“Jurassic World” lo tenía todo para ser el blockbuster del verano… Pero lo decimos bien clarito: es una película fallida a múltiples niveles.

 

En cierto momento de “Jurassic World“, dos personajes hablan sobre el Indominus Rex, el nuevo dinosaurio creado genéticamente a partir de la hibridación de diferentes especies (de dinosaurio o no) que se convierte, queriéndolo o sin quererlo, en la metáfora más triste y supurante de la película de Colin Trevorrow. La intención de ese diálogo (y de muchos otros) es dejarlo bien claro desde el principio: mientras que el Jurassic Park que protagonizó la primera película podía basarse en la fascinación por los dinosaurios como algo nuevo, a este Jurassic World le ha tocado lidiar con la generación enganchada a la pantalla de su smartphone, a la que sólo se le puede sorprender por la vía del “más grande, más furioso, más guay, con más dientes” y no a través de una explicación científica coherente y sorprendente.

Hasta aquí, bien. Pero en la mencionada conversación se habla del Indominus Rex como un portento de la ciencia moderna que ha de mantenerse en el más absoluto secreto… Y aquí está el problema: en que Trevorrow pretende la cohartada científica pero nunca la materializa en una realidad tangible. Dice el director que ha utilizado muchos de los diálogos del libro original de Michael Crichton para reforzar no sólo el marchamo científico de su película, sino también para hablar del eterno conflicto entre ciencia y negocio, entre moral y guerra. Lo que se ve en la película, sin embargo, tiene poco de científico y, sobre todo, queda muy pero que muy lejos de las fascinantes, complejas y profundas teorías que Crichton presentaba en su “Jurassic Park” fundacional: allá, la teoría del caos y la entropía eran la piedra de toque sobre la que se erigía una construcción destinada al fracaso, al colapso y a la ruina.

“Jurassic World” sólo parece efectivo como confirmación definitiva de Chris Pratt como héroe de acción para el nuevo siglo (y como mito erótico cada vez más confesable)

En el caso de “Jurassic World“, sin embargo, el Indominus Rex (que es algo así como el bochornosa bastardo surgido del polvo de una noche entre Smaug y el T-Rex de toda la vida) acaba siendo menos una justificación científica y más una triste metáfora cinematográfica: mientras que el “Jurassic Park” de Steven Spielberg era una película de verdadera sci-fi (es decir: ficción con un alto componente de ciencia), este “Jurassic World” acaba siendo un film que sigue al dedillo el libro de estilo (y los peores clichés) de los blockbusters del nuevo siglo para acabar cayendo en la vacuidad más absoluta. Porque lo voy a soltar ya, así, a las bravas: “Jurassic World” de Colin Trevorrow es una película fallida… a múltiples niveles.

Empezando por esas pretensiones científicas que tanto se quieren justificar y que, al final, se queda en el misterio de “no podemos decir qué animales hemos juntado en el ADN del Indominus Rex porque es alto secreto de laboratorio“. Aquí no hay complejas teorías del caos ni plausibles retruécanos de la teoría de la evolución encapsulados en mosquitos y ámbar: aquí sólo hay un bichejo “más grande, más furioso, más guay, con más dientes” que actúa de forma caprichosa exhibiendo características chulescas como el camuflaje de las Sepias de Nosequé y la capacidad de ocultar su temperatura corporal como las Ranas de Nosecuanto. Todo súper científico.

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Este patillerismo científico se traslada igualmente a un guión que parece olvidarse completamente de cualquier regla de verosimilitud narrativa: el frío personaje de Bryce Dallas Howard pasa completamente de sus nietos para dedicarse al parque jurásico, pero en cuanto el Indominus Rex empieza a cargarse a gente se olvida completamente del business y se lanza a una aventura por salvar a los niños sin importarle un pimiento que está dejando la dirección del parque como pollo sin cabeza; los pterodáctilos causan estragos entre la población pero de pronto desaparecen por el bien de la trama… Ese tipo de inconsistencias narrativas que aprendimos a justificar siempre y cuando el blockbuster lo valiera. Pero es que, en este caso, el blockbuster no lo vale: “Jurassic World” es un film con un serio problema de ritmo (¿o será que nos estamos malacostumbrando a la acción para la generación con TDA que tan bien factura la factoría Marvel?) en el que ni las dos o tres escenas vibrantes elevan el listón de un argumento que incurre continuamente en clichés bochornosos (diálogos escuchados mil veces, besos vistos en demasiadas ocasiones, poses que siguen vigentes en nuestro cine desde los años 50…).

Tanto el conflicto familiar que saca a relucir el reloj biológico de la protagonista como el contraste entre chica racional y chico de acción nos lo sabemos de memoria y, siendo sinceros, al final este “Jurassic World” sólo parece efectivo como confirmación definitiva de Chris Pratt como héroe de acción para el nuevo siglo (y como mito erótico cada vez más confesable). Volviendo al infame Indominus Rex, al final queda la sensación de que más que una metáfora de la compleja ciencia del nuevo siglo, a Colin Trevorrow le ha quedado un símil inconsciente de monstruo de Frankenstein cinematográfico ensamblado a partir de diferentes partes de diversos cadáverse de blockbuster que, una vez cosidos los unos con los otros, se mueven, golpean, gritan… pero no tienen alma.

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