grouper-ruins

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Ruin Porn. Así se llama la fascinación por lugares en ruinas, abandonados, destrozados, que estos días hace furor en Internet, plasmada en un creciente número de blogs y publicaciones que constituyen un flamante subgénero fotográfico, pero que no es del todo nuevo: desde el movimiento romántico inglés hasta arquitectos como Le Corbusier, muchos son los que han mostrado un gran interés por la decadencia. Más allá de las causas de este interés, hay algo fundamentalmente humano en un lugar devastado y en ruinas. La inevitable huella de la muerte sobre la vida. La continua erosión de la memoria por el tiempo. ¿Qué diferencia hay entre una fábrica abandonada y un anciano enfermo y solo? Que el edificio es más fácil, menos doloroso de fotografiar.

Liz Harris, más conocida como Grouper, se fue a vivir al sur de Portugal una temporada en 2011, y allí quiso fotografiar un momento con una simple grabadora de cuatro pistas, un piano, y su voz. Un momento de abandono y soledad, de relaciones perdidas en el tiempo. Un momento en ruinas, pero a la vez de regeneración y esperanza. Según ella misma, “Ruins” (Kranky, 2014) es un “documento”, un punto en el espacio-tiempo que vive “entre los restos del amor”. Entre las ruinas del pasado.

El resultado es su trabajo más minimalista y, posiblemente, el mejor de su carrera. Despojada de las habituales capas de ruido que antes cubrían su música de niebla corrosiva, esta vez con la voz bien al frente, solo flanqueada por el más discreto de los pianos, a ratos de una sencillez desarmante, en otros de punzante belleza. Harris, normalmente tan distante en sus letras, deja poco espacio a la equivocación. “Maybe you were right when you said I’ve never been in love”, canta en “Clearing”. Así, sin más; desnuda ante nosotros. Sus canciones, aunque rodeadas de misterio, son más honestas que nunca. Pero da igual: no hace falta comprender lo que dice para sentir el peso de su carga emocional. Este peso no recae sobre las melodías, ni sobre sus palabras, sino sobre la potente atmósfera creada por un todo que supera la suma de sus, a primera vista, débiles partes.

Ruins” es una fotografía en blanco y negro de un instante que comienza con “Made Of Metal” y acaba con “Made Of Air”, los cortes que abren y cierran el disco. El primero es una pulsión sorda que golpea y acompaña inquietante nuestra entrada al mundo creado por Grouper. El último, una larga pieza grabada hace diez años de drone flotante, recuerda como es obvio a los inicios más ambient de la de Portland. Podría desentonar con el resto, pero en realidad sirve de conclusión apropiada y necesaria. Un broche de oro inesperado.

Confieso que he tenido sensaciones contradictorias con este gran disco. Al principio no me impresionó. Provisto en su mayor parte por un solitario piano acompañando a la voz, de melodías sencillas y canciones ínfimas, no evita en primer momento dar la impresión de ser un trabajo menor, incluso inacabado. Pequeño. Pero, de pronto, lo pequeño se vuelve grande. Las canciones dejan de ser canciones. Ya no es un disco, es un lugar. Un lugar al que quieres volver. Un lugar donde el tiempo está medio parado, casi inerte, pero imparable: una masa gigante que se desploma inexorablemente como el torrente de una cascada precipitándose a cámara lenta. Y así, “Ruins”, en apariencia una obra simple, mínima, acaba siendo, sin proponérselo, un trabajo grandioso. No más grande que la vida y la muerte, pero casi.

 

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