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Aprovechando el hecho de que Sufjan Stevens es un excelente cuentacuentos, voy a permitirme la libertad (y/o el desliz) de abrir esta crítica explicando un cuento. Mi cuento. No uno que me haya inventado, sino el mio, ese cuento en el que mi historia se junta con la de Sufjan.

La primera vez que escuché “Carrie & Lowell” (Asthmatic Kitty, 2015), no pude evitar quedarme totalmente encallado en “Fourth of July“, tema que no aparece casualmente en la sexta posición como (epi)centro del disco, bisagra, corazón. De entrada, el corte me sedujo a través de la tristeza supurante del conjunto: la voz dulce de Sufjan sobrevolando ingrávida por encima de una bruma de drones atmosféricos y un piano solitario como espina dorsal en la que percibes claramente su fragilidad, que está a punto de quebrarse, de romperse, de ceder bajo el peso de tanta tristeza. En siguientes escuchas, fui profundizando en la letra. Lo primero que me llamó la atención fue que Sufjan remata cada frase con apelativos como “my little loon“, “my little hawk” o “my little dove“, que recuerdan enormemente a los sobrenombres cariñosos que los padres suelen utilizar con los hijos. Y, luego, la devastación: “It was night when you died, my firefly“, “The hospital asked should the body be cast before I say good-bye, my star in the sky?“, “Such a funny thought to wrap you up in cloth, my dragonfly” o “And I’m sorry I left, but it was for the best“… Aquí sumé dos más dos: “dos” de Sufjan y “dos” míos. Todavía no sabía absolutamente nada de la temática del disco, así que mi primer impulso fue pensar que “Fourth of July” era una canción en la que Sufjan había vertido la tristeza infinita que siguió a la muerte de su padre debido a un cáncer (“The evil it spread like a fever ahead“). Cuando por fin me enteré de que realmente estaba dedicada a la desaparición de su madre, lo vi todo con claridad: mi primer impulso había sido pensar en la figura del padre porque, como siempre ocurre cuando escuchas (buena) música, había ligado la prosa de Stevens a mi propia vida, a mi propia existencia: mi padre murió de un cáncer, y la canción no sólo consigue encapsular en menos de cinco minutos la tristeza infinita de este proceso tan doloroso, sino que su letanía final (“We’re all gonna die“) también marca a la perfección ese instante en el que la muerte de un padre o de una madre introduce la presencia amenazante de la mortalidad en tu propia vida.

Sólo por todo lo dicho en el párrafo de arriba, sólo por el hecho de que Sufjan Stevens haya conseguido escribir una canción como “Fourth of July” capaz de empujarte a un proceso tan similar al de la Alta Poesía… Sólo por todo eso nadie podrá negar que nos encontramos más que probablemente ante uno de los discos más relevantes que se han escrito y compuesto en esta década (y prefiero no ponerme magnánimo, porque puedo extender la cronología más allá y quedarme tan pancho).

Y todo esto teniendo en cuenta que Sufjan viene de donde viene: su anterior “The Age of Adz” (Asthmatic Kitty, 2010) fue un ejercicio de megalomanía conceptual y arty en la que el músico se acercó a la electrónica en lo que parecía un punto y aparte en una carrera que hasta entonces había corrido por los meandros del folk desde su versión más descarnado hacia la instrumentación más colosal (célebres son sus conciertos con una banda multitudinaria). “Carrie & Lowell“, sin embargo, supone una especie de regresión hacia los inicios de la carrera de Stevens: vuelve a primar el folk desnudo, de tal forma que en las canciones suelen haber uno o dos instrumentos como máximo, permitiéndose pocas salidas de tangente (aunque, cuando suceden, son tan sublimes como la línea de sinte al final de “Should Have Known Better“, destinada a despejar la cabeza y los corazones). Después de una sístole expansiva que llegó a su cenit con “The Age of Adz“, Sufjan se deja llevar por una diástole que vuelve a contraer su música hacia lo mínimo.

De esta forma, las letras de “Carrie & Lowell” brillan con un fulgor preñado a la vez de furia y melancolía. La historia ya ha sido contada muchas veces: el disco está dedicado a la madre y al padrastro de Sufjan Stevens. Ella, que era bipolar, esquizofrénica y adicta tanto a drogas como a otras substancias, abandonó repetidamente a su hijo a lo largo de su vida, convirtiéndose en una presencia intermitente que finalmente se apagó en el año 2012 debido a un cáncer de estómago. Él, por su parte, estuvo casado con Carrie durante cinco años de la infancia de Sufjan, pero ha llegado a convertirse en una persona tan vital para el artista que incluso dirige su sello discográfico, Asthmatic Kitty. El disco, además, se ve atravesado por otras dos presencias muy familiares: Marzuki Stevens, hermano de Sufjan, y su hija (rompe el corazón escuchar cómo, en medio del dolor de recordar a su madre, el artista recita “My brother had a daughter. The beauty that she brings, illumination“).

Más background necesario para entender “Carrie & Lowell” como la experiencia narrativa y autobiográfica que es: Sufjan ha confirmado reiteradamente que, pese a ser este un disco inspirado en la defunción de su madre, más bien intenta capturar los cinco años de la infancia que todos pasaron juntos en el estado de Oregón. De ahí nacen referencias tan específicas como la ciudad de Eugene, los incendios forestales que se conocieron bajo el nombre de Tillamook Burn, el pueblo de Spencer Butte o la mina de Blue Bucket. Rizando el rizo y engrandeciendo la leyenda, Stevens afirma haber grabado gran parte de lo que se puede escuchar en “Carrie & Lowell” en su iPhone mientras pasaba una época en un hotel de Klamath Falls (en Oregón, evidentemente) e intentaba recuperar el espíritu, las emociones, los recuerdos, los mementos de su infancia.

Todo esto, toda esta información a través de la que esclarecer las sombras de “Carrie & Lowell“, no debería tomarse como un mapa con el que orientarse a través del último álbum de Sufjan Stevens. Curiosamente, la portada de este disco comparte tipografía con el EP que precedió a “The Age of Adz“: es curioso pensar que el artista haya tomado a la valiente una decisión estética tan significativa, así que de nuevo me permito volver a ligar la música de Sufjan con mi propia existencia. El EP “All Delighted People“, además de estar más en sintonía musical con “Carrie & Lowell” que con “The Age of Adz“, incluye el que más que probablemente es mi tema preferido de Stevens: “The Owl and the Tanager“, una balada a piano en la que el artista hace trizas tu espíritu a base de llorar como lo haría un pájaro herido de amor. Es una canción bellísima, y su letra es de un preciosismo estético que asusta y hace daño a la vez… pero también es una canción opaca recubierta de un velo de misterio que nunca te permite saber de qué habla Sufjan, quién es el “owl” y quién es el “tanager“. Y, de nuevo, eso es lo que acaba convirtiendo a la canción en algo irrepetible: su capacidad para apelar a tu corazón dejando abiertos los suficientes poros como para que filtres tu alma en su interior.

De esta forma, y pese a haber desgranado más arriba las coordenadas necesarias para entender “Carrie & Lowell” en su totalidad, mi recomendación es más bien olvidar las referencias biográficas y adentrarse en el disco buscando esas frases, esas líneas, esas imágenes, esos sonidos que te permitan escribir tu propia historia dentro de estas historias, haciéndolas tuyas. Esa es la belleza del arte de Sufjan Stevens: más que un cuentacuentos, es alguien que te lleva de la mano para que escribas tus propias historias. Siempre van a ser historias que te rompan el corazón… Pero ¿no te acaba rompiendo el corazón todo aquel que te ama?

 

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