ferran-palau-santa-ferida-huge

Dos simbolismos como collejón de entrada a “Santa Ferida” (Halley Records, 2015)… El primero de ellos, evidentemente, el título: ¿qué es una “santa herida”? ¿Está conjugando Ferran Palau el carácter doloroso de una herida con la abnegación de la santedad? ¿Está justificando el sufrimiento carnal y sangrante a través de un sentir místico que embarga el alma intangible? Más allá del evidente poderío del título elegido por Palau para dar continuidad a su anterior “L’Aigua del Rierol” (Amniòtic, 2012), está claro que nos está marcando un camino a seguir: el de la relatividad, el de los conceptos abiertos en los que quien escucha (y piensa) puede entrar, habitar, amueblar a su gusto.

Esta sensación se ve reforzada, además por el segundo simbolismo / collejón de “Santa Ferida“: esa portada que nos escamotea la cara del cantautor, que lo muestra de espaldas en una silueta tan misteriosa como hermética pero que ocupa un espacio vacío, un lienzo en blanco sobre el que quien mira puede proyectar el paisaje que desee. Y es que, al fin y al cabo, estos dos simbolismos / collejones resumen a la perfección el arte que siempre han manejado las manos (y las palabras) de Ferran Palau. Ese mismo arte que en este “Santa Ferida” llega a su máxima expresión: la capacidad para escribir de forma impresionista, sugiriendo imágenes a las que es el espectador el que ha de otorgar sentido sin la red de salvación que suele suponer la voluntad narrativa inherente al folk.

Como en el caso de ese Bill Callahan con el que nunca me cansaré de compararle, las letras de Ferran Palau en “Santa Ferida” no tienen que ser entendidas, sino sentidas: no se aprehenden a través de la cabeza, sino que se asimilan a través del pecho, el estómago, las entrañas. “I esclati el judici al foc, i la santa ferida / I esclati la vida al bosc, que la sang regalima” (“Que explote el juicio en el fuego, y la santa herida / Y explote la vida en el bosque, y la sangre gotee“) canta en “Redempció“. “Tu mataries a un home per la vida d’un altre / Es tan pura la sang d’un nen que li tremolen les galtes” (“Tú matarías a un hombre por la vida de otro / Es tan pura la sangre de un niño que le tiemblan las mejillas“) declama en “El Meu Lament“. “Hi ha qui pensa en l’horitzó, hi ha qui ho fa en una cascada / Hi ha qui mai ho ha aconseguit, hi ha qui té la mà trencada“, (“Hay quien piensa en el horizonte, hay quien piensa en una cascada / Hay quien nunca lo ha conseguido, hay quien tiene lo tiene por la mano“), diserta en “Horitzó” sobre el acto de “dejar la mente en blanco”. “Quan arriba el dia groc, vol dir que el verd ja s’ha mort / I embolica que fa fort, era recte i ara es tort” (“Cuando llega el día amarillo, significa que el verde se ha muerto / I envuélvelo bien fuerte, era recto y ahora está torcido“), arroja de forma misteriosa en “Tort“.

Las letras no se aprehenden a través de la cabeza, sino que se asimilan a través del pecho, el estómago, las entrañas.

Podría seguir hasta el infinito y más allá con una buena retahíla de letras extraídas de canciones de “Santa Ferida“, e incluso podría daros la chapa al respecto de qué significan estas letras para mi (porque, inevitablemente, a partir de la tercera escucha cada uno ya se ha montado sus historias en su propia cabeza)… Pero sería absurdo. Porque, como decía más arriba, este es un disco que hay que sentir de una forma profundamente íntima, dejándote llevar por lo evocativo de las letras y dejándote arropar por las emociones inducidas por la música, como una especie de Tom Waits al que el yoga le ha cambiado la vida ayudándole a depurar líneas y tranquilizar los ánimos, como un Bill Callahan donde la hombría no tiene por qué estar siempre en primer plano o como (¿por qué no?) un Chris Isaac igual de elegante que siempre pero no tan pagado de sí mismo.

Venga, permitidme una última letra extraída de “La Daga“: “Tu clava’m la daga al coll, que jo abandonaré el cos” (“Clávame la daga en el cuello, que yo abandonaré el cuerpo“)… ¿No es esta la forma más sublime de desear un dolor para acceder a una trascendencia metafísica? Y, sobre todo, ¿no resulta ser al final esta “Santa Ferida” la forma más fácil en la que podrás acceder a esa misma trascendencia metafísica sin la necesidad de dagas ni sangre ni heridas? Puede que Palau hable en estos términos sufrientes, pero la verdad es que lo que queda en su segundo álbum es sólo la luz, la mística, ese ensanchar del alma en el que sientes cómo presiona contra tus costillas con una pulsión dulce pero continua. Sólo puedo pensar que, al fin y al cabo, el artista ha decidido abrir sus carnes en una dolorosa herida para que quien escucha se deje embargar por la parte santa. Y, aunque si lo pienso detenidamente sé que eso ha debido comportarle un gran ratio de dolor, sólo puedo responder a “Santa Ferida” con las siguientes palabras: gracias por tu sacrificio, Ferran.

 

No Hay Más Artículos