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Tengo claro por qué me gustan los folkies que me gustan: porque una de las características principales de ser un cantautor folk es crear una ilusión de desnudez que acaba traduciéndose en una relación íntima con quien escucha. Como fan, sé lo que pensar de mis ídolos folk (o, por lo menos, de la idea de mis ídolos folk que ellos mismos me han vendido). Los hay que sólo tienen una cara, aunque sea una cara tan sólida como para proporcionar infinitos placeres musicales: ahí está la masculinidad crepuscular del cowboy Bill Callahan o la masculinidad resquebrajada de Iron & Wine. También los hay que hacen de la ambigüedad su principal as bajo la manga, tal y como ocurre con ese Sufjan Stevens que ha convertido convertirse en arcángel sin sexo definido, sin pasado ni presente. Y luego están los jugadores que, como el eterno Bonnie ‘Prince’ Billy, son capaces de vestir diferentes máscaras y ser solventes con todas ellas.

Podría decirse que Father John Misty se encuentra en este último grupo de jugadores… pero no. Porque ocurre una cosa: cuando Bonnie ‘Prince’ Billy se pone juerguista, te saca a la pista y te pega unos meneos; cuando se pone sensible, te rompe el corazón; cuando se pone irónico, consigue que te rías con sus chanzas. Pero siempre, ¡siempre!, sabes qué máscara lleva puesta. Sabes a lo que atenerte. Y eso es una cosa que no ocurre con Father John Misty. De hecho, es algo que ya estaba presente en su debut en largo, aquel “Fear Fun” (SubPop, 2012) que se convirtió en uno de los growers incontestables del año 2012. Pero un debut es un debut, y esa sensación de “no saber por dónde pillarlo” es algo que sueles atribuir más bien a la falta de experiencia, a la incapacidad de concretar esfuerzos y cerrar el zoom sobre lo que quiere conseguirse.

Ahora bien, lo de “I Love You, Honeybear” (SubPop, 2015) llega a un nivel realmente sublime: no es sólo que Josh Tillman juegue a cambiarse las máscaras continuamente, sino que su principal juego precisamente es dejarte helado cuando percibes el contraste inquietante entre el mood de la máscara y las emociones que te muestran los ojos. Cualquiera que haya visto a Father John Misty en directo conocerá esa sensación de perplejidad que provoca encontrarse ante un tipo con físico grounge, pintas de crooner malogrado, voz de cantautor folk sensible, movimientos de baile de boy toy glam y afectación amanerada de post-galán a lo Jarvis Cocker. Tillman es como un Bonnie ‘Prince’ Billy con TDA: en vez de desarrollar cada máscara, las acumula todas y te obliga a replantearte qué carajo es lo que hay bajo semejante acumulación de capas de sentido.

Y todo esto sin entrar todavía en la propia música y en las letras, que es donde está la verdadera tela a cortar en el caso de Father John Misty en general y de “I Love You, Honeybear” en particular. En este disco hay baladas fronterizas que harían las delicias de Calexico como “Chateau Lobby 4 (in C for Two Virgins)“, pero también hyper-ballads de la era digital por las que mataría el último Sufjan Stevens, tal y como esa pletórica “True Affection” que es sin lugar a dudas uno de los himnos de este año 2015 gracias a su retrato de los chats virtuales como el nuevo escudo de las parejas con problemas de comunicación. También hay torch songs a lo Rufus Wainwright como “When You’re Smiling and Astride Me“, pianos desalmados a lo Fred Neil como “Bored in the USA” o power songs en la tradición rock de Okkervil River como “The Ideal Husband“.

La ristra de nombres y referencias podría continuar hasta el infinito y más allá si no fuera porque las letras suelen contravenir el “feeling” de las canciones: cuando crees que estás ante una balada amorosa, te encuentras de repente con el collejón que te proporciona el cinismo y la ironía de Tillman; cuando todo parece indicar que es el momento de ponerse emocional, resulta que este “padre” tan inusual está predicando contra la estulticia de la sociedad yanki; cuando crees que el tempo sube en una demostración de hombría, rock resulta que Josh está haciendo de pavo real para marcar un cerco protector en torno a su (reciente) esposa.

Definitivamente, Father John Misty quiere ponértelo difícil, quiere que no sepas qué pensar de él en todo momento: puede que un baladón ensalce tu alma en un momento determinado (porque esa es otra: más allá del juego de significados, la “forma” de las canciones es tan pluscuamperfecta como para conseguir el efecto deseado sobre quien escucha en todo momento), puede que te estés dejando llevar por el lagrimón de la máscara que viste Josh Tillman en ese momento y en ese lugar… Pero, de repente, un brillo malévolo en los ojos oscuros debajo de la máscara te obliga a replantearte tu patetismo: ¿realmente estás poniéndote tierno como una quinceañera cuando este hombre lo que está haciendo es reírse de ti en tu propia cara? Dulce ambivalencia. En la era de la corrección política y de los subrayados emocionales, un disco como “I Love You, Honeybear” debería entregarse a las generaciones más tiernas como una postmoderna educación sentimental.

 

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