concepto de nostalgia, desdoblado en la añoranza por algo o alguien que no volverá y en el deseo de que algo o alguien nuevo aparezca.

Algunas de la nuevas figuras de ese revival garagero que mira hacia el sol que mejor ilumina y más calienta (entre ellas, Wavves) deberían saber que tienen en Kelley Stoltz un buen guía al que seguir. Seguro que a Nathan Williams le hubiera encantado sacarse de la manga un tema de la talla de “Rock & Roll With Me”, que sabe al rock añejo e inmaculado de los comienzos de toda esta historia mezclado con unas gotas de glam bien administradas. Los 70 campan a sus anchas igualmente en “I Don’t Get That”, que recupera al Bowie de principios de esa década, y en la relativamente sensual (sí, Stoltz es capaz de ponerse tontorrón) “I Like, I Like”, que encierra clichés del género como la voz y los coros juguetones y el saxo insinuante. El turno de los sempiternos Lennon / McCartney llega cuando el discurso varía radicalmente y toca ponerse reflexivo (“Pinecone” muestra una costuras acústicas tradicionales y “August” cae lentamente en la melancolía estival cual ligera pluma arrastrada por unos suaves vientos de trompeta, los mismos que acunan, junto a unas delicadas cuerdas de fondo, la preciosa “Bottle Up”) o contenidamente eufórico (“Love, Let Me In Again” grita al amor, entre sha-la-la-las, que dé otra oportunidad para luchar contra la soledad). El ritmo del disco se acelera con los primeros acordes de “Keeping The Flame” y “Fire Escape”, cuyo nexo recurrente, el fuego, plasma gráficamente su explosividad a través de unos riffs afilados (el fenecido Jay Reatard sabía en quién tenía que fijarse, aunque fuese el vecino de la casa de la competencia) y arreglos cuasi psicodélicos por los que matarían Darwin Deez o Pop Levi.

Ya quedó más que patente la filiación británica de Stoltz, aunque él no se cansa de demostrarla (sólo le faltaría reconocer que hubiera preferido nacer en el Londres de los 60): “Little Girl” empaqueta en menos de dos minutos el nervio de Ray Davies y Paul Weller. Aunque la gran guinda a este pudding la coloca “Baby I Got News For You”, fiel versión del incunable de la época de la british invasion firmada por el mítico Big Boy Pete, o sea, Peter Miller, que colabora en persona con el norteamericano a la hora de reproducir uno a uno los acordes de una composición que aportó su grano de arena a la definición musical de un tiempo y un lugar. Si una leyenda viva del rock británico sesentero se digna a compartir su experiencia con un determinado artista, es que este último debe de tener una gran reputación e infundir respeto. Por si alguien lo dudaba, queda claro que Kelley Stoltz va sobrado de ambas virtudes… Un detalle (¿casual?) para acabar: otro de los temas representativos de Big Boy Pete se llama “London American Boy”. Más allá de que se refiere a él mismo, ¿qué otro rockero encajaría en la definición? Ese, ese: el creador del arrebatador “To Dreamers”.

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