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Hay momentos en los que, inexplicablemente, la música que se introduce en nuestras orejas y los elementos que nos rodean se interrelacionan con absoluta armonía; como si todas las piezas, perfectamente ordenadas, estuviesen componiendo según la velocidad de nuestros pasos una sinfonía involuntaria y de belleza íntima. Ahora mismo, en el sur de la esquina noroeste peninsular, donde se halla un servidor, parece que determinadas canciones que se escuchan con especial atención se despliegan de un modo natural y automático al compás de los rayos de sol que, cegadores y calientes, anticipan la llegada del deseado verano. Es probable que, en el resto del territorio ibérico -si la meteorología lo permite- esté sucediendo algo semejante. Quizá muchos oídos y ojos se estén coordinando en este instante para crear pequeñas historias visuales con banda sonora de fondo que marca el ritmo de lo que sucede alrededor bajo la incipiente calidez del estío.

No resultaría extraño descubrir que el nexo de unión entre tan poéticas estampas fuese alguna de las canciones que forman parte del nuevo disco de Me and The Bees, Mundo Fatal (La Castanya, 2014). Por una gran razón que debemos aclarar por adelantado: el segundo álbum de los barceloneses es uno de los LPs pop nacionales -y allende los mares- más radiantes, luminosos e iluminados de esta temporada. Al menos, si atendemos al aspecto externo de su contenido. Otra cosa es si nos guiamos por el mensaje nada subliminal que guarda su resignado título, que apela a ese mundo fatal que vemos que nos atrapa hasta oprimirnos y nos aboca al desastre poco a poco. Pero, ¿podemos luchar contra esa cruda realidad, aunque sea con armas sonoras invisibles? Por supuesto, sólo hay que volver al primer párrafo para obtener la respuesta.

Así pues, activemos el código binario portátil convertido en música si nos encontramos en movimiento o permitamos que el láser o la aguja domésticos rasguen los microscópicos surcos de “Mundo Fatal” mientras la vista se pierde en el alféizar de la ventana para que las composiciones pergeñadas por Esther Margari (voz y bajo), Carlos Leoz (guitarra y voces), Verónica Alonso (batería y voces) y Guillem Caballero (teclista y ex-miembro de Surfing Sirles, ha compensado la marcha de Eli Molina) estimulen nuestra mente y alimenten nuestro espíritu. Todo lo demás vendrá rodado: los claroscuros (más oscuros que claros) se disiparán y la luz alumbrará cada rincón del paisaje, abierto y diáfano, como el que se intuye en medio de los graznidos de las gaviotas que dan paso a la impecable, coral y consistente “Scene”. Una apertura que, además, anticipa dos de las virtudes de “Mundo Fatal”: su refulgente receta pop, enriquecida y energizada con respecto a la que Me And The Bees ofrecían en su debut, Fuerza Bien (La Castanya, 2010); y el extraño magnetismo que desprende la voz de Esther, cuya tonalidad y matices empujan a imaginarse a Róisín Murphy al frente de una banda indiepop.

Indiepop, he aquí la clave: “Mundo Fatal” es un tratado integral del subgénero confeccionado con la dulzura y la candidez de antaño. De hecho, si un extraterrestre bajara a la Tierra y hubiera que explicarle de qué va el asunto indiepopero -sin delimitar fronteras ni marcar nacionalidades-, bastaría con que escuchara este disco. Aquí encontraría todo lo necesario: melodías infecciosas (“Silver Cross”); estribillos vitalistas (“Like We Were Young”); unos acordes guitarreros tan finos y transparentes como el cristal (la playera “Dimwit”) y otros más compactos y poderosos (las power-pop “Hugo” y “So Sick”); homenajes sixties (“Petra’s Dream”); y twee-pop a raudales, bien de doble cara (“Psychopathic World”), clasicista (“Blue”) o reposado (“Cry, Fight, Try”, que recuerda al encanto de The Softies, inspiradores del nombre de Me and The Bees). Todo ello apropiadamente aderezado con coros y teclados por doquier y alguna que otra trompeta cortesía de Cristian Pallejà (Fred i Son, Nisei), encargado de los controles en el estudio junto a Ferran Resines.

Tras escuchar de principio a fin y unas cuantas veces “Mundo Fatal”, al mismo extraterrestre mencionado unas líneas más arriba sólo le faltaría desarrollar el mecanismo gracias al cual algunos seres humanos nos introducimos en un placentero bucle psico-musical con esta clase de discos deslumbrantes que hacen que todo fluya en función de sus cadencias y no al revés. Para su desgracia, habría que confesarle que ni siquiera nosotros, obligados por nuestra limitada racionalidad, sabríamos describir qué sucede en nuestro cerebro para que surja esa magia audiovisual. En realidad, no haría falta ninguna explicación: sólo hay que dar con álbumes idóneos como este “Mundo Fatal” y dejarse llevar, simplemente… Hasta un alienígena lo comprendería.

 

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