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Desde la disolución de The Smiths hasta la actualidad, las trayectorias de Morrissey y Johnny Marr han sido totalmente contrapuestas, como el sol y la luna. El sol, claro, sería Mozzer, con su ego tan enorme e incandescente como el astro rey; y la luna, un Johnny Marr creciente y menguante, menguante y creciente, que siempre dejó que hablara su guitarra y no su bocaza, al contrario que su antiguo socio de banda. De ahí que su carrera en solitario, continuamente eclipsada por las andanzas morrisseynianas dentro y fuera del estudio, tuviese un perfil bajo a nivel mediático que él mismo buscaba, dicho sea de paso. Sobre todo cada vez que resurgía el eterno debate sobre una hipotética pero imposible reunión de Smiths o se rescataba algún análisis acerca de su relación con sus ex-compañeros: en esos casos, Marr decidía salirse por la tangente para refugiarse en la calma que le proporcionaban sus papeles de músico de estudio y colaborador en la sombra de varios grupos de relumbrón.

Esta situación se prolongó hasta el arranque del siglo XXI, momento en el que ya se había agudizado la creencia de que Marr no estaba aprovechando al 100% su talento al no atreverse a entregar su primera obra en solitario, cuando Morrissey ya le llevaba unos cuantos álbumes de ventaja. En 2003, nuestro hombre se estrenó como compositor y cantante autónomo -aunque a medias- compartiendo su nombre con The Healers en Boomslang (Imusic / Artist Direct, 2003), un disco irregular que empujaba a invitar al mancuniano a que continuara con su trabajo fuera de los focos para que su estelar apellido apareciese sólo en los créditos de LPs ajenos, como “We Were Dead Before The Ship Even Sank” (Epic, 2007) de Modest Mouse -una de las mayores cotas comerciales y creativas de los norteamericanos- e “Ignore The Ignorant” (Wichita, 2009) de The Cribs -lo más decente que han publicado los británicos en un lustro-.

Se confirmaba así que Marr se encontraba más cómodo insertado en la estructura de una banda cediendo el protagonismo a otros mientras él se centraba en aportar su sabiduría a las seis cuerdas. Esta actitud, sin embargo, también se podía interpretar como una vía (legítima) para esquivar alguna que otra crítica negativa hacia su capacidad como letrista y vocalista. Por ello, la salida el año pasado de su primer trabajo bajo su nombre sin complemento, The Messenger (New Voodoo, 2013), se tomó como un golpe que el guitarrista daba sobre la mesa para demostrar su valía integral como autor, aunque su balance final tampoco sirviese para echar cohetes de alegría… Razón que pudo haber llevado a Marr a editar su sucesor sin demasiada dilación, Playland (New Voodoo, 2014), tercer LP con su firma cumplidos los 50 años.

¿Y qué hallamos en este largo? Ninguna sorpresa… Marr vuelve a evitar, al igual que en sus dos discos previos, como si de una maldición se tratara, sus legendarios riffs cristalinos y arpegios marca de la casa -el tema en el que más se acerca a ellos es “Candidate”– para decantarse por acordes pétreos, guitarras ultra-compactadas y ritmos pop-rock ágiles y enérgicos que recuerdan a capítulos de su pasado: “Easy Money” clava la base, el desarrollo y el efecto adhesivo de Dashboard de Modest Mouse; “The Trap” suena a corte perdido de su proyecto conjunto con Bernard Sumner, Electronic; y la titular “Playland” no desentonaría en el repertorio de The Cribs. Piezas que rejuvenecen y vigorizan el estilo de Marr, pese a que sea inevitable pensar, por su coincidencia en el tiempo, que “Dynamo” y “Speak Out Reach Out” quedarían que ni pintadas -para mejorarlo unas décimas- en World Peace Is None Of Your Business (EMI / Harvest, 2014) de Morrissey. Un álbum que, puestos a jugar a las comparaciones entre los demiurgos de The Smiths, “Playland” supera… aunque no por mucho, porque no pasa de ser un contenedor de algunos temas resultones ensombrecido por el aura mítica de su creador. La huella de la historia pesa. Y mucho.

 

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