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Perdonad que abra esta reseña hablando de mi y no de Javiera Mena. Todo tiene su explicación. Creedme. Tened fe. Y paciencia… Allá vamos. La cuestión es que ahora mismo me estoy terminando de leer “Energy Flash“, un libro en el que Simon Reynolds básicamente se pasa ochocientas páginas hablando del fenómeno rave (especialmente en Gran Bretaña) para, al fin y al cabo, acabar dándose la razón: desde el principio, el periodista deja claro que para él no hay nada equiparable al chute de energía y realidad simple y llana que se vive en una rave. De hecho, resulta curioso el empeño que pone Reynolds en dignificar los géneros más populares de la electrónica ravera: él mismo dice que Aphex Twin y la electrónica inteligente le dejan frío y nunca consiguen transmitirle lo que experimenta en medio de un grupo de raveros dándolo todo con una música que va a atacar directamente a tu epidermis, a tus sentidos.

Si he decidido abrir esta reseña con esta referencia a Reynolds no es porque a Javiera Mena le haya dado por hacer un disco ravero, ni mucho menos, sino porque todo el corpus teórico de “Energy Flash” puede aplicarse directamente a “Otra Era” en particular y a cierto tipo de pop en general. Es común esa percepción de que el pop es facilón, de que nunca estará a la altura de otros géneros musicales muchos más sesudos, autoconscientes y persuasivos a la hora de hacerse percibir como más complejos… Pero, ¿por qué deberíamos anteponer el cerebro al corazón? ¿A los pies? ¿A la entrepierna? Sólo si dejamos de lado las convenciones críticas más mamarrachas, esas mismas que dicen que una comedia siempre será peor que un drama, seremos capaces de disfrutar de “Otra Era” en todo su esplendor.

Y, ojo, porque el esplendor del nuevo disco de Javiera Mena puede llegar a ser incluso cegador. Es un esplendor, eso sí, que hay que asimilar en dos (o incluso tres) fases. Es lo que tiene el hecho de que en “Otra Era” funcione de forma casi sinusoidal, describiendo varias curvas en la que los picos ascendentes llegan muy pero que muy alto. Inevitable es quedarse enredado en subidones en forma de canción como “Esa Fuerza” (¿la mejor canción pop de este año y, más que posiblemente, de esta década?), “La Carretera” (sorprendente a la hora de entrelazar sonoridades latinoamericanas con un rapeado de post-hip-hop cercano al raggeaton sin alejarse demasiado de un maravilloso eurobeat muy erótico festivo) o la de sobras conocida “Espada” (sobre la que poco queda que decir porque ya hemos desgastado todos los halagos del mundo): una tríada de electro pop de coraza anglosajona pero explosivo corazón latino.

Un poco por debajo en cuanto a intensidad pero no en cuanto a calado emocional están “Los Olores de tu Alma” (el puente perfecto respecto al anterior álbum de Javiera), “La Joya” (sublimando los sonidos más ochentosos de su catálogo), “Que Me Tome La Noche” (con ese bombo percutiente que sabe a pop de divas puramente noventas) y, por encima de todas, esa “Sincronía, Pegaso” que lo tiene todo para convertirse en himno generacional (incluso con esos inexplicablemente acertados toques vocales de flamenco). Por último, hay un grupo de canciones que pueden correr el peligro de quedar eclipsadas por todas las mencionadas anteriormente: son las canciones que reniegan de la intensidad rítmica para poner todas sus apuestas sobre las emociones: “Pide“, “Quédate Un Ratito Más” (lo más cercano que hará nunca Javiera Mena a una balada radiable) o, como verdadero corazón del disco, esa “Otra Era” a la que es imposible encontrarle fisuras. Es una joya redonda y nacarada, hipnotizante y bella hasta decir basta.

Para que nos aclaremos: el primer grupo de canciones mencionadas ataca a la entrepierna, el segundo a los pies y el tercero al corazón. Y aunque el tercero hace necesarias varias escuchas para ser debidamente apreciado (es lo jodido de que los otros dos grupos brillen con tanto fulgor), absolutamente todas las canciones de “Otra Era” son perfectas a la hora de estimular tus sentidos y tus sensaciones. Sí, soy consciente de que entre todas las partes del cuerpo enumeradas al principio de este párrafo no consta la cabeza. Pero, ¿sabes qué? Que esto es lo que no tienen en cuenta los defensores de otros géneros (presuntamente) más complejos que necesitan un proceso de reflexión para ser disfrutados: que al cerebro no se llega a través de la reflexión, sino a través de los sentidos. Para que algo se quede en nuestra memoria podemos esforzarnos en estudiar como un colegial del montón, intentando aprehender unos conceptos y unas fórmulas que nos resultan totalmente ajenas. Pero si realmente queremos que algo quede prendado de nuestra memoria, lo único que tenemos que hacer es vivir: cuando lo vivido cortocircuita tanto nuestros sentidos, queda irremediablemente enganchada a la red de neuronas como algo totalmente imperecedero. ¿Vivir o estudiar para intentar entender la vida? Yo elijo vivir. Y Javiera Mena parece que también.

 

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