El hecho de que los dos principales miembros de una banda -cualquier banda- sean pareja, implica que su música siempre será diseccionada en clave psicologista, buscando los pliegues preñados de oscuridad emocional, anticipando las simas inevitables y los quiebros imposibles de sortear en toda relación amorosa. No es algo nuevo: Richard & Linda Thompson establecieron el paradigma absoluto en el camino recorrido entre dos álbumes que dejaron toda su relación al descubierto desde “I Want To See The Bright Lights Tonight” (Universal, 1974) hasta “Shoot Out The Lights” (Hannibal, 1982), con toda la leyenda implícita en la portada de este último trabajo de ruptura malrollera. Y, evidentemente, es inevitable intentar tomarle el pulso a la salud del matrimonio de Alan Sparhawk y Mimi Parker con cada nueva entega de Low… No es para menos: Sparhawk lleva varias temporadas dedicándole una atención creciente a su proyecto paralelo de rock clasicorro, Retribution Gospel Choir, e incluso en una de sus últimas actuaciones en nuestro país durante el pasado Primavera Sound, las canciones de la banda sonaron esquizofrénicas, con Alan todavía vistiendo la piel de rockero irredento adicto a la expansión horizontal y chocando frontalmente contra una Mimi todavía empeñada en cavar verticalmente hacia unas profundidades cuanto más oscuras, mejor. Aquel directo hizo saltar las alarmas… Aunque, digámoslo ya, “C’mon” (Sub Pop / PopStock!, 2011) desepeja cualquier temor por la vía directa de alcanzar la altura (¿o más bien la profundidad?) de una obra tan sublime como “Trust” (Kranky, 2002). Suena a afirmación rimbombante y a fascinación de primera escucha. Pero, no, por mucho que me disguste visceralmente hacer este tipo de afirmaciones cuando el impacto es tan reciente, aquí no queda más remedio que rendirse a la evidencia: “C’mon” está a la altura de “Trust“.

Tras un “Drums and Guns” (Sub Pop, 2007) con altibajos, el nuevo trabajo de Low recupera a aquella banda capaz de crear nanas que atesoran tanta o más tensión que las composiciones más espásticas de Joy Division: tras la desnudez raquítica e impactantemente anémica de su anterior trabajo, Sparhawk y Parker recuperan las aparentes baladas que son en verdad un falso techo con pegatinas de estrellitas ñoñas y fluorescentes que lo que pretenden es ocultarnos lo que se esconde más allá de las paredes ruinosas de estas canciones… El Apocalipsis. Ya no hay ni rastro del pop-rock formalmente clásico y guitarrero de “The Great Destroyer” (Sub Pop, 2005): “C’mon” vuelve a los ambientes opresivos y una cosmogonía opaca y podrida como eje central sobre el que hacer bascular un universo musical que remite tanto al mencionado “Trust” como al igualmente magistral “Things We Lost In The Fire” (Kranky, 2001). Ahora bien, frente a la homogeneidad de aquellos discos, los nuevos Low optan por la erosión de la marea lenta pero incesante: más que un conjunto cerrado como una bola de fuego que arde sorda en el medio de la nada espacial, “C’mon” se asemeja a un mar nocturno empeñado en desgastar las rocas negras de una playa a la que nunca llega la luz del día. Las composiciones de este disco van y vienen, se acercan y se alejan… Y es inevitable, a la vez, pensar que a veces este movimiento de sístole y diástole se corresponde a un tira y afloja entre Alan Sparhawk y Mimi Parker.

Eso no significa que Sparhawk siga empeñado en vestir el (infantil) disfraz de rockero en una casa familiar en la que Mimi frunce el ceño e intenta que su marido / hijo se comporte. Más allá de la desarmante “Nothing But Heart“, que arranca con una guitarra áspera resonando en el vacío y se escurre hacia una espiral digresiva en la que se tocan Spiritualized y Lambchop, el resto de las composiciones en las que la voz de Alan se reserva el papel protagonista renuncian a los lugares comunes del rock para explorar nuevos territorios del sonido Low ya conocido: los slides desértico de “Done” son el reverso oscuro (oscurísimo) del country fronterizo; “Nightingale” remite al esquema de nana tan habitual en la banda pero relajando el miriñaque extremadamente tenso del pasado; “$20” hace pensar que si el Current 93 más suavito fue capaz de anteponer la partícula doom al folk, Low pueden hacer lo mismo con las raíces (aunque gloom-roots también queda bastante fardón)… En contrapartida, las composiciones en las que la varita de mando parece pasar a manos de Mimi se muestran dulcemente indecisas entre la voluntad de hacer ver que aquí no ha pasado nada (la luminosidad folkie de esa “You See Everything” que suena a barca recorriendo un lago azul particularmente bello que te distrae de las grietas por las que se va filtrando el agua y el desastre) y la intención de desviar la atención de las faltas de su marido hacia un “yo no soy mejor” (con uno de los momentos álgidos de “C’mon“: esa “Especially Me” en la que Parker canta “Cry me a river / so I can flow over to you (…) / ‘cause if we knew where we belong / there’d be no doubt where we’re from / but as it stands, we don’t have a clue / especially me and probably you” antes de que los instrumentos engullan a la voz y agarren las lágrimas para arrastrarlas desde el fondo de tu estómago).

No todo son vaivenes: Alan y Mimi, inevitablemente, se encuentran en algunos de los momentos más álgidos de “C’mon“. “Majesty / Magic” es un perfecto compendio del sonido Low: un tratado de la tensión dramática aplicada a la progresión instrumental y vocal capaz de llevar a quien escucha a un estado de respiración entrecortada que acaba por explotar con esos ramalazos minimalistas de una percusión que remite a “Drums and Guns“. Y “Something’s Turning Over“, con esos coros soleados que recuerda a un Brian Wilson en los momentos en los que se debatía entre la alegría y la melancolía, hacen pensar que, por mucho que hayamos asistido a una tranquila odisea a través de un mar hinóspito, la familia Sparhawk Parker acaba el viaje en un coche cantando y celebrando con sus hijos la mejor lección que podrán enseñar nunca unos padres. Una lección que Low llevan enseñándonos desde hace casi dos décadas: que la oscuridad, el apocalipsis y la opacidad emocional son imprescindibles para saborear la luz, para festejar la vida y para desbloquear los sentimientos. Que una pareja que ha conseguido juntar las piezas de cristal rotas en los baches siempre será más fuerte y durable que las relaciones de sonrisas de plástico y papel cuché.

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