El nuevo divismo en modo dominátrix oscurantista es lo que se lleva. Grimes forma parte de una nueva escuela de jovencitas dementes adictas a idiomas sánscritos, cruces tatuadas en la frente, automutilaciones derivadas de un formato de flagelación operística digno de una nueva verbalidad sónica y, en definitiva, adoraciones a un satanismo que, en realidad, no lo es. La misma bolsa en la que podemos meter, casi por orden de afinidad, a Zola Jesus, SALEM, Austra, Dream Boat, Maria Minerva y Ela Orleans. Ahora, en un alarde por no repetir lo que ya comenzara hace dos años en aquel gran debut pero algo cojo de escalofríos, temática y operística al que tituló “Geidi Primes” (Arbutus Records, 2010) y que redondeara con bastante más firmeza en aquella ópera de una pista de baile de lo más perversa y al que tituló “Halfaxa” (Lo Recordings, 2011), Grimes (pseudónimo tras el que se esconde la diabólicamente virginal Claire Boucher) se auto-presenta como un prodigio cuasi clerical del electro-pop con tintes (cómo no) de las olas sintéticas de mediados de los años 80 pero con un tonel de radiactividad y pulsaciones verdes, algo inertes, por momentos acuosas y por otros temiblemente catalépticas. No es raro que “Visions” (4AD / PopStock!, 2012) sea, a estas alturas, el primer gran disco del año y una de las razones por las cuales creer en esto de la re-conceptualización no sólo del divismo pop, sino de la fonética y la sonoridad de la garganta y todos sus recursos melódicos e histéricos. Ni Lady Gaga ni hostias. Nuevos gemidos viejos.

La mujer detrás de la humanidad. Allí se ubica la mismísima Boucher, una chavala que aún no ha cumplido sus primeros 24 años y que atesora elogios por doquier no sólo por sus músicas sino por sus ejercicios como artista plástica y que se dedica a parir, como si de una especie de nuevo bautismo a la catarsis y la demencia se tratase, nuevas conexiones entre las cuestiones más tribales y menos frívolas de la electrónica más cósmica, perversa y curiosamente aniñada: algo así como un cruce urbanita de un pop mainstream de lo más chicloso pero onírico a la vez con visiones proto-apocalípticas de jardines de infantes con electrónica industrial, plasmas de música de baile con vanguardias animales, experimentos antropológicos de la materia, el ritmo y el sonido y, en definitiva, una militancia en el avant-garde aplicado a la música pop global que la mantiene incandescente y en un candelero poco nervioso y menos arbitrario. “Visions”, aún así, acaba siendo un experimento en el que, por cojones, se arbitra y orbita: pop atávico, synthwave, avant-pop y pictoricismo digital.

“Visions” no apesta porque, básicamente, encanta a aquel indie que ama Britney Spears y a Björk a la vez y convence a todo el personal a golpe de misticismo y mesticismo. Aún a pesar de poseer una zona meridiana en donde el ejercicio se vuelve excesivamente acuático y amenazante con cierta planicie estética en lo que a partición de sonido y matrices se trata (“Symphonia IX (My Wait is U)” o “Be a Body”, por ejemplo), el nuevo álbum de la canadiense es obra maestra, menester y de escucha obligada para todo aquel que no entiende cómo debería ser la evolución del r&b, la música urbana, el dance de radiofórmula y las conexiones que entrelazan la escena indie más oscura con la genética de la música de club, a veces más comercial, a veces más opiácea. Y eso es lo que hace Grimes: embellecer la música urbana con canciones como “Genesis” (algo así como post-reggae aplicado a un folk tribalista casi africano), “Infinite Without Fulfillment” (la introducción que debería haber grabado Britney en su día, antes de publicar aquel sosísimo “Blackout” -2007, Sony-), apaños a la new wave actualizada a canto casi gregoriano sin palabras (“Visiting Statue”), reversiones rítmicas del fonético “Uca-Chaca” en modo auto-tune activado y sin El Rey León como corista (“Vowels = Space and Time”), aquel single sintético de adelanto que la traslada al pop de Devo y Blondie a la vez (“Oblivion”), witch-house para terrenos arábigos con una nasalidad muy rhythmandblusera (“Eight”) o un relevo generacional al revival sintético en la final y catártica “Cicumambient” (¿la canta Sandy, el personaje de Olivia Newton-John en “Grease“?). No sé cuántas veces se ha mentado al futuro en las últimas mañanas, pero dejadnos hacerlo otra vez. Ah, ya lo hemos hecho.

[Alan Queipo]

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